miércoles, 4 de enero de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Tres



Decidí avisar a mi madre, ella no diría nada a nadie. Ella me entiende, entiende todo lo que me pasa. Volví a la cocina y se lo conté. Me dijo que si llamaba la madre de Sophie, no lo cogería ella y me tendría que encargar yo de todo lo demás. Yo me había metido en esto, y yo sola debería resolverlo, me dijo. Y era verdad. Cuando acabé de hablar con ella, subí a mi cuarto. Entré y cerré la puerta. Cogí mi libro de poesía y empecé a leer. La poesía era algo que me encantaba, y aunque no se me daba muy bien escribirla, leerla era algo mágico, me absorbía. Simplemente era mi mejor remedio para evadirme de todo,  ya fuesen problemas o simples pensamientos a los que no quería darle más vueltas.
Cuando me cansé de leer, dejé el libro en la mesilla y me levanté de la cama. Me senté en el saliente de la ventana recogiendo mis piernas entre mis brazos. Estuve observando cada detalle de esa estampa de invierno y a pesar de que mi reloj marcaba las siete de la tarde, ya había oscurecido total y absolutamente. Las únicas luces eran las de las farolas y las de los pocos coches que cruzaban la calle. Pasaron también, dos personas por delante de casa, un chico y una chica que iban cogidos de la mano. Se miraron un par de veces y sonrieron antes de desaparecer en la oscuridad del final de la calle. Todo era perfecto, todo menos mi vida. Yo siempre había deseado una vida perfecta, algo con lo que soñaba muchas veces. Muchos de mis compañeros me repetían que mi vida era perfecta, pero yo no lo veía de la misma manera. Vale, era chica de ocho y nueve en exámenes, y que vivía en una de las típicas casas de película: dos plantas y acogedoramente decorada; y vale que nunca nos ha faltado dinero en casa por lo que he podido comprobar. Pero aunque todo esto fuese el prototipo de vida perfecta, realmente no era así. Yo también daba portazos cuando me enfadaba con mis padres, yo también tenía y tengo bajones de ánimo y lloro y no sé ni el porqué. Y hablando de mí, tampoco es que sea perfecta. Soy de las típicas que prefiere sudadera y tejanos los cinco días de la semana y sí, arreglarse mona el fin de semana. Muchas dicen que me tienen envidia, pero no sé de qué: soy castaña con ojos azules y de un metro y sesenta centímetros de altura. Pelo largo, eso sí. Y sin flequillo, todo largo. La verdad, no soy la perfección materializada. Después de estar hablando conmigo misma mientras observaba el mundo por una ventana, escuché el timbre de casa, seguro que era mi padre. Salí como una flecha de mi cuarto y en un intento de saltar en dos veces las escaleras, me caí de morros al suelo. Me di en toda la cabeza. Me pasé la mano por la frente y luego la miré, y efectivamente: me había abierto la cabeza, literalmente.
—¿Qué te ha pasado cielo?— preguntó mi madre, asustada.
—Nada importante, sólo que me he caído escaleras abajo, pero sólo es un corte, no importa. Antes de nada abre a papá, se estará congelando-. Y sin decir nada, fue a abrir. Yo de mientras, me levanté y me miré en el espejo del recibidor. Me sangraba un poco, pero no era de importancia. Mientras miraba mi fascinante herida, mi padre me dio un beso en la mejilla y seguidamente me preguntó, igual que mi madre, que había ocurrido. Se lo expliqué y decidió llamar a nuestro vecino que era médico, para que me mirase, porque aunque no era grave, no me paraba de sangrar.






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