miércoles, 11 de enero de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cinco

—¿Está Sophie contigo, verdad?- dijo. De repente vi que mi madre abrió la puerta y le hice un gesto con la mano para que se fuese —¿Emma?— preguntó Lina.
—Sí, sí. Sí, está conmigo. Hemos estado estudiando un poco y luego hemos hecho… de las nuestras.
—Muy bien- pude oír que soltaba una risilla y sonreí —bueno cariño, os dejo tranquilas. Dale recuerdos a tus padres.
—De acuerdo. Buenas noches Lina.
—Buenas noches y colgó.
Me apoyé en el armario y me dejé caer por él hasta sentarme en el suelo y resoplé. Por los pelos. Al decir eso mi madre entró en el cuarto. —¿Quién era?— preguntó.
—La madre de Sophie. Le he dicho que estaba conmigo y que habíamos estudiado y eso.
—De acuerdo dijo y suspiró mientras sonreía —me acuerdo de cuando hacía cosas de éstas. Pero como las hacía sola y me escabullía por ellas sola, tú también tienes que hacer lo mismo, siempre te lo digo: Nunca hagas cosas de las que te puedas arrepentir—. Me lo repetía miles y miles de veces, pero tenía razón. Pero tampoco iba a ser tan mala y tan egoísta como para decirle que no a Sophie. Ella siempre me había sacada de muchos apuros y se lo debía. —Bueno cariño, te dejo dormir. Buenas noches— y al decir eso se acuclilló y me besó en la frente. Al salir cerró la puerta silenciosamente. Miré la hora en la pantalla digital del teléfono que tenía en la mano: Las nueve de la noche. Era tarde, y  mañana me tenía que levantar a las seis y media para ir a correr con mi padre. Me fui con paso decidido a la cama, dejé el inalámbrico en la mesilla y me arropé bien, mañana sería un sábado muy largo.

Me desperté con el estruendo del dichoso despertador. Sin abrir aun los ojos, fui palpando en la mesilla hasta que encontré el botón del despertador. Me giré y me puse boca arriba, me froté los ojos y me levanté de la cama. Abrí un poco las ventanas y pude observar que aun no había acabado de amanecer. Me fui al baño contiguo a mi habitación y me miré en el espejo: tenía los cabellos alborotados y mucho sueño. Me lavé la cara y me hice una coleta alta. Entré otra vez a mi cuarto y rebusqué en el armario la ropa de deporte. No tuve que buscar mucho, ya que era el único chándal que tenía. Me lo puse y acto seguido me coloqué las bambas que estaban debajo de mi cama. Antes de salir por la puerta y bajar las escaleras, al pasar por delante del baño, me volví a mirar en el espejo y me coloqué bien la chaqueta. Salí por la puerta y la cerré. Bajé deprisa las escaleras a la vez que tenía muy en cuenta que me había caído por ellas la noche anterior. Fui a la cocina, mi padre ya estaba bebiéndose su zumo de naranja.
—Hola papá— dije sin  mucho entusiasmo. Él notó mi tono de voz y sonrió.
—Venga, Emma. Es sábado, alégrate. Sólo son veinte kilómetros, diez de ida y diez de vuelta, no es tanto.
—Ya, si no es eso. Es que estoy muerta de sueño, cada vez amanece más tarde por la mañana, y supongo que eso afecta a mi estado de ánimo— sonreí. Mi padre soltó un par de carcajadas y me ofreció un vaso con zumo mientras él daba un trago al suyo. —Gracias—. Siempre bebíamos un zumo de naranja antes de ir a hacer footing, Nunca comíamos nada, pero nunca nos íbamos sin habernos tomado antes nuestro zumo. Me lo bebí en tres tragos y lavé los dos vasos en un momento.


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