miércoles, 26 de diciembre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cincuenta y Cinco


—No mires, no mires…— me repetí una y otra vez a mí misma. No miré, ni una sola vez levanté la vista hacia aquella persona que me miraba nerviosa, lo presentía. Podía escuchar su respiración agitada; sus suspiros entrecortados y demasiado seguidos. Oía el constante chirrío de unas bambas que se balanceaban en el suelo. Se sentó a mi lado y me pasó el brazo por encima de los hombros. Su olor inconfundible llenó el vacío que tenía en lo más profundo de mí y, a la vez, me alarmó. Mis músculos volvieron a tensarse al reconocerle: estaba insegura, tenía miedo. No sabía cómo iba a reaccionar después de todo lo sucedido; tampoco yo sabía lo que le diría, después de todo.
Estuvimos varios minutos así, seguramente porque quería asegurarse de que me seguía siento cómoda a su lado y en parte seguía siendo así. Creo que fue la misma enfermera de antes la que vino a traerme las pastillas para el fastidioso dolor de cabeza. —Aquí están las pastillas— dijo ella, relajada.
—Ahora se las daré— contestó él en un susurro. Tragué saliva al oír su voz. Ese profundo sonido proveniente de su garganta me hizo rememorar todos aquellos momentos que habíamos vivido en tan poco tiempo. Me había hecho sentirme única y completa. Él había sido capaz de sacar todo lo mejor de mí, o al menos eso creía. Una sonrisa se dibujó en mi rostro al recordar nuestro primer beso. ¿Cómo podía estar pensando en eso? No, tenía que centrarme. Sacudí la cabeza en un intento de sacar ese pensamiento de ella; en cuánto se desvaneció por completo de mi mente, intenté razonar. Respiré profundamente, notando la manera en la que mi espalda se arqueaba al inspirar tal cantidad de aire. Aún encogida bajo mi manta, ladeé mi cabeza hacia la izquierda, apoyándome en su hombro. Él me estrechó aún con más fuerza hacia él: podía notar cómo sus dedos se hundía en la manta apretándome el brazo con ternura. Pero lo que hizo que me deshiciera en lágrimas fue el sutil beso que me plantó en la coronilla haciéndome estremecer.
En cuánto se dio cuenta de que mis lágrimas se intensificaban cada segundo que pasaba, al igual que mis sollozos, empezó a acunarme levemente. Lo que hizo verdaderamente insoportable aquel mar de lágrimas fue el intenso pinchazo que cruzó mi cabeza una vez más. 
—Dame las pastillas, por favor...— dije con voz ronca. Extendí mi mano izquierda y dejó las pastillas en la palma, después la cerró con suavidad. Incluso el vello de mis nudillos se erizó por el contacto de su piel con la mía. Giré mi cabeza hacia la derecha, en dirección opuesta a la que estaba él, y me levanté para alcanzar de la mesilla una botella de agua. Me puse una de las pastillas encima de la lengua y la engullí con un largo trago de agua. Hice lo mismo con la segunda. Cerré los ojos con suavidad a la vez que hacía crujir mi cuello haciéndolo girar hacia ambos lados. Relajé los hombros sacudiéndolos con delicadeza, intentando que la manta que los cubría no cayera al suelo. Oí que se levantaba de dónde estaba sentado y se acercó a mí, posicionándose justo detrás mío. Noté su respiración en mi nuca; apoyó sus labios en ella y susurró un "yo todavía te quiero" que me dejó noqueada y desorientada.


Espero que os guste. Ya sé que es un poco misterioso e incluso penséis que es desconcertante, pero ya sabéis, la duda es demasiado tentadora. Os quiero mucho. Comentad aquí abajo y seguirme en Twitter.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cincuenta y Cuatro


Quizás pasaban horas... o minutos cada vez que abría los ojos con las mínimas fuerzas que me quedaban. En uno de esos momentos en los que mis ojos querían ver todo aquello que se sucedía a mi alrededor, vi a alguien sentado al borde de la cama pero, de repente, alguien que salió de la nada empezó a abrirme ambos ojos proyectando una luz sobre ellos: primero el izquierdo y después el derecho. Apenas distinguía nada, ni siquiera aquel haz de luz me cegó tan sólo un segundo. Yo gruñí levemente, quería que ese hombre de blanco que no paraba de hurgarme el cuerpo con su extraños instrumentos se apartase de mi borroso campo de visión. Otra vez aquella pesadez: —Ahora no...— pensé. Los párpados volvían a cubrir mis ojos lentamente sin que yo pudiese hacer nada.

Al despertar me sobresalté. Recorrí con la mirada toda la habitación pero no encontré a nadie. El calor de los rayos de sol me hizo sentirme mucho mejor. Arranqué la manta que cubría mi cama y me la enrollé al cuerpo antes de bajar de la camilla. Noté el suelo muy frío a pesar de llevar calcetines; en ese momento me di cuenta de que llevaba el chándal de domingo puesto. Miré a través de la ventana un atardecer que se oscurecía poco a poco. Dejé que esos últimos rayos, aquel último suspiro de calor que me había acompañado durante aquel sueño se despidiese de mí. El atardecer, ¿había sucumbido a la nada hasta la despedida del Sol? Suspiré. Hice resbalar mis pies sobre el suelo gris, dando la espalada a la ventana. Aquella habitación estaba dispuesta igual que la de Jason cuando ingresó por el accidente de moto. Cerré los ojos rememorando aquella noche. Me estremecí. No lograba entender por qué le había llegado a hacer daño de esa manera. Sí, estaba segura: estaba enamorada. De lo que no estaba del todo segura era de quién. Todo aquello me estaba volviendo loca. La cabeza volvió a darme vueltas. Un dolor punzante se clavó en mis sienes haciéndome cerrar los ojos de golpe; obligándome a apretar la mandíbula. Era algo verdaderamente insoportable. Tenía todos los músculos agarrotados y me sentía agotada. Estiré el brazo derecho hacia atrás a fin de encontrar una pared en la que apoyarme. Cuando lo hice, me dejé caer lentamente hacia abajo. Me cubrí bien con la manta cuando ya estuve sentada y toda esa rabia interior hacia mí misma se manifestó mojando mi cara de lágrimas amargas. Lo intentaba, intentaba arreglar toda aquella situación y de lo único que era capaz era de estropearlo cada vez más. Lo que más me dolía es que unas disculpas no serían suficientes. Tenía que decidirme, debía decidirme. Necesitaba olvidar a una de esas personas para poder continuar con la otra, pero era muy difícil y, lo peor de todo, era que era mi decisión y de nadie más. ¿Había valido la pena besar a Gael? Recordé la foto, ¿quién la debió hacer? ¿Quién fue capaz de compartirla a diestro y siniestro por ahí? ¿Quiénes la habrían visto? ¿Qué pensarían ahora de mí? Quizás esa foto me ayudaría a decidirme, quizás sí se debió hacer esa foto para darme cuenta de que tenía la decisión justo delante de mí, ¿o no? Pregunta tras pregunta se depositaban una encima de otra, dejándome cada vez más aturdida y desconcertada. Las lágrimas no cesaban y ya empezaban a empapar la manta que cubría mi cuerpo tembloroso. Las punzadas que se clavaban como alfileres en mis sienes cada vez se hacían más intensas y no pude reprimir un grito sordo, doloroso y desgarrador. Simultáneamente oía la puerta abrirse. Me apreté más, haciéndome o intentando hacerme más pequeña. Unas manos finas y firmes me levantaron con cuidado la cabeza, obligándome clavar mis ojos en los de una mujer madura y canosa. —¿Estás bien, corazón?— preguntó con ojos alegres. Cabeceé un sí, pero otra punzada me cruzó la cabeza haciéndome apretar ambas sienes con las manos. —Haz que pare... por favor— susurré con ira. Noté que se alejaba de mí. —Ahora vuelvo con las pastillas— la escuché más lejos, no se dirigía a mí. No hubo respuesta oral, quizás gestual pero no tenía ninguna intención de volver a levantar la vista. Oí unos pasos que se acercaban, cautelosos. Alguien se acuclilló a mi lado ya que oí unas rodillas crujir. Pude notar su respiración temblorosa y mi cuerpo se sacudió bajo aquella manta.


Espero que os haya gustado. Espero vuestros comentarios, de verdad. Seguidme en Twitter y preguntarme todo lo que necesitéis. Hasta el próximo; un besazo.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cincuenta y Tres


—¿Hola?— pregunté al no escuchar respuesta a mi saludo inicial.
—Emma... ¿te has... besado con... con Gael?— preguntó ella, tartamudeando. Mi corazón dio un vuelco y todo se tornó negro de repente. Una angustia invadió todo mi cuerpo; empecé a temblar.
—¿Por qué me lo preguntas?— intenté sonar lo más relajada posible. Oí como suspiraba entrecortadamente. —Dímelo, Sophie.
—Me acaba de llegar una foto... vuestra—. Parpadeé atónita.
—¡¿Qué?!— grité, quebrando mi voz al final. —Quiero verla.
—Está bien.
El corazón se me iba a salir del pecho. ¿Qué había hecho? La demasiado corta melodía del mensaje me hizo volver a la realidad. —Un momento— susurré. Dejé colgada a Sophie con la llamada y abrí el mensaje. Mi primera reacción fue quedarme boquiabierta; mi segunda reacción fue comparar la ropa de la foto con la mía. Tragué saliva e intenté respirar hondo. A pesar de que la foto estaba hecha de lejos y bastante aumentada y por tanto, un poco pixelada por el zoom, se podía distinguir perfectamente a dos personas besándose: una de ellas era Gael, la otra era yo. Volví a abrir el menú de llamada y me coloqué el móvil, temblorosa, de nuevo pegado a la oreja. Se me escapó un sollozo.
—Emma... Lo siento. Yo no... yo no...— ni Sophie encontraba las palabras adecuadas en ese momento.
—No lo sientas,— dije, ya llorando —soy una repugnante egoísta.
—No, Emma... No digas eso, por favor. Tú no eres así, lo sé. Quizás estabas confundida...
—¿Y Jason qué? Me odiará de por vida— dije mientras me levantaba de la cama y, al hacerlo, la cabeza me empezó a dar vueltas.
—Te entenderá...— no sonó muy convencida. Empecé a ver una especie de luces por todas partes y me cada vez tenía más dificultad para inspirar hondo. Mi mundo se paró de repente. Sophie empezó a gritar mi nombre al otro lado del auricular y yo me desplomé en el suelo.

Entreabrí los ojos un momento. Mi madre me sujetaba en su regazo con una mano, en la otra tenía un teléfono, estaba bastante alterada. Todo se sucedía a cámara lenta y demasiado borroso.

El sonido de una sirena hizo que mis sentidos se despejaran por momentos. Ladeé la cabeza a ambos lados intentando buscar la respuesta a mis preguntas no formuladas. Escuché un “todo irá bien” que provenía de una mujer. ¿Mi madre? Intenté buscarla sin lograrlo, nada más distinguía sombras, como espectros a mi alrededor. ¿Estaba en una ambulancia? Una mano robusta me apretó mi mano izquierda. Giré ligeramente la cabeza hacia ese lado y pude distinguir a un hombre, supuse que sería mi padre. Sin poder evitarlo, volví a sucumbir a la “nada”.


Creo que es un poco corto pero espero que valga la pena. Comentad por aquí abajo que os ha parecido; podéis seguirme fácilmente en Twitter con el botón que hay en la barra lateral derecha, os resolveré todas las dudas que tengáis. Os quiero mucho.

jueves, 6 de diciembre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cincuenta y Dos


—Te estarán echando de menos— dijo Gael, con los labios pegados a mi frente. Abrí los ojos, húmedos.
—Eso creo— me separé ligeramente e intenté esbozar una leve sonrisa. Él respondió imitándome, pero podía incluso palpar su tristeza detrás de esos labios que hacían un esfuerzo para parecer amables. Bajé la mirada a mis dedos que se retorcían entre ellos por los nervios y el frío. Cuando me di la vuelta, pude escuchar como tragaba saliva sonoramente. Se me encogió el corazón y apreté los labios, doloridos. Me encaminé hacia casa con la mirada perdida en las baldosas y mis torpes pies adormecidos. Estaba completamente en blanco, completamente perdida, otra vez. Fue un error. No debí haber hecho eso. ¿Pero me arrepentía acaso? Puse los ojos en blanco, haciendo volver a mi mente una tira de imágenes de esa extraña escena. El suave tacto del fino cabello que nacía de su nuca hizo que mis dedos se tensaran instintivamente. Aquel beso, cargado de ternura por su parte y lleno de curiosidad por la mía hizo que mis labios se separan ligeramente. Un escalofrío me recorrió la columna al recordar aquella docena de leves caricias con sus labios en mi piel. Pero toda aquella agradable sensación que sentía por todo el cuerpo... ¿lo sentía también dentro de mí? Necesitaba analizar todo aquello y, seguramente, torturarme a mí misma por haber metido otra vez la pata. “¿Emma, nunca aprenderás?” decía una vocecilla en mi interior. Fruncí el ceño y apreté los dientes. No, nunca había aprendido la lección. Suspiré al ver que cada vez estaba más cerca de la puerta de mi hogar.

—¿Emma, qué es lo que querías comprobar?— mi madre sonó muy confundida. Intenté pensar la frase antes y decirla de un tirón. Nada de tartamudear.
—Bueno, Gael se había dejado su cartera, y quería comprobar si se había dado cuenta— fingí una sonrisa que ocultaba todo el mal trago anterior. Seguí aclarando los platos que me pasaba mi madre, esperando a que dijera algo. 
—¿Estás bien, cielo?— y lo hizo. Ahí estaba la intuición materna, otra vez.
—Claro— contesté, incluyendo en la respuesta una engañosa cara de sorpresa. Ella frunció el ceño.
—¿Estás embarazada?
—¡¿Qué?! Cómo es posi... ¡Mamá, por favor, por supuesto que no!— no me pude creer lo que acababa de oír.
—Vale, vale... No te alteres. Es nada más una pregunta—. Abrí mucho los ojos, irónicamente, ante su justificación. Suspiré larga y profundamente mientras ponía los ojos en blanco.
—Estos cambios de humor, no sé... Son raros en ti, Emma. Tienes cara de cansada, cielo... Pensé que quizás podías... ya sabes. Una nunca está en lo cierto a estas edades, nunca se sabe.— continuó.
—No es nada, estoy bien, de verdad. Será el cambio de estación: afecta a todo el mundo.
—Supongo— sonrió.

Nada más acabar con los platos, subí a mi cuarto y me estiré en la cama a leer algún poema que me ayudara a recomponer mi “demasiado desordenado” puzzle mental. Mi móvil sonó de repente y todos los músculos se tensaron al oírlo. Dejé reposando el libro encima de mi barriga y alargué el brazo hacia la mesilla para alcanzarlo. Al ver que era Sophie me vino a la mente el momento en el que le dije que le llamaría. Descolgué y la saludé agitadamente.


Gracias por el apoyo. Siento el retraso de este capítulo pero espero haberlo compensado. Un besazo.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

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Importante: Mis más sinceras disculpas

Queridos lectores:

Sé que es miércoles y debería haber subido el siguiente capítulo. Si os ha molestado, lo siento, pero por culpa de los exámenes se me ha olvidado incluso escribirlo. He estado estas dos últimas semanas bastante liada, ya sabéis como es esto de los globales. Mis más sinceras disculpas, otra vez.
Mañana subiré el capítulo que no he podido subir hoy. Espero que nos os importe. ¡Feliz puente a todos!

miércoles, 28 de noviembre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cincuenta y Uno


—Esto...— tragué saliva. Pude notar una electricidad recorriéndome la nuca. Aquello fue demasiado fortuito; ahora me daba cuenta de que no tenía ningún sentido. Las ideas bombardeaban mi cabeza, lo que ocasionó un ligero pinchazo en mis sienes. Fruncí el ceño en un intento de aliviar el dolor. Cerré los ojos en un intento de aclarar sentimientos o, simplemente, intentar evadirme de todo aquello. Entonces fue cuando la tierra sucumbió bajo mis pies: Jason. Mi corazón dio un vuelco; hasta pude notar como mi piel palidecía ante ese pensamiento. Volví a tragar saliva. Negué levemente con la cabeza mientras, por primera vez después de aquel beso, clavé mi mirada el la suya. Sostuvimos las miradas durante lo que a mí me pareció una eternidad, mientras éstas reflejaban todo lo que sentíamos en aquel instante, frente a esa situación. Creo que la suya transmitía miedo, incluso arrepentimiento. La mía, simplemente, reflejaba que, como siempre, lo había estropeado todo. Notaba que los músculos no respondían a lo que les estaba obligando hacer. Mis piernas no obedecían, estaban estáticas, no eran capaces de hacerme huir de todo aquello. Mis labios tampoco, eran incapaces de moverse mínimamente. Los escalofríos apedreaban mi cuerpo haciéndome temblar. Apreté los labios y me los noté ligeramente calientes e hinchados por el beso pero a la vez, cortados por el frío. El escozor que noté me hizo estremecer. Mis manos empezaron a entumecerse, notaba que el típico cosquilleo apoderarse de ellas. Reaccioné. Mi corazón se envalentonó, ni yo misma supe el motivo, pero empezó a decir todo lo que sentía.
—Esto es muy confuso,— arqueé las cejas, haciendo notar que ni yo misma podía creer lo que había ocurrido —yo estaba realmente perdida. No sé si habré arreglado algo con esto pero creí que lo necesitaría para aclararme.— Suspiré. —Sé que ha sido muy egoísta— él apretó los labios, fuerte. Me miró de arriba abajo —pero...— mis palabras cesaron. Mi labio inferior empezó a temblar en exceso. Mis ojos se humedecieron con rapidez haciendo brotar lágrimas que se escurrían hasta el borde de mi bufanda. Gael me interrumpió. 
—No llores,— sonó a súplica —no llores por esto. No tiene sentido—. Tragó saliva y apretó los dientes haciendo que sus facciones se endurecieran ligeramente. —No quiero hacerte daño de este modo. A partir de ahora será...— sus palabras se cortaron, quizás por miedo a ser dichas, pero prosiguió —será como si nunca hubiésemos coincidido en ningún pasillo. Me alejaré de ti—. Noté que su mirada  se entristeció. 
—Pero eso no es lo que deseo, eso no me hará feliz, Gael— me sentí un tanto ofendida. Quiso decir algo pero levanté la mano y calló. Me sequé las lágrimas que seguían sucediéndose, una tras otra, sin control. —Yo no quiero hacer daño a nadie, de ninguna de las manera posibles. Si me hicieras caso omiso, me harías daño y te harías daño. Eso no puedo permitírmelo.
—Emma, ¿realmente te has parado a pensar con quién quieres ser feliz? —espetó, valiente, enfatizando cada palabra. —Sé que puede sonar muy cruel, pero tampoco puedes darte el lujo de hacer perder el tiempo a alguien por el que de verdad no sientes lo que crees.
Y tenía razón. Tenía toda la razón. Dirigí la mirada a mis manos: tenía la piel completamente pegada a los huesos y mis uñas empezaban a blanquearse desde el centro, por el frío. Me mordí el interior del labio, nerviosa. Debía encontrar una respuesta a aquella duda que me había planteado Gael.
—He de irme. Me esperan— entorné los ojos.
—¿El último adiós?— esbozó un intento de sonrisa, triste. Parpadeé varias veces. ¿Tendría él razón también en eso?
—No puedo prometerte nada— susurré; se acercó para besarme la frente en cuánto dije eso. Cerré con fuerza los ojos, dolida. Una última lágrima recorrió fugaz mi mejilla izquierda.


Os agradezco vuestra lectura. Comentad y compartid la novela. Un besazo.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cincuenta


Me desperté y chasqueé la lengua. Me acordé de que Gael había venido a verme; me levanté de un salto y giré sobre mí misma en el centro de la habitación. La decepción se apoderó de mis facciones. Me senté, enfadada conmigo misma, en la cama, dejándome caer en ella con los brazos cruzados; al hacerlo, algo salió despedido hacia arriba cayendo despacio en el suelo. Me asomé al borde y vi un post-it, igual que los que había encima de mi mesa, bocabajo. Lo recogí suavemente y lo sujeté con las dos manos para poder leerlo: “He tenido que irme porque se me hacía tarde. No he querido despertarte, te merecías ese momento de tranquilidad y relajación. Espero no haberte molestado con mis palabras y haberte sido de ayuda. Hazme saber que has recobrado el sentido. —Gael— ”. Ese trozo de papel escrito por ambos lados fue la razón de mi enorme sonrisa en aquel momento. Era todo un romántico, la verdad. Sabía que esa nota tenía un doble sentido; sabía que leería entre líneas. Me di cuenta de que, por parte de ambos, nuestra relación  estaba cargada de indirectas y un inconfundible sentimiento de curiosidad. Los dos sabíamos que lo que sucediese entre nosotros, así quedaría; nadie más lo sabría. Ese hecho es el que hacia que me encontrase completamente perdida. Necesitaba algo para poder pensar claro; necesitaba algo decentemente obvio para darme cuenta de lo que en realidad sentía o no sentía. Suspiré y cerré los ojos con fuerza cuando se me ocurrió lo único que podía hacer. Era algo basado en la lógica y la locura; algo que, seguramente, despejaría mis dudas. Tragué saliva y me armé de valor. Salí de mi cuarto con paso firme y decidido. —Emma, vamos a comer en unos minutos, ¿dónde vas?— preguntó mi madre al verme bajar las escaleras y dirigirme hacia la puerta. —Necesito comprobar algo— dije, sin mirarla mientras me enrollaba la bufanda al cuello. Parpadeé, aturdida, debido al frío que golpeó mi cara nada más poner un pie en la calle. Cerré la puerta detrás de mí; mi corazón se aceleró. Se fue haciendo notar más y más a cada paso que daba. Cada segundo más rápido, cada segundo más fuerte. Una angustia apareció desde mi garganta hasta mi pecho; una angustia acompañada de miedo. Era una sensación que desconectaba todos mis sentidos, me hacía, prácticamente, vulnerable al cien por cien. Paré en seco cuando pude distinguir su casa de las demás. Froté mis manos doloridas por el frío. Me miré en el reflejo de la ventana que tenía a mi izquierda: tenía la cara pálida con las mejillas y la nariz enrojecidas. Un escalofrío sacudió todo mi cuerpo y decidí poner en marcha la cuenta atrás. Respiré profundamente, lo que hizo que notase el frío incluso en el interior de mis sienes. Caminé unos cuantos pasos más y me coloqué delante de la puerta. Hice sonar el estridente timbre una vez; pude contar hasta tres antes de que la puerta se abriera ligeramente. Gael asomó su cabeza y al verme, desapareció un par de segundos antes de salir y colocarse justo delante de mí.
—¿Estabas comiendo?— quise ser educada.
—No, pero ahora mismo iba a ponerme a ello— sonrió.
—De acuerdo,— suspiré —tengo algo para ti—. Abrió un poco más lo ojos, sorprendido. —Pero... ¡que más da!— y antes de aferrarme a su cuello, cerré los ojos con fuerza y mascullé, casi para mis adentros, algo parecido a “lo siento, Jason”.
Todo fue muy rápido y cuando recobré el sentido y tomé el control de mi cuerpo, estaba de puntillas sujetándome a su cuello y besándolo. Él paró un momento y me miró a los ojos. Yo no pude clavar mi mirada en la suya, estaba demasiado avergonzada. Cerré los ojos; él empezó a regar de besos una línea imaginaria que se dibujaba desde la comisura de mis labios, pasando por el mentón y la mandíbula hasta detrás de mi oreja. Mi piel se erizó a la vez que mi respiración se entrecortaba con cada uno de aquellos besos. Quería concentrarme en lo que verdaderamente sentía cuando posaba sus labios sobre mi cuerpo pero me era imposible. 
—Gael...— espeté fortuitamente. Él paró y me miró a los ojos, separándose ligeramente de mí. Mi boca se entreabrió , pero no dije nada. Se hizo el silencio entre los dos. Una cierta incomodidad en mi interior me mantenía en la vida real; el temblor de mi labio inferior también me ayudó a darme cuenta de que seguía viva.


Os quiero. Os lo debo todo. Muchas gracias por leer.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cuarenta y Nueve


—Es complicado de entender— dije mientras mostraba una media sonrisa.
—Tengo todo el tiempo del mundo, Emma— y al decir eso, se desplomó en la cama.  Yo acabé por imitarle. Me senté con las piernas cruzadas mientras me abrazaba a uno de los cojines. Hundí la cabeza en el cojín a fin de encontrar las palabras exactas para expresar lo que sentía.
—Gael, no sé por qué motivo desvarías todos mis pensamientos y haces que me contradiga a mí misma— fruncí el ceño. Él arqueó ambas cejas, sorprendido. —Sí, tú— añadí al ver su reacción. —Yo quiero con locura a Jason, le conozco desde hace muchísimo tiempo y nunca me había dado cuenta de lo que realmente sentía por él— hice una breve pausa pero, al no observar reacciones, continué con mi discurso. —Pero tú, en cambio... Te conozco desde hace un par de semanas, creo, y has cambiado todos mis esquemas. Tengo claro lo que siento por Jason pero no tengo claro lo que siento por ti. Sé que es muy egoísta y no quiero hacerte daño con esto... Lo siento.
—No te disculpes— se acercó y me sujetó con delicadeza la barbilla, tirando hacia él para que le mirara a los ojos —ni te preocupes por mí. Yo soy feliz con el simple hecho de que puedo tener una relación de amistad contigo.
—Pero tú no te conformas con esto...— endurecí el semblante.
—¿Tú has escuchado lo que acabo de decirte, Emma?— alzó una ceja. Mi gesto se suavizó; un ligero suspiro dejó a su paso una leve sonrisa en mi cara.
—Pero no has hablado con esto— dije mientras le golpeaba con el dedo índice el lado izquierdo de su pecho.
—Te equivocas, otra vez— fruncí los labios —¿te refieres a ésto?— me cogió la mano y la colocó en el lado derecho de su pecho. Me quedé atónita: pude notar cómo retumbaba rítmicamente su corazón con fuerza en ese lado. De ahí a que siempre llevaba una plaquita colgada del cuello, entonces supe que era un aviso por si le ocurría algo. Asentí con la cabeza para responder a su pregunta. —Pues ahora ya sabes dónde dirigirte si quieres llegar a él— me guiñó un ojo. Mis mejillas se incendiaron. Me quedé noqueada. 
—¿Está aprovechando su dextrocardia para flirtear conmigo, Señorito Scateni?— pude decir con retintín cuando conseguí reactivar mi cuerpo.
—¡Anda! ¿Eso es una cucaracha?— señaló al suelo, detrás de mí. Me giré asustada, golpeando mi espalda contra la pared.
—¡¿Dónde?!— grité. Mis ojos se volvieron locos buscando el asqueroso espécimen por toda la habitación. Gael empezó a reírse a carcajadas. Yo me armé con todos mis cojines y empecé a lanzarlos contra él, con rabia. Él se cubría con los brazos sin parar de reír. 

Después del mal rato que pasé con la broma de la cucaracha inexistente, empezamos a hablar sobre nuestras vidas: familia, amigos, anécdotas, recuerdos... Él estaba sentado en la cama con las piernas cruzadas; yo coloqué uno de mis cojines en el hueco que quedaba para estirarme y apoyar la cabeza en él. Mientras me hablaba, me acariciaba el pelo, haciendo tirabuzones con los dedos. Alguna vez intervenía en “su” conversación, pero yo apenas existía en aquel momento. —¿Sabes cantar?— interrumpí de repente. Se quedó pensativo mirando hacia un lado. A los pocos segundos empezó a cantar una canción en italiano con una voz suave y ronca a la vez. Suspiré aliviada. Con él, estando a su lado, me sentía realmente completa.


Vosotros lo hacéis posible y por eso: gracias. Os quiero mucho. Compartid la novela y comentad aquí abajo.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cuarenta y Ocho


—La... la verdad es... es que no sé que me pasa, Gael— dije entre sollozos.
—Va, tranquila. Relájate, ¿vale? ¿Quieres que vaya y hablamos?— me tranquilizó con una voz muy dulce. Intenté hacer lo que me dijo. Respiré hondo un par de veces; mi llanto menguó. Él seguía pacientemente al otro lado el teléfono.
—¿Estás con resaca?— una leve risa se me escapó al decir la frase. Casi pude escuchar su sonrisa.
—¿Yo? ¿Con resaca? ¡Estoy acostumbrado!— espetó con una sobrante ironía. Reímos a la par —Dame diez minutos, enana— dijo resaltando la última palabra. Colgó. Me miré el teléfono y le saqué la lengua. Me reí de mí misma. Suspiré y me sequé las lágrimas antes de bajar a la cocina y avisar a mi madre.

—¿Por qué no me has avisado antes?— exaltó nada más decírselo.
—Acabamos de decidirlo— puse los ojos en blanco. La miré de arriba abajo. —Estás igual de guapa con delantal o sin, mamá— sonreí.
—¿Y sin maquillar, también?— apretó los labios, supongo que deseando que dijese que sí.
—Claro...— fui hacia ella y le abracé. En ese momento llamaron a la puerta.
—¡El timbre!— gritó mi madre. Fue casi corriendo hacia la puerta y cuando tuvo el pomo en su mano buscó mi mirada —¿Será él, no?— dijo moviendo los labios y frunciendo el ceño. Sonreí y asentí con la cabeza. Giró el pomo y abrió la puerta; se saludaron con un abrazo antes de que Gael pudiese cruzar el umbral de la puerta. Me rasqué la nuca, estaba un poco incómoda. Entre saludos y preguntas Gael se fue acercando. 
—Hola, Emma— dijo. Yo simplemente esbocé una amable sonrisa. Me abrazó y me levantó un palmo del suelo; me sentó realmente bien ese abrazo.
—Vamos arriba— dije, apuntando con el índice hacia el techo. 
—Claro, cielo— mi madre no paraba de sonreír. Subimos las escaleras y entramos en mi habitación.
—¡Vaya, es enorme Emma!— me miró boquiabierto. —¿Puedo?— señaló la cama.
—Claro— dije encogiéndome de hombros. Se sentó con cuidado. Yo me senté en mi silla con ruedecitas, observando cómo observaba con detenimiento mi habitación. Al darse cuenta de que estaba sentada en la silla, se alargó lo que pudo hasta cogerme por un tobillo y, aún sentado, tiró hacia él para que la silla avanzase hacia la cama. Tiró bastante fuerte; acabé retorciéndome por la cama encima de él. El corazón casi se me sale por la boca del susto. Cogí uno de los cojines que adornaba mi cama y le golpeé en la espalda.
—Vaya, vaya... ¿Quieres pelea?— giró la cabeza hacia mí y levantó una ceja. Se fue acercando poco a poco mientras mis mejillas se encendían de golpe; notaba que me ardían. Supongo que se dio cuenta pero, después de haber hablado ya el tema de nuestra relación, no quiso ponerme más nerviosa de lo que ya sabía que me ponía cuando se acercaba. En un abrir y cerrar de ojos tenía sus manos en ambos lados de mi cuerpo. Empezó a presionar con todos los dedos por la zona de las costillas, haciéndome cosquillas. —¡Para!— conseguí decir entre risas un par o tres de veces. Me cargó en uno de sus hombros y se levantó. —¿Quieres que pare?— preguntó divertido, sin parar de hacerme cosquillas. En ese momento me acordé de Jason; me acordé de aquel momento en el que me hizo cosquillas en el centro comercial. Era la misma escena. Enmudecí de golpe. Gael me bajó al darse cuenta. —Lo siento... Es que me acabo de acordar de Jay— dije mientras miraba al suelo. Me levantó la cabeza sujetando mi barbilla con sus dedos índice y pulgar. Sus ojos se clavaron en los míos.
—¿Es por él? ¿Lloras por él?— preguntó, serio. Negué con la cabeza y solté un largo suspiro.


Gracias por leer. Suscribiros y compartid la novela. Comentad aquí abajo. Os quiero, lectores.

miércoles, 31 de octubre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cuarenta y Siete


Entreabrí los ojos; la poca luz que se filtraba por el cristal me cegó por un instante. Parpadeé repetidas veces antes de poder abrirlos por completo. Perezosa, me destapé. Caminé hacia el baño sin ni siquiera ponerme las zapatillas. Al mirarme al espejo me di cuenta de que no me había cambiado el pantalón de chándal para dormir. Qué desastre. Tenía el cabello alborotado. Me noté pálida y ojerosa de no haber dormido siquiera. Cogí un peine y empecé a desenredarme el pelo. Ni yo misma supe el por qué de tantos nudos. Después de eso me lavé la cara. El contacto con el agua fría me hizo estremecer; me despejé de golpe. Al recordar en qué día vivía, me hice una coleta. Fui hacia el armario y rebusqué mi chándal de footing. Me cambié lo más deprisa que pude; el frío me congelaba incluso los huesos. Salí por la puerta y bajé las escaleras. Mi madre estaba en la cocina preparando el desayuno. 
—¿Y papá?— pregunté extrañada.
—¡Buenos días Rose!— dijo con entusiasmo papá mientras bajaba por las escaleras.
—Rosa— le corregí.
—Rosalía— corrigió mi madre.
—Siempre con lo mismo...— se quejó Harry. Mi madre, simplemente, entrecerró los ojos al mirarle. Mi padre suspiró. —Buenos días, hija— sonreí.
—Buenos días— canturreé.
Nos besó en la frente a ambas antes de tomarse su zumo de naranja. Yo me tomé el mío aunque no me apetecía nada. Después de charlar un poco, nos decidimos a salir. Nos abrigamos con nuestras correspondientes chaquetas. Nada más poner un pie fuera de casa un escalofrío me recorrió entera. —¡Qué frío!— me quejé. Mi padre puso los ojos en blanco y empezó a correr; yo, simplemente, lo seguí a duras penas.

Nada más llegar a casa fui a ducharme. Mi energía estaba en números rojos después de seguir a duras penas a mi padre por el parque. Ya no podía más. Llené la bañera y encendí unas velas aromáticas para relajarme. Me desvestí y me metí en el agua caliente. Mi piel agradeció ese cambio de temperatura. Me sumergí entera durante unos segundos; no forcé el quedarme sin aire y sufrir debajo del agua sin motivo, y menos en aquel momento. Cuando las yemas de mis dedos empezaron a arrugarse, salí. Me puse ropa de estar por casa y revisé las tareas que tenía para el lunes. Me puse a hacerlas. En una hora, más o menos, las tuve acabadas. Miré el reloj: las doce. Me dispuse a llamar a Gael para preguntarle cómo se encontraba. Marqué su número en el teléfono fijo que tenía en mi habitación. Descolgó al cuarto pitido.
—¿Hola?— pregunté.
—Hola— susurró una voz al otro lado.
—¿Tiziana?
—Sí, soy yo. ¿Emma, verdad?
—Sí. ¿Está durmiendo, verdad?— ella rió ligeramente.
—Sí pero ya verás lo rápido que se despierta.
—Pero lo puedo llamar más...— dije. Escuché cómo le decía que yo estaba al teléfono y después rió. —Ahora se pone— dijo entre risas. 
—Mala hermana...— murmulló.
—¿Decías algo?
—No, no, no; nada.
—¿Estás bien?— pregunté seria.
—Sí, tranquila... Esto... Emma...— tosió —Lo siento.
—No te preocu...
—Claro que me preocupo,— me cortó —te podría haber pasado cualquier cosa—. No tenía motivos para hacerlo; quizás sí pero, simplemente, empecé a llorar.
—¿Tú estás bien, Emma?— la voz le tembló.


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miércoles, 24 de octubre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cuarenta y Seis


Dejé con mucho cuidado todos aquellos llaveros en el recibidor. También colgué la chaqueta en el perchero de al lado. Al quitármela, todo mi cuerpo se heló de repente. Tenía las manos completamente congeladas. Las fregué entre ellas antes de abrir la nevera y coger la botella de leche. Cogí un vaso limpio que estaba secándose en el fregadero y lo llené hasta la mitad. Volví a dejar la leche en su correspondiente estante del frigorífico antes de darle un trago al vaso. Cuando estuve a punto de tragar un segundo sorbo, un “¿Emma?” me sorprendió de repente. Por poco no llegué a escupir la leche. La tragué como pude mientras me giraba hacia la persona que me asustó.
—¿Mamá?— pregunté arrugando la nariz.
—¿Emma?— insistió.
—Sí, soy yo... ¿Qué ocurre?— respondí, nerviosa.
—Vale, vale. Había escuchado unos pasos que venían de aquí y quería asegurarme de que eras tú.
—Sí, claro... Tenía sed y he tenido que levantarme— dije mientras movía el vaso de leche, alzándolo un poco. Mi madre sonrió; tenía los ojos entrecerrados, del sueño. Fue subiendo poco a poco las escaleras, tapándose bien con su bata. Solté un profundo suspiro cuando desapareció por el pasillo. “Menos mal”, pensé. Noté cómo mi pulso volvió a desaparecer casi por completo. Las piernas y el vaso que tenía sujeto en una mano, temblaban. Al acabarme la leche conseguí relajarme. Enjuagué el vaso con agua y lo dejé bocabajo en la pica. Me quité las bambas antes de subir las escaleras. A pesar de llevar calcetines, puede notar el gélido suelo contrastar con mis pies, ligeramente calientes. Subí las escaleras con las bambas en una mano. Entré en mi habitación y cerré la puerta de golpe, pero sin hacer ruido. Dejé caer las bambas; sonó un golpe seco. Las aparté con un pie antes de dejarme caer en la cama, totalmente rendida. Estaba agotada. Jamás había tenido que enfrentarme a un problema tan complicado sin el consejo de mis padres. Aunque normalmente, era mi madre la que me aconsejaba. Tuve que tomar una decisión difícil yo sola; no había sido una respuesta fácil de pronunciar: el hecho de que tardase un par de segundos en responder no significaba que había sido fácil. Simplemente hice lo que el corazón me dijo y, a pesar de no tener ninguna obligación en ayudarles, lo hice, y no por quedar bien, sino porque de verdad sentí que debía hacerlo. En aquél par de segundos, el casco que me regaló Jason me motivó. “No tengas miedo”; no tuve miedo a hacer lo que hice. Sí, estaba aterrorizada, pero de las consecuencias hacia mi persona y hacia mis amigos; lo que podía ocurrirnos de malo. Aquella madrugada me sorprendí de mí misma. Todo ese viernes me había hecho pensar en muchas cosas. Sin querer, en mi interior, cambiaron cosas que ni yo supe que lo hicieron. Me sentía diferente después de todo ese día tan ajetreado. Me empezó a doler la cabeza; una pequeña migraña empezó a surgir después de todo. Al notar aquél dolor, me sorprendí de que no hubiese aparecido antes. Me acurruqué y tapé con las sábanas incluso mi nariz. Cerré los ojos con fuerza. A los pocos minutos los abrí de repente al recordar algo. —Oh, no...— murmuré. Me quejé y me revolví en la cama. Recordé que al día siguiente tenía que ir a correr con mi padre.


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miércoles, 17 de octubre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cuarenta y Cinco


La figura de una mujer fue apareciendo poco a poco al otro lado de la puerta, a medida que ésta se abría. —Hola— susurró ella. Contesté imitándole. Me quedé boquiabierta; era una mujer extremadamente bella. Tendría veintisiete o veintiocho años. Era morena, con unos ojos verde esmeralda, y se parecía mucho a Gael. A pesar de no ir nada maquillada y apenas peinada, con el pijama ya puesto, era la chica más guapa que había visto hasta entonces. —¿Está bien?— preguntó un tanto preocupada, apretando los labios. 
—Sí, simplemente se ha pasado un poco... bastante— una sonrisa torcida apareció involuntariamente en mi rostro. Quizás fue ésta misma la que destensó un poco aquella  situación. Ella suspiró profundamente.
—¿Te pediría mucho si me ayudases a dejarlo en el sofá?— intervino de pronto.
—Para nada— respondí, negando ligeramente con la cabeza.
Entre las dos conseguimos recostarlo en uno de los tres sofás que había en aquél salón. Aunque ya había estado anteriormente, no me había fijado en ningún detalle de aquella casa hasta el momento. Los colores granates de las paredes contrastaban con los muebles caoba. Se podía aspirar el aroma cítrico de unas velas de naranja que yacían encendidas en una perfecta línea recta encima de la que debería ser, la mesa principal. Todo fue muy rápido y apenas pude fijarme en mucho más. Noté que mi presencia ya empezaba a incomodar y me dirigí hacia la puerta. La chica me adelantó en un rápido y sutil movimiento para poder abrir ella la puerta. Antes de poder yo salir, entonó un breve “gracias”. Quise quitarle importancia a mi hazaña y, por segunda vez, negué con la cabeza mientras fruncía el ceño. —Por cierto,— sonrío —no me he presentado. Soy Tiziana, hermana de Gael— no me sorprendió, era lógicamente visible.
—Yo soy Emma, una amiga. Y también su aprendiz de piano— solté una ligera carcajada.
—Ah, con que tú eres la tan nombrada Emma...— sonrió, mostrando esta vez toda una dentadura perfecta e impecable. Era una sonrisa muy contagiosa y natural.— Supuse que eras tú de un principio porque, por todo lo que dice siempre mi hermanito, eres la única que le acompañaría a casa. Aparte de que tu inocencia natural te caracteriza, como dice él—. Mis mejillas se incendiaron al instante. —Lo único que puedo darte son las gracias porque, por lo que veo, no parecías estar de fiesta y bueno, esto dice mucho de ti. Gracias.
—No se merecen, sólo he hecho lo que mi corazón decía; me era imposible volver a dormirme sabiendo en las condiciones que estaba y lo que podía sucederle.
—Haré que te lo compense, lo prometo— acabó la frase guiñando un ojo. Yo sonreí. 
Nos despedimos dándonos las buenas noches. Miré el reloj mientras caminaba, fugaz, calle arriba. Eran las tres pasadas; calculé que había tardado, más o menos, una hora en ir y volver. Intenté relajarme pese a todo lo que rondaba mi cabeza en ese instante. Al llegar a la puerta, rebusqué las llaves en los bolsillos. Mientras la sujetaba con fuerza e intentaba insertarla en la cerradura, notaba que mi pulso era casi inexistente; todos aquellos llaveros, al zarandearse y chocarse entre ellos, resonaban en aquella calle vacía y oscura. Después de intentarlo un par de veces, cogí aire y, antes de soltarlo de golpe en un suspiro, conseguí insertar la dichosa llave. Despacio y delicadamente, fui girando la cerradura intentando no hacer demasiado ruido. Después de colarme por la rendija más mínima, cerré la puerta detrás de mí sin que crujiera lo más mínimo.


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miércoles, 10 de octubre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cuarenta y Cuatro


Mi respiración, agitada y sonora, se entrecortaba cada vez que oía que algún vehículo se acercaba por aquella lúgubre carretera. En cuánto nos pasaban de largo, mis músculos se relajaban; tenía miedo de que algún coche de policía pasara por allí en aquel “acertado” momento. Simplemente imaginarme las consecuencias que me conllevaría toda aquella locura me revolvía el estómago.
Intentaba razonar, razonar mínimamente, pero me era prácticamente imposible. Había colocado a Gael sentado en la moto, abrazándome, mientras yo estaba de pie a un lateral, justo de cara a él. Al menos, si se dormía, me daría tiempo a reaccionar y no se caería redondo al suelo. Había sacado con anterioridad su casco del compartimento que había debajo del sillín y lo había colgado en el manillar. Cerré los ojos por unos minutos intentándome concentrar de verdad. De repente, Gael me besó la frente. Fue un beso corto pero se hizo notar más que ninguno. A pesar de estar ebrio, noté un sentimiento en ese beso; noté que fue su corazón el que quiso besarme y que, su poco sentido de la vergüenza en aquel momento, le ayudó. Mantuve los ojos cerrados durante todo aquel momento, incluso varios minutos después. Cuando los abrí, pude comprobar que un cansado Gael tenía los ojos ya entrecerrados. Me quedaba muy poco tiempo. Debía pensar rápido. Lo único que necesitaba era encontrar la forma de transportarle de la forma más segura posible. Me vino a la mente un cinturón de seguridad; mi bombillita mental se encendió. Palpé con cuidado el borde de su pantalón. Menos mal. Como pude, le desabroché el cinturón y se lo quité con cuidado. Fue un momento incómodo pero, con un poco de suerte, no tendría por qué recordarlo si yo no daba el primer paso para rememorarlo.
Cogí el casco que había dejado en el manillar pudiendo dejar así, el cinturón en ese mismo lugar. Después le puse el casco. Coloqué su pierna izquierda al otro lado de la moto para así poder subirme delante de él. Apoyé sus brazos sobre mis hombros, haciendo que su chaqueta se levantara ligeramente y así poder pasar el cinturón por su espalda. Cuando tuve los dos extremos de la tira de piel sujetos con ambas manos, contuve el aliento durante unos segundos para poder atar bien la hebilla. Cuando ya lo tuve atado, fui subiéndolo poco a poco hasta que lo tuve a la altura de mi cintura; ahí ya me apretaba menos. Hice que sus manos me rodearan. Rebusqué en los bolsillos de mi chaqueta hasta que encontré las llaves de la moto que, sigilosamente, me había colocado en uno de ellos Sophie para que Gael no se diera cuenta. Acerté a la primera en el contacto. La giré de golpe; el motor rugió como pudo. Todas aquellas clases prácticas que me había dado mi padre durante le pasado verano, por suerte, recorrieron mi mente. Poco a poco fui siguiendo, paso a paso y cómo él me enseñó, todo lo necesario para poder empezar a dar gas y avanzar por aquella oscura carretera. A medida que iba avanzando, me encontraba más segura en aquella moto. No quise correr demasiado porque Gael, antes de haber llegado a mitad de camino, se había quedado dormido dejando caer su cabeza encima de uno de mis hombros. Recorrí muchos callejones que conocía para poder atajar y llegar lo antes posible sanos y salvos. 

Cuando por fin pude divisar mi casa y pude comprobar así que, por suerte, no había ninguna luz encendida, recorrí sin miedo los pocos metros que quedaban hasta llegar a casa de Gael. Apagué el motor cuando estuve encima de la acera y justo delante de su puerta. Por desgracia, en su casa si que había una luz encendida. Me temí lo peor. Suspiré muy profundamente antes de hacer el esfuerzo de cargar en mis hombros a Gael después de haber desatado el cinturón y de haberle quitado el casco. Pulsé como pude el timbre. No me dio tiempo casi ni a reaccionar cuando de pronto, la puerta se empezó a abrir poco a poco.


Espero que os haya gustado. Compartidlo con tanta gente como queráis. Os quiero mucho. Os lo debo todo.

miércoles, 3 de octubre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cuarenta y Tres


No paraba de tragar saliva repetidas veces. No paraba de suspirar a la vez que cerraba los ojos. No paraba de angustiarme al imaginarme ciertas situaciones que podrían suceder. No podía para de pensar en mí, en darme cuenta de que mi corazón pensaba antes que mi cabeza; en darme cuenta de que querer a una persona era un delito muy grave para mí. Quería a Sophie y quería a Gael. Simplemente el pensar de que Gael, en ese estado, podía hacerle algo a Sophie, me mataba por dentro. Nada más imaginarme que a Gael le podía pasar algo, me dejaba sin aliento. Ni si quiera estar sentada en el asiento de ese vacío vagón de tren me ayudaba a tranquilizarme. El nerviosismo me recorría de pies a cabeza; no podía parar de agitar la pierna derecha. Ni yo misma hubiese sido consciente de que no cesaba de menearla si no hubiese sido porque el casco se movía incesante encima de mi regazo. Tenía la mirada fija y perdida en el mapa que marcaba las paradas que iba recorriendo con unas centelleantes luces rojas. A medida que las paradas se sucedían y se acercaban a mi destino, mi corazón se aceleraba gradualmente. Pasaron un par de minutos más antes de que el tren parara de golpe y me removiera por séptima vez aquella noche, en el asiento. Me levanté decidida y abrí una de las puertas de aquél vagón. Recorrí rápida el camino hacia la salida dándome cuenta de que, a cada paso que daba, mis rodillas flaqueaban y que a cada suspiro que dejaba escapar, mi labio inferior temblaba.

Pude distinguir a Sophie cuando ya estuve a unos cincuenta metros de ella. La negrura de la noche y la poca iluminación de aquellas calles me impedían ver mucho más allá. Al acercarme más pude ver a Gael apoyado en un árbol, vomitando. 
—¿Qué tal?— mi voz temblaba.
—Bueno, he conseguido que caminara un poco sujeto a mi brazo pero antes de que llegases ha empezado a vomitar—. Cabeceé, asintiendo con rabia. —No se merece que le hayan hecho esto...— murmullé.
—La que no te mereces esto eres tú. Lo siento...— respondió Sophie. Reprimí unas amargas lágrimas antes de abrazarla y besarle la mejilla. —Te llamo mañana— me despedí. Ella asintió aún abrazada a mí. Después de eso se giró y empezó a caminar en dirección contraria a la que yo había venido. Se llevó con ella un estridente sonido de tacones que repicaban con fiereza el suelo y un dulce y fuerte aroma a perfume. Yo me dirigí hacia Gael que seguía apoyado en el árbol, ya sin vomitar. Posé mi mano sobre su espalda con cuidado y simultáneamente se sobresaltó, pero después empezó a sollozar. —Ya está, ya está...— intenté calmarle, procurando que mi voz no temblara y acariciándole la espalda. Empezó a llorar más fuerte. —¿Quieres un pañuelo?— pregunté, ofreciéndole uno. Separó sus manos del árbol y recuperó la postura mientras no paraba de miramre con unos ojos bastante rojos e hinchados que intensificaban el color verde de éstos. Dirigió la mirada al pañuelo y muy poco a poco intentó cogerlo pero supuse que aún estaría mareado ya que no acertó. Había traspasado demasiado el límite. Al ver que no pudo cogerlo, arrugó la nariz con rabia. Yo suspiré mientras apretaba los labios. Desdoblé un poco el pañuelo y lo pasé por su rostro mientras recogía unas últimas lágrimas que se le escaparon y secaba la humedad de sus mejillas que habían provocado otras tantas. Sonreí al darme cuenta de que no paraba de mirarme con dulzura. —Bueno, tenemos que irnos. Te llevaré a casa— dije mientras me ponía el casco dejando así, mis dos manos libres para poder sujetarlo. Le pasé mi brazo por su espalda y él pasó el suyo por detrás de mi nuca. A medida que avanzábamos hacia su moto que se encontraba a pocos metros de dónde estábamos, notaba cada vez más su peso en mis hombros. Cuando estuve delante de la moto empecé a pensar que podía hacer para que el viaje fuese lo más seguro posible porque, tuve en cuenta de que quedaban pocos minutos antes de que cayera profundamente dormido.


Con esta ya van ciento y una, de entradas. Todo es gracias a vosotros, y os lo agradezco mucho. Os quiero. Comentad aquí abajo y compartid esta novela con vuestros amigos, tíos, primos... Un fuerte beso a todos.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cuarenta y Dos


—¡Hola, cariño!— me saludó mi madre desde la cocina, sin mirarme. 
—¿No vas a decir nada al respecto?— dije moviendo un poco el casco delante de mí y encogiendo un poco los hombros. Mi madre dirigió de golpe la mirada hacia a mí; después hacia el casco y sonrió ligeramente.
—Vaya... Espero que no te hayas gastado todos tus ahorros— bromeó mientras volvía a cortar verduras para la cena. Sonreí al escucharle.
—¡Qué va! Me lo ha regalado Jason... Para cuando vaya en su moto...— respondí disminuyendo gradualmente el tono de voz.
—Mira, Emma,— dijo mientras paraba de mover el cuchillo y me miraba, ya más seria que antes —me parece estupendo que vayas en moto, eres lo suficientemente mayorcita para saber cuando y con quién debes montarte; sólo espero no tener que ir a ningún hospital por culpa de terceros—. Reflexioné unos segundos lo que había dicho mirando al suelo. Levanté la miraba y la clavé en sus ojos.
—No tienes de qué preocuparte, estaré bien— una sonrisa torcida enmarcó mi rostro. —¿Ves?— finalicé enseñándole la dedicatoria del casco.
—Bonita frase,— dijo con una gran sonrisa —tiene mucha razón. Es corta pero matona— añadió con cierta ironía. Puse los ojos en blanco mientras suspiraba, feliz. —¿Quieres que te ayude con la cena?— pregunté, cambiando radicalmente de tema. Mi madre negó con la cabeza y siguió cortando verduras. 

Ya metida en la cama oí la vibración que produjo el móvil en la madera. Lo alcancé de la mesilla suspirando con rabia. Un mensaje, ¿a estas horas? Fruncí el ceño pero lo abrí. Decía: Necesito tu ayuda. Era de Sophie. Me quedé unos segundos pensando lo que haría. Me destapé y fui de puntillas hacia la puerta que daba al pasillo. La abrí con cuidado para que no crujiera. Asomé la cabeza un poco y comprobé que, tanto mi madre como mi padre que, hacía pocas horas que había vuelto del viaje, estaban totalmente dormidos ya que la puerta de su cuarto estaba completamente cerrada y el silencio reinaba junto a la penumbra en esa, ya avanzada, noche oscura. Cerré con cuidado la puerta y me encerré en el baño de mi habitación. Busqué en la agenda el número de Sophie y descolgué. No hubo suerte; no lo cogió. Supuse que estaría de fiesta. Volví a llamarla. Esta vez sí que respondió a la llamada, pero casi no podía entender lo que decía ya que el barullo de gente que gritaba al otro lado del teléfono la enmudecía casi por completo. Sí, supuse bien, estaba de fiesta. —¡Espera...!— gritó de pronto. A los pocos segundos los gritos y el ruido desaparecieron dejando paso a su voz.
—¿Qué ocurre?— pregunté, angustiada.
—Estoy aquí en la discoteca que está delante del centro comercial y me he encontrado a Gael. Está totalmente fuera de sí. Por lo que he escuchado es la primera vez que salía y bueno, ya sabes...— suspiré —lo peor de todo es que ahora quiere coger la moto y largarse a casa, pero yo no tengo el valor de subirme a su moto y llevarle. Tampoco sé dónde vive y no tengo dinero para pagar un taxi. Todos sus amigos se han ido, no quieren saber nada... No sé qué hacer, Emma. Ayúdame—. Suspiré, cerré los ojos con fuerza y respondí con un corto y fugaz “voy para allá”, y colgué.

Después de demorarme unos minutos en pensar y haber tenido en cuenta todas las alternativas que se me ocurrieron, sólo me quedaba recurrir a la locura. Sin pensármelo una vez más cogí mi casco y bajé las escaleras. Aferré las llaves antes de abrir la puerta en un revuelo, atravesarla y volver a cerrarla lo más rápido y cuidadosamente posible. Empecé a andar hacia la boca de metro con la chaqueta puesta y la camiseta de pijama debajo; con un pantalón de chándal y unas bambas que ya casi “hablaban”. Mi mente estaba completamente en blanco mientras mi paso acelerado hacía que respirara aceleradamente.


Antes de nada perdonad por haber avisado mal la semana pasada. Puse el enlace del capítulo cuarenta, otra vez. Leed el capítulo cuarenta y uno si, por ese motivo, no lo habéis leído; lo siento. Comentad aquí abajo. Compartid con vuestros amigos, familiriares, primos... con quien queráis, esta novela. Gracias por leerla, os quiero.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cuarenta y Uno


—Pruébatelo. Quiero ver lo bien que te sienta— dijo Jason con ilusión. Lo miré y sonreí soltando un leve suspiro. Antes de levantarme, canasté el envoltorio arrugado en forma de bola, en la papelera. Después de eso me levanté y, de espaldas a él, me coloqué el casco con las dos manos. —¿Te gusta?— dije girándome.
—Mucho,— rió — ¿y a ti?
—Demasiado— sonreí a pesar de que el casco ocultaba esa sonrisa.
—¿Sabes qué?,— pregunté retóricamente, sin dejarle hablar —voy a aprender a tocar el piano— acabé diciendo mientras me sacaba el casco y lo dejaba encima de la silla que había dejado Jason cerca de la cama.
—¿De verdad? ¡Eso está muy bien! Ahora que pienso... ¿Tú... tocabas la guitarra, verdad?— dijo mientras me miraba entrecerrando los ojos.
—Yo toco. Aún— sonreí.
—Demuéstramelo.
—No tengo aquí mi guitarra— puse los ojos en blanco.
—Puedo prestarte una— mi ceja derecha se enarcó involuntariamente. No me lo pensé dos veces y me levanté, haciendo notar que la quería ir a buscar. Sin darme casi ni cuenta miré la hora en mi reloj de pulsera. Ya eran las siete y media. 
—Creo que tendrás que comprobarlo otro día. Debo irme.
—Vaya...— dijo en un suspiro, y chasqueó la lengua en signo de desaprobación
—Te quiero— dije bajito mientras me acercaba a él y acto seguido, le besaba.
—Yo también, Eme— coincidió conmigo al finalizar el beso.
—Y no, no hace falta que me acompañes a la puerta— dije al ver el que hacía ademán de levantarse. Cogí el casco de la silla y salí por la puerta, no sin antes despedirme con la mano de Jason y mandarle varios besos aéreos.
Bajé las escaleras tan deprisa cómo pude. Revisé que no me hubiese dejado nada en el salón y volví a la entrada dónde cogí mi abrigo del perchero. Palpé los bolsillos por encima atendiendo especialmente al ruido que hicieron las llaves y agarré suavemente el pomo de la puerta. Antes de que pudiera girarlo, noté unos golpecitos en mi hombro derecho. Me giré de sopetón al notarlos y, al hacerlo, unos labios chocaron contra los míos dejándome completamente atónita. Al separarme de éstos, comprobé, a pesar de haberlo sabido nada más rozarlos, que era Jason.
—Pero... Tú...¿Cómo...?— dije, mientras desviaba la mirada de Jason hacia las escaleras y viceversa, aún sin creérmelo. 
—Bueno, cómo te lo explico... Cuando quiero bajar esta larga y empinada escalinata y, por suerte, hay una barandilla... Es inevitable.
Me mordí el labio inferior a la vez que reía. Jason me guiñó un ojo y sonreí ocultando un ligero enrojecimiento de mis mejillas. Esta vez sí, deslicé mis dedos alrededor del pomo y lo giré hacia la derecha. Salí y cerré la puerta a mis espaldas; no quise girarme ya que cualquier mínimo “por favor” bastaba para que me quedara toda una eternidad allí. Y la verdad es que no era el momento. Salí disparada hacia la boca de metro aunque una vez allí, estuve martirizándome a mí misma mentalmente, ya que todo el mundo me miraba raro al llevar un casco de moto e ir en transporte público.

Al llegar a la puerta de casa me di cuenta de que le tendría que confesar a mi madre el hecho de que iba en moto, pero estaba segura de que no me prohibiría ir de paquete; ella fue de paquete muchos años de joven y no temía a las motos. Aspiré durante varios segundos una bocanada de aire a la vez que un montón de fotogramas sobre todos los momentos bonitos de esa tarde se paseaban rápidos como un rayo por mi cabeza. Solté el aire de un suspiro. Rebusqué la llave oportuna de entre más de una docena de objetos diferentes que cubrían una sola anilla y daban lugar a mi “llavero”. Acerté a la primera a encajarla en la cerradura y la giré dos veces hacia la derecha. Al hacerlo, la puerta se abrió mínimamente pero lo suficiente para que una cálida luz se filtrara por esa fina rendija. La empujé aún con la llave insertada en la cerradura y, mientras la sacaba y cerraba la puerta detrás de mí, saludé a mi madre con un “¡ya he llegado!” rematado con una sonrisa de oreja a oreja.


Espero que os guste. Comentad aquí abajo y compartid esta novela con vuestros familiares, amigos, primos... ¡Corred la voz y compartid ideas! Os quiero.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cuarenta


—¡Venga, venga!— gritaba a más no poder llena de emoción. —¡Bien! ¡He ganado!— gritaba y saltaba de alegría por todo el salón al sentenciarse la carrera quedando campeón el motorista por el que había “apostado”. Jason me miraba con dulzura. —Vale, he ganado la apuesta. Te toca hacerme el masaje en los pies— acabé la frase con una pequeña risa que se me escapó de entre los labios. —De acuerdo— dijo Jason poniedo los ojos en blanco pero sin parar de sonreír. Fui dando pequeños saltos hasta que me senté en el sofá, apoyando mi espalda en uno de los reposabrazos y estirando las piernas a lo largo del sofá. A mitad de carrera ya me había quitado los zapatos. Jason me quitó los calcetines haciéndome cosquillas. Sentado en la otra punta del sofá, girado hacia mí, comenzó a masajearme los pies. Empezó por los talones, luego subió por por la planta y el empeine y acabó en los dedos. Cuando terminó, me puse los calcetines y cuando me quise poner los zapatos Jason me dijo que los llevara en la mano de camino a su habitación, que no pasaba nada si iba en calcetines. Antes de levantarse del sofá, alcanzó las muletas tumbadas en el suelo y se puso en pie. Dejé que pasase delante y me guiara. Cuando llegamos a la escalinata él resopló; yo lo miré compasiva. —Desde que me rompí la pierna sólo las subo por la noche— sonrió ligeramente. Yo me puse a su lado y fui subiendo las escaleras a su ritmo y animándole de vez en cuando. Al llegar al último escalón, giró a la derecha y al final de un estrecho y corto pasillo se encontraba una puerta ya abierta. Jason se esperó pegado a la pared izquierda a que yo pasara primera.
—Vaya... Es preciosa— dije asombrada al ver aquella enorme habitación de tonos azules combinados con blancos, negros y grises. Había una cama pegada a una de las paredes y enfrente de esta, un enorme escritorio con una librería justo al lado. También había un par de lámparas, un ordenador de sobremesa, un gigantesco armario... Era juvenil, moderna y atractiva. Empecé a observar cada foto que había por la habitación y las comenté con Jason. En cuánto vi una foto de él con su moto no dije nada. Me quedé observándola con tristeza. —¿Y tu moto?— pregunté girándome para verle. Antes de que me contestase me senté al borde de la cama; él estaba sentado en la silla de tipo “oficina” que había cerca del escritorio. —Bueno, quedó mucho peor que yo— rió, yo sonreí apretando mis labios —pero el seguro me cubría todos los daños, así que la semana que viene ya la tendré de vuelta.
—Me alegro...— desvié la mirada hacia la ventana. Jason se dio cuenta de lo pasaba por mi cabeza en aquel momento y se acercó, aún sentado en la silla con ruedas, hacia la cama dónde se sentó a mi lado. Me abrazó y mientras me acariciaba el pelo me besó en la coronilla. —Tranquila, iré con mucho cuidado. No superaré los límites de velocidad. Te lo prometo— reí con él. A los segundos se sobresaltó y me miró a los ojos pícaramente.
—Tengo un regalo para ti— dijo.
Yo fruncí el ceño. Se estiró en el borde de la cama alcanzando de debajo de esta algo envuelto en papel de regalo. Me lo dejó en el regazo. Yo lo cogí siendo muy cuidadosa y empecé a inspeccionarlo con cuidado; él soltó una carcajada. —Tranquila, está hecho a prueba de balas—. Entonces no me lo pensé más y empecé a rasgar el papel dejándolo simultáneamente a mi lado. Poco a poco fui descubriendo un casco negro muy brillante. En la parte de atrás, cerca del borde, había dibujado un rayo de luz rosáceo que formaba una frase que decía: “No tengas miedo”. Me quedé boquiabierta. —Es... perfecto. Gracias— me abalancé sobre él abrazándole, y le besé repetidas veces en la mejilla; Jason no paraba de reír. Aquel casco significaba mucho en realidad. Me protegería de los daños que pudiera hacerme, igual que Jason; sabía que él me mantendría a salvo de los peligros que acechaban en cualquier esquina. Jason era mi casco antibalas. Tanto el casco como la frase cambiaron algo en mi interior; cambiaron algo en mí misma.



Gracias por leer, comentad aquí abajo. Que tengáis un buen comienzo de curso, os quiero.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Treinta y nueve


—Vale, ya estoy subiendo las escaleras de la boca del metro. Un último escalón… Ya estoy fuera.
—De acuerdo,— rió Jason entre palabras al otro lado del teléfono. En un último momento le llamé para asegurarme de que no me equivocaba ni de calle ni de casa — ahora sigue recto y en el próximo cruce…
—Giro a la derecha. Después sigo recto unos doscientos metros, saltándome así los dos siguientes cruces. Al tercero giro a la izquierda y en esa calle busco un bloque de dos plantas de ladrillo rojo, exactamente el bloque número ciento siete— corté su explicación acabándola yo en menos de diez segundos.
—¿Por qué me llamas si te lo sabes de memoria? — preguntó muy extrañado.
—Te llamo para no perderme. En unos minutos estoy allí— y colgué sin tan siquiera dejarle contestar.
Llegué en poco más de diez minutos. Podía haber tardado menos pero mi necesidad de ir tan sumamente despacio para poder, casi incluso, contar los pasos que daba para que no se me pasase ninguna calle, era mayor que cualquier otra cosa en ese momento.
Al llegar, miré los marcos interiores de la pared en la que estaba construida una enorme puerta de madera oscura y brillante a fin de encontrar un timbre. Lo encontré en una segunda ojeada; estaba más alto de lo que creía. Me ayudé del escaloncito que había para poder elevarme sobre uno de mis pies y poder pulsar el pequeño botón blanco. Un estruendoso pitido sonó del interior de la casa; simultáneamente pude escuchar unos extraños golpes y la voz de un apurado Jason que repetía una y otra vez: ¡Ya voy!
Pude escuchar un último golpe, sonó metálico. Después de eso, la puerta se abrió y pude ver que Jason hacía el esfuerzo de apoyarse sobre una sola muleta, ya que la otra yacía en el suelo, a poco más de medio metro de él. Volví a mirarle después de haberme dado cuenta de la situación. Jason no cesó de sonreír sin parar de buscar mi mirada. Cuando sus ojos encontraron los míos, enarqué una ceja. Crucé el umbral de la puerta sin ningún miramiento y recogí la muleta del impoluto parquet.. Alargué mi brazo para dársela. Él la cogió de mi mano con suavidad pero muy rápido con la mano que le quedaba libre. Me acerqué a la puerta y la empujé con una mano para cerrarla. Al volverme hacia Jason otra vez, sonreí. Llevaba el pelo alborotado, como siempre. Lucía un jersey gris claro de cuello ancho que contrastaba con un oscuro vaquero desgastado. Se me escapó una risita al ver que combinaba ese estupendo conjunto con unas estupendas zapatillas de andar por casa. Al escucharme, Jason se sonrosó. —Estás estupendo— dije mientras me acercaba a él y le rodeaba su nuca con mis dedos. —Tu también— acabó susurrando. Reparé unos segundos mi mirada en sus labios y posé en ellos los míos. Un corto e intenso beso hizo que mi vello se erizara y mi corazón se acelerara de golpe. —¿Has preparado algo?— pregunté mientras me separaba poco a poco de él y miraba a mi alrededor. A pesar de que parecía un bloque muy estrecho, por dentro era una espaciosa casa de dos plantas. Era una casa de tonos cálidos dónde abundaban los muebles de madera de cerezo. Nada más entrar te encontrabas unas escaleras justo enfrente; a la derecha de esa escalinata se encontraba el salón, a la izquierda una amplia cocina moderna. —Sí, más o menos… ¿Te apetecen unas palomitas mientras vemos una carrera? De motos, claro…— al acabar la frase, rió nerviosamente.
—Claro que sí— sonreí. Él simplemente sonrió y empezó a caminar hacia el salón. Se acomodó en un sofá más bajo de lo normal y se ayudó de las dos manos para colocar bien la pierna escayolada encima del cojín que había en la mesilla delante de él. Me quedé de pie al lado del sofá, contemplando el enorme bol lleno de palomitas recién hechas. —¿No te sientas?— preguntó.
—Estoy segura de que no hay ninguna propuesta más que ésta…— dije mirando cómo cambiaba de canal una y otra vez.
—Bueno, podemos ver una película, si quieres…— dijo esa frase sin querer decirla en realidad. Lo noté en el tono de su voz y en su rostro.
—Prefiero las motos— le contesté mostrando una amplia sonrisa. Él volvió a pasar un canal tras otro, ya que antes de escuchar mi respuesta paró de apretar el botoncito. De un salto me senté a su lado y me acurruqué en aquel sofá suave colocando mis piernas cruzadas encima de éste y apoyando mi cabeza en el brazo que estiró Jay detrás de esta. Cerré los ojos y respiré profundamente, acurrucada en aquel, relativamente, pequeño sofá y aspirando el salado aroma de palomitas al respirar.




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miércoles, 29 de agosto de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Treinta y ocho



—¡Espere, por favor!— gritaba una y otra vez, corriendo, con la mochila golpeándome la espalda a cada zancada que daba. Paré en seco cuando me topé con el cruce que daba fin a aquella calle mientras observaba cómo se iba el autobús. Suspiré con ira antes de maldecir con cientos de palabras a aquel autobús y a su correspondiente conductor. Cuando lo daba todo por perdido, cuando ya estaba segura de que iba a llegar por lo menos, media hora tarde a mi cita, apareció esa última ayuda que no te esperas nunca. Una pequeña moto estilo scooter se paró en frente mío, mientras estaba sentada en la parada de bus. La miraba de reojo, sin dejar notar mi intriga. —Yo de ti me pensaba el practicar los cien metros libres para no perderlo otro día— una voz sonó, acolchada, del interior del casco. Giré mi cabeza hacia todos los lados, pero esa voz no podía referirse a otra persona más que a mí. —¿Te conozco?— pregunté frunciendo el ceño a la vez que empequeñecía los ojos en un intento de ver algo a través del oscuro cristal del casco.
—Soy la persona que creo que más y menos te esperas— respondió. El chico, deducí por cómo vestía, aunque no pude reconocerle por el atuendo, ya que llevaba una cazadora que no había visto antes, y por el tono de voz, bajó de la moto y levantó el sillón del pequeño vehículo para coger otro casco, un poco más viejo y con algún que otro rasguño. Lo dejó encima del asiento y se acercó hacia mí. —¿De verdad que no sabes quien soy?— dijo, riéndose. Quise salir de dudas lo antes posible y no me lo pensé dos veces, me puse en pie y levanté la visera, es decir, el cristal casi negro, del casco. Al hacerlo, dejó a la vista unos preciosos ojos verdes y también algún que otro mechón rubio de cabello.
—Gael, definitivamente eres mi ángel de la guarda— dije mostrando una gran sonrisa.
—Anda, ponte el casco que te llevo a casa— dijo señalándome con un movimiento de cabeza el casco del asiento. Lo cogí con la mano izquierda mientras me peinaba con los dedos el flequillo hacia atrás con la otra. Cuando ya lo tenía puesto, Gael comprobó que lo tuviese bien cerrado y ajustado. Él se montó primero, yo después. Me apreté bien contra su espalda, sin dejar que el mínimo rayo de luz traspasara entre nuestros cuerpos. Y no era por nada en especial, pero tenía frío y un poco de miedo a la vez. Me cogí lo más fuerte que pude a él, pasando mis manos por debajo de su chaqueta y cogiendo con fuerza cada uno de los lados de su cintura. Sin decir ni una palabra, arrancó. Yo iba indicándole, casi a grito pelado, por dónde debíamos ir. Acortamos por un par de callejones y en unos pocos minutos más, llegamos a mi casa. Gael no se bajó de la moto, tampoco le vi intenciones de hacerlo; ni si quiera apagó el motor. Al bajarme le di el casco, el cual colocó en su brazo pasándolo por el mismo. Susurré un breve gracias y una sonrisa se escapó de entre mis labios. Él pasó la punta de los dedos por mi flequillo colocándolo en su sitio y después me pellizcó levemente la mejilla izquierda con sus dedos corazón e índice. Volvió a agarrar el manillar y arrancó; me quedé allí de pie hasta que desapareció al final de la calle. Sonreí con dulzura. 

Nada más atravesar la puerta de casa, saludé a mi madre y recordé, al ver el sillón de mi padre vacío, que se había ido de viaje. Antes de subir las escaleras le avisé de que había quedado con Jason en su casa. Después de hacerlo, subí a mi habitación a arreglarme. No tuve ganas ni de maquillarme ni de hacerme nada en el pelo, sólo me pasé el peine un par de veces. Me volví a poner la chaqueta y cogí las llaves. Le di un beso en la mejilla a mi madre, que estaba sentada en el sofá viendo la tele. Abrí la puerta, y antes de poder cruzarla escuché a lo lejos: ¡No hagas cosas que no quieras, Emma! —Sí, mamá...— contesté, sin girarme y poniendo los ojos en blanco. Cerré la puerta con llave y empecé a caminar hacia la estación de metro.


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martes, 21 de agosto de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Treinta y siete


Fuimos recorriendo los pasillos corriendo como descosidos; bueno, él corría y yo le indicaba entre carcajada y carcajada. Entre el miedo que tenía a que nos cayéramos y la vergüenza que estaba pasando al darme cuenta de que un montón de cientos de pares de ojos miraban, casi petrificados, aquella escena, toda yo era un “¡tierra, trágame!”. Cuando llegamos a la puerta de la clase que me tocaba a aquella hora, me dejó bajar de su espalda soltándome cuidadosamente. Se giró hacia mí en cuánto toqué el suelo. —¿Estás bien o te he hecho daño?— preguntó un tanto preocupado.
—No, no, no. Es decir, sí, estoy perfectamente— dije fijando mi mirada en la suya. Sonrió.
—Bueno, debo irme,— dijo desviando la mirada, supuse que hacia otro de los muchos relojes que había colgados en los innumerables pasillos del instituto —que sino voy a llegar tarde.
—Ah, sí. Tienes razón...— me toqué el pelo sin saber qué hacer a continuación.
Me cogió por los brazos, colocando cada una de sus manos en cada uno de mis dos brazos apretándolos ligeramente hacia dentro. Se fue acercando muy rápido sin parar de mirarme a los ojos e hizo la cosa que menos esperaba: me dio un ligero beso en la nariz. Volvió a separarse tan rápido cómo se acercó y se marchó corriendo por el camino que habíamos venido. Yo me quedé petrificada, aún con los dedos entrelazados en mi cabello, sin poder haberme girado para ver cómo se iba. A los pocos segundos reaccioné al oír mi nombre. —¿Señorita Emma?— escuché a mis espaldas, la voz no me sonaba pero mi corazón se encogió al escuchar esa expresión. Era una voz extraña, grave... un poco forzada. Nada más girarme vi a Gael con mis libros en la mano. —Gracias— dije poniendo cara de haber hecho algo mal. Le cogí mis libros de sus manos y sonreí; él guiñó un ojo y se fue corriendo, otra vez. Entré rápido en clase recordando cada detalle de todos aquellos alocados minutos que había vivido.

Quedaban cinco segundos. Cuatro. Tres. Dos. Uno. El timbre daba por finalizada la semana. Por fin libre. Agarré con fuerza los libros y salí la primera de clase. Escuché los gritos de Sophie a lo lejos del pasillo pero quise llegar a mi taquilla para poder hablar con ella. Al llegar, me giré y la vi exhausta, apoyada en el taquillero. —No te va a llamar— le solté sin mirarla. Se quedó extrañada y pensativa hasta que cayó en la cuenta.
—¿Cómo... Cómo lo sabes?— preguntó frunciendo exageradamente el ceño.
—Ha tirado tu papel a la papelera. Lo he visto. Pero eso ahora da igual—. Ella suspiró y puso los ojos en blanco. —Tienes que controlarte un poco, Sophie. Ya sabes lo que pasó la última vez.
—Sabes que me arrepiento muchísimo,— bajó la mirada al suelo —pero tu novio perfecto me da envidia— dijo esta última frase refunfuñando entre dientes. Me reí.
—Pero no puedes ser tan directa y ponerlo en bandeja como has hecho. Tienes que conocer a la persona antes para saber cómo atacar por sopresa, ya sabes. Y es más, las dos sabemos cómo es Jay, y para nada es el chico perfecto.
—Ya, bueno,— dijo mientras reía —pero es un buen chico. Y, ahora que lo mencionas, ¿tú no habías...?
—Quedado con él, sí;— dije acabando la frase —si no me doy prisa perderé el autobús a casa. Mañana te llamo— y le guiñé un ojo. Acto seguido dejé mis cosas en la taquilla y cogí las que necesitaba para el fin de semana. Le planté un beso en la mejilla a Sophie y me despedí de ella con la mano antes de desaparecer corriendo por los pasillos.



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jueves, 16 de agosto de 2012

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Información: sobre los capítulos

¡Hola! Bueno, os explico. Me voy nueve días a Tortosa con mi prima, así que haré lo mismo que hace poquito, programaré los capítulos y los dos próximos miércoles no os podré mencionar, así que los tendréis que mirar por vuestra propia cuenta. Cada miércoles a las diez de la mañana ya estará disponible el capítulo. Me voy el sábado (día 18), y no volveré hasta dentro de nueve días, es decir, hasta el miércoles (29). Como volveré tarde, lo dejaré también programado. Disculpad.


Besines.

miércoles, 15 de agosto de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Treinta y seis


Al decir eso, su cara se tornó de “sorpresa” a “verás si te cojo” en pocos segundos. Yo alcé mis puños hasta por debajo de mis ojos, poniéndome en guardia y di unos tres pasos hacia atrás. Al hacer eso, empezó a reírse. —¿Crees que a una chica no le puede gustar el boxeo?— dije sin parar de mirarle ni un segundo.
—¿Se supone que debo tenerte miedo?— dijo aún sonriendo.
—Deberías...
Dio un paso hacia mí. Yo entrecerré los ojos. Dio otro paso. Yo tragué saliva. Al dar otro más, ya estaba justo delante de mí. —¿Qué pretendes?— susurré. Él sonrió. Suspiré. No paraba de mirarme a los ojos, y yo no podía apartar mi mirada de la suya. Fui bajando la guardia poco a poco hasta que mis puños llegaron a la altura de la cadera; entonces relajé las manos. Bajé la cabeza y la mirada hacia el suelo. Noté cómo se acercaba aún. Pude notar su respiración en mi oreja izquierda. —Tranquila, no estés triste. Retomaremos la pelea en otro momento— y se rió. El suspiro que salió de esa risa me hizo estremecer.
—No es eso... Lo que no entiendo es por qué te empeñas en que te haga daño...— dije.
—No me haces daño. Me haces sonreír y reír. Me haces feliz.
En cuánto dijo la última palabra posé mis ojos en los suyos. No sé ni por qué, pero sonreí. No debería alegrarme oír eso. Estaba gritando a voces que sentía algo especial por mí pero, yo no podía hacer nada para complacerle. Me sentí frustrada. —Yo no puedo poder hacerte feliz, Gael. ¿Cómo puede hacerte feliz la persona que te gusta y no te corresponde?— solté a voz de pronto, sin pensarlo antes. Él relajó sus facciones, sin llegar a ponerse serio. —¿Acaso he dicho yo eso?
—Bueno... Pero, tus... tus detalles lo dicen— no me salían las palabras.
—Pero yo no. Así que no te preocupes tanto por mí. Me haces feliz así. Punto.
—Pero...
—Ni peros, ni peras,— no me dejó terminar la frase —ya está. Mira, ya son casi menos cuarto— dijo mirando el reloj colgado de la pared, a su derecha.
—¿Qué dices?— grité asustada. —Voy a llegar tarde—. Gael negó con la cabeza. Se giró y me dio la espalda. —Sube— dijo girando la cabeza para mirarme. Me mordí el labio inferior, no sabía qué hacer. Miré hacia todos los lados y pude comprobar que empezaba a venir gente y que se dirigían a las taquillas. Era una locura pero... —Vale, pero espera que coja mis libros—. Abrí la taquilla y cogí a toda prisa los libros que necesitaba. Al cerrar la puertecita de hierro, puede ver que Gael también cogía los suyos y los ponía en una mochila. Cuando acabó y me vio con los libros entre los brazos, me ofreció que los pusiera dentro de esa mochila, acercándomela. Los deposité con cuidado y él la cerró con brusquedad, sin ningún miramiento. Puse los ojos en blanco. Se colgó la mochila al revés, es decir, por delante, y se puso de espaldas a mí otra vez. Volví a suspirar. Di dos pasos hacia atrás para coger carrerilla; corrí hasta que llegué a su espalda y salté. Él me recolocó bien cogiéndome de los muslos y dando un pequeño saltito. —¿Preparada?— dijo girando la cabeza hacia mí. —Eso espero...— dije cogiéndome bien a sus hombros y escondiendo el rostro detrás de su espalda. Soltó una carcajada y empezó a correr por los pasillos, esquivando a gente y gritando: ¡Paso, paso que paso! 

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miércoles, 8 de agosto de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Treinta y cinco


Volví a mirarme al espejo. Me sequé unas gotas que me habían quedado debajo de la mandíbula con el puño de la camiseta. Oí unos pasos en la lejanía del pasillo. Se fueron acercando. La puerta se abrió. Entró una chica al lavabo, creo que de un curso inferior. En la mano llevaba un neceser repleto de cosméticos. Cuando empezó a repasarse el maquillaje, decidí irme ya de allí. Yo muy pocas veces me maquillaba, se me daba bien, pero prefería ser natural. También me sentía más cómoda. Me dirigí a la biblioteca, aún me quedaban unos veinte minutos. Bajé las escaleras que daban a la planta baja. Allí solo estaban las salas de mantenimiento y la biblioteca. Nada más entrar vi a un niño de unos once años saltando y poniéndose de puntillas a duras penas delante de una de las estanterías. Miré a mi alrededor, pero no había nadie más que él, a primera vista. Me acerqué a preguntarle. 
—¿Necesitas ayuda?— apoyé mis manos sobre mis rodillas para ponerme a su altura. 
—Bueno... Quiero ese libro— acabó respondiéndome señalando un libro del penúltimo estante. Intenté ponerme de puntillas y alcanzarlo, pero sólo conseguía llegar al estante que estaba debajo de ese. —No te preocupes, ahora vuelvo. No te muevas de aquí— y le guiñé un ojo. Empecé a corretear por los pasillos hasta que encontré lo que buscaba: una escalera. La fui empujando mientras oía chirriar sus ruedecitas. Nada más verme aparecer, el niño empezó a dar saltitos de alegría. Coloqué la escalera cuidadosamente delante del estante, horizontalmente. Empecé a subir uno a uno los peldaños, poco a poco. Cuando tuve el estante a la altura de mi cabeza miré hacia abajo. —¿Cuál es el que quieres?— pregunté, por si acaso.
—Ese, el verde de tu derecha, Te lo he dicho antes...— dijo poniéndose las manos en la cintura con los codos hacia fuera, regañándome. Se me escapó una carcajada. Cogí el libro con la mano derecha y empecé a bajar con cuidado. Nada más pisar el suelo, el niño me arrebató el libro de las manos y se dirigió a la mesita de recepción. La bibliotecaria le dio una tarjeta con la fecha de entrega del libro. El niño la cogió la metió entre la portada y la contraportada y se marchó no sin antes despedirse de mí con la mano. Yo hice lo mismo. Volví a mirar mi reloj. Quince minutos. Se me habían quitado las ganas de ojear libros, así que salí por la misma puerta por la que había entrado. Empecé a subir las escaleras que daban a los pasillos principales del instituto. Me dirigí a mi taquilla y la abrí. Empecé a hacer limpieza de papeles ya sin utilidad. De repente, oí a alguien que corría a lo lejos. Cerré la taquilla y fui hacia la papelera, dónde tiré los papeles. Me asomé al siguiente pasillo. Miré hacia la derecha y vi que alguien caminaba cabizbajo hacia mí, pero sin dejar de mirar al suelo. —¿Gael?— pregunté bajito. Él levanto la mirada, buscándome. Cuando me vio, se acercó corriendo y me abrazó. —¿Qué pasa, Gael?—. No me contestó. Empezó a acariciarme el pelo. Yo apoyé mi cabeza en su pecho, oía su corazón latir deprisa y su respiración aún entrecortada. Le abracé con fuerza apoyando mis manos sobre sus omóplatos. Cuando noté que se tranquilizó, me separé un poco. —Lo siento— dijo mirándome a los ojos. —No te disculpes, no es extraño ver a todos los chicos detrás de Sophie. Es lo normal—. Soltó una carcajada.
—El problema de eso, es ésto— dijo mostrándome un papel doblado —y lo que siempre ocurre al final, es lo siguiente— y lo tiró a la basura.
—¿Era suyo?— pregunté, extrañada. Entonces recordé el papel que se guardó en su bolsillo antes de salir de clase.
—Sí, era el típico “llámame” con número de móvil adjunto. Y detalles cómo estos son los que me echan para atrás totalmente—. Acabó esa frase con una sonrisa.
—Ya bueno... Sophie es así—. Suspiré.
—No pensaba que tendrías amigas así... Todas son iguales.
—¿Perdona? No te pases que es mi amiga— dije, medio enfadada, dándole un ligero puñetazo en el pecho. Él simplemente, me miró y alzó una ceja.
—¿Sorprendido, chavalote?— dije sonriendo pícaramente.


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miércoles, 1 de agosto de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Treinta y cuatro


La clase de historia se me hizo eterna. Cuando sonó el timbre que la daba por finalizada, suspiré aliviada. Esa había sido la última clase antes de poder irnos a comer. Me levanté de mi silla e hice unos estiramientos para relajar la nuca, la tenía dolorida de tanto estudiar y escribir. —¿Vamos Sophie?— dije mientras la veía escribir algo muy rápido en un trocito de papel. No quise ser cotilla, así que no le pregunté. —Sí, sí, ya voy— dijo mientras se apresuraba a doblarlo y a guardárselo en el bolsillo delantero de su vaquero. Disimulé no haber visto nada, sólo le sonreí y empecé a caminar hacia el pasillo dónde se encontraban nuestras taquillas. Mientras hablábamos por el laberinto de pasillos, nos topamos con Gael. Me puse nerviosa al recordar la tarde anterior con él. Nadie sabía lo que había pasado excepto Sophie, pero me seguía avergonzando de aquella situación del ”famoso beso”. Todo acabó bien al fin y al cabo, pero seguía intimidándome la idea de estar cerca de él y no poder parar cuando debía. ¿Realmente sabía dónde estaba el límite? Sinceramente, esperaba poder encontrarlo. —¿Qué pasa, chicas?— dijo saludándonos. 
—¡Hola Gael!— se precipitó a responder Sophie. Fruncí por un segundo el ceño, extrañada.
—¿Vais a comer?— preguntó él, mirándola.
—Sí, dejamos los libros y vamos.
—Vale, pues os acompaño— acabó respondiendo Gael a Sophie, sin parar de sonreírle.
El trayecto hacia las taquillas y luego al comedor lo hice prácticamente sola. Sophie estuvo hablando con Gael y con unos de sus amigos que se había encontrado ya en la entrada del comedor. Ni Sophie, ni Gael, ni los amigos de éste me hicieron caso durante la comida. No sabía cuántas veces había llegado a suspirar ni cuántas veces había removido la verdura. Estaba aburrida de no poder hablar con nadie; todos los chicos estaban pendientes de Sophie. No sabía exactamente de qué: de sus acentuadas curvas, de su forma de hablar, de lo que hablaba... Volví a suspirar. Fui la primera en acabar, cómo era de esperar. Me levanté de mi asiento sin decir nada, llevé la bandeja a su correspondiente lugar y me dirigí hacia la salida a los pasillos. Nada más cruzar la puerta y poner un pie dentro del pasillo de las taquillas, respiré tranquila. Aliviada, quizás. No estaba enfadada con Sophie, no era su culpa. No era la culpa de nadie. Cerré los ojos y pensé en Jason. Mi corazón se volvió a acelerar al recordar muchos de esos momentos a su lado. Se me puso la piel de gallina al recordar y revivir mentalmente aquella sensación de ir en su moto a velocidad indescriptible. Pasé miedo durante ocurría, pero sin embargo quise que se repitiera. Miré el reloj de mi muñeca izquierda. Eran las dos y cuarto. Me quedaba media hora antes de volver otra vez a clases. Unas dos últimas clases y libertad durante más de cuarenta y ocho horas. Miré a mi alrededor y vi que había llegado caminando inconscientemente casi a los lavabos. Entré en el de chicas empujando la pesada puerta blanca hacia dentro con las dos manos. No había nadie. Me detuve enfrente de uno de los espejos e hice objeciones de mí misma para mis adentros. Me empecé a mirar de arriba a abajo. Giré un poco hacia la derecha. Hacia la izquierda. —Pasable. Nada del otro mundo— me dije a mí misma. Me retiré los dos mechones de pelo que me llegaban hasta el pecho, por detrás de los hombros. Apreté el grifo y cogí un poco de agua haciendo una especie de cuenco con las manos y me la eché a la cara. Lo hice una vez más antes de que el agua se cortara. Alcancé un poco de papel con la mano derecha, aún mojada. Me lo restregué por la cara con cuidado y lo tiré al cubo de basura. Me sentí refrescada. 


Espero que os haya gustado. Os quiero. :)