miércoles, 25 de abril de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Veinte


Me desperté en la cama, no sabía cómo había llegado allí. Seguramente estaría medio sonámbula cuando recorrí el camino del sofá a mi cama. Miré el reloj, faltaba un minuto para que mi despertador sonase. Esperé a que lo hiciese junto al de mi madre, que se escuchaba des de mi habitación, y lo estrujé hacia abajo para que la alarma parase. Me trencé el pelo de lado y me vestí con una sudadera y unas mallas; me calcé unas bambas blancas de cordones. Revisé mi mochila, la cerré bien y me la cargué en un hombro. Cogí una bufanda y unos guantes y apagué todas las luces antes de salir de mi cuarto y cerrar la puerta. Lo dejé todo esparramado por el sofá. Desayuné un vaso de leche tibia junto con unos trozos de chocolate. Cuando acabé dejé el vaso en el fregadero y de camino otra vez a mi habitación, me encontré a mi madre que iba camino al comedor a medio vestir. Le di un beso en la mejilla e hice un spring final hasta el baño contiguo a mi cuarto. Me cepillé los dientes y me acabé de asear. Volví a bajar abajo y miré el reloj de la cocina que marcaba las siete y treinta y cinco. Me despedí de mi madre, la cual estaba desayunando tranquilamente, me abrigué bien y cogí las llaves del recibidor. Nada más salir de casa las manos se me congelaron junto con los pies. Fui recorriendo a paso ligero las dos manzanas hasta llegar al instituto.

En la hora de la comida estuve con Sophie, explicándole todas mis “aventuras” con Jason. Ella me miraba, encandilada, con una sonrisa de oreja a oreja. Cuando acabé de contarle todo, ella, entusiasmada y casi gritando dijo: —¡Qué mono!—. Sophie me explicó con más detalle la tan increíble fiesta de aquel día. Fue entonces cuando en mi mente volví a escuchar el agitado corazón de Jason cuando nos abrazamos aquel primer día. Creo que me quedé soñando despierta ya que puede notar que Sophie movía una mano delante de mis ojos añandiendo un sonoro “¿Estás ahí?”. Reaccioné en cuánto me di cuenta de la mano que ella movía e inconscientemente balbuceé: —Sí, sí. Te estaba escuchando—. Ella no me creyó y siguió comiendo su yogur de plátano. —¿Vendrás al entreno hoy?— me preguntó.
—Claro, ¿por qué no iba a hacerlo?— respondí extrañada.
—A lo mejor te escapas con tu novio por ahí, pillina...— me dijo dándome unos golpecitos con el codo y moviendo las cejas de arriba abajo.
—¡No seas boba!— dije dándole una colleja en la nuca. Ella empezó a reírse, la cuál cosa hizo que casi escupiese el yogur de la boca. 
—Era una broma— consiguió aclarar cuando se tragó lo que le impedía hablar.
Al acabar de comer fuimos a dejar las bandejas al carro correspondiente. Dejé la mía y al girarme me topé con el pecho de alguien la cuál cosa hizo que, por poco, su bandeja casi aterrizase en mi cabeza o cayese al suelo. —Perdón...— fue la única palabra que logré articular después del susto. Una mano me levantó la cabeza por la barbilla, delicadamente, haciendo que mi mirada se cruzase con la de un chico que nunca antes había visto. Esos ojos verdes me pusieron nerviosa. Él sólo sonreía. —No pasa nada, mujer. Podría haber sido peor. ¿Tú estás bien, no? Pues ya está—. Hubo unos incómodos segundos de silencio antes de que él me alargase la mano y se presentase. —Soy Gael. Gael Scateni. Mitad italiano mitad sueco. ¿Y tú?— acabó preguntándome. 
—Soy Emma Francis. Raíces americanas, francesas y españolas—. Él rió. En ese momento miré a Sophie, que no daba crédito a lo que estaba viendo.
—Bueno, ya nos veremos Emma— dijo dando por finalizada la conversación mientras me alborotaba el pelo con una mano. Yo me quedé absorta, moviendo la mano y diciendo adiós a la nada, despeinada. Sophie se me plantó delante con cara de no saber si reír o llorar, poniéndome una mano en el hombro y preguntándome “¿Tía, estás bien?”.


OS AMO. QUE OS QUEDE CLARO.

miércoles, 18 de abril de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Diecinueve


Me senté en los pies de la camilla para desayunar. Empezamos a desayunar, tranquilos. Cuando acabé de comer la pasta, cogí mi café, en un doble vaso de plástico, y le di un sorbo. No era el mejor café que había probado pero todos cumplían la misma función: despejar. Lo cogí con las dos manos y lo sostuve a la altura de mi pecho. Cuando levanté la mirada hacia Jason, él, sonriéndome, se pasó su dedo por la comisura del labio superior y a los dos segundos lo entendí. Me pasé la lengua por la comisura de mi labio superior, imitándole, y pude saborear la espuma del café impregnada en ella. Estaba un poco avergonzada de la situación. Cuando Jason acabó su desayuno llamé a mi padre para que me viniese a recoger, entonces serían las diez y a las once y media debía estar en el instituto. Me entretuve en el baño arreglándome un poco el pelo hasta que mi padre hizo una última llamada para que bajase. Me despedí de Jason, le dije que para cualquier cosa me llamase. Le di un beso en la frente y bajé pitando a la calle, arrastrando mis zapatillas.

La verdad es que el instituto me relajó e hizo que me olvidara un poco del barullo mental que tenía. No tuve problemas por la justificación de mi retraso ya que mi madre había llamado cuando empezaron las clases, explicando mi situación y todos lo comprendieron.
La tarde se me hizo larga con ese duro entrenamiento. Tenía las tardes cubiertas hasta las ocho y media que llegaba de entrenar, todos los lunes, martes y jueves. Me gustaba lo que hacía, pero no era mi vocación ni mucho menos. Parecía que estaba destinada a ser traductora ya que mi padre era, por parte de madre, francés, y por tanto yo sabía francés. Mi madre era estadounidense, pero mi abuela, es decir, su madre, era española y por tanto yo sabía español. De momento sabía hablar tres idiomas, pero siempre había tenido el afán de saber muchos más. Nada más llegar del entreno quise tumbarme en el sofá, a ver cualquier cosa. Mi padre llegó sobre las nueve pasadas, le habían cambiado el turno y ahora llegaba más pronto a casa. Cenamos todos juntos, nos contamos todo lo que habíamos hecho durante ese día. Recogí toda la mesa y fregué todos los platos, sola, pero quise que fuese así, estaba entusiasmada por hacer buenas acciones. Viendo el panorama, la situación de Jason, no me podía permitir estar enfadada o cabreada con nadie, porque la vida avanza cada segundo que pasa, y no podía permitirme el lujo de decepcionarles o defraudarles ni a ellos ni a nadie. Creo que a partir de ese día mi vida cambió, no sé cómo, el por qué quizás, pero no sabía si sería bueno o malo, si seguiría el mismo camino que me había propuesto o si viviría la vida sin que nada más me importase. Lo cierto es que era lo bastante inteligente como para vivir la vida cómodamente y libremente, no había nada que me lo impidiese. Creo que al final de razonar y de preguntarme todo eso, me dormí en el regazo de mi madre mientras ella acariciaba mi pelo, como cuando lo hacía en mi infancia. Esa sensación era una de las más bellas para mí, de las más sinceras. Creo que no pude contener una sonrisa de satisfacción mientras dormía. Era feliz, debía serlo. Todo el mundo tiene derecho a serlo, y si lo creen y sueñan serlo, pueden conseguirlo. Sólo hay que encontrar el verdadero camino a la verdadera felicidad.


Gracias por leer, enserio. Espero que os esté gustando, no olvidéis comentar aquí abajo, ya sabéis. Le dais a aquí debajo a "0 (o el número que sea) comentarios" y comentáis. Os quiero.

miércoles, 11 de abril de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Dieciocho


Acabé zanjando el beso mordiéndole el labio inferior. Intentó volver a besarme, pero puse el dedo índice de mi mano izquierda en sus labios, haciendo que parasen. —¿Hay algo que no me hayas contado?— dije frunciendo el ceño. Se quedó pensativo. Retiró por unos segundos su mirada de la mía. —Creo que no hay nada que no te haya contado—contestó mirándome serio y extrañado. —¿Por qué?— acabó preguntando.
—No sé, supongo que aún no tengo muy claro el porqué de esta situación, ¿no crees?
—Claro. La verdad es que no fue mi culpa. Yo iba hacia mi casa con la moto, y fui a pasar un cruce el cuál yo tenía preferencia al pasar, ya que tenía el semáforo en verde. Lo único que recuerdo es que no llegué a cruzar porque un coche a toda velocidad, me arroyó. Eso es todo.
Apreté mis labios al recordar la terrible angustia que me abordó la noche anterior al enterarme del accidente. No pude reprimir unas lágrimas que recorrieron mis mejillas, ardientes y sonrosadas.
—Va, no llores,— dijo con una sonrisa a la vez que secaba mis lágrimas con su mano —estoy bien.
—Ya, bueno... pero... pero podrías haberte mata...— interrumpió mi frase con un ágil beso al cuál respondí como si fuese el último. Las lágrimas seguían resbalando, cada vez más abundantes, por mis mejillas hasta mi cuello. Acabó ese beso dándome un último en la frente. Sin decir nada y bruscamente, me incorporé quedando sentada de espaldas a él, entonces aproveché para secar con los puños del pijama, mi cara y mi cuello, empapados de lágrimas. Me deshice y volví a hacerme el moño, tragué saliva, cerré los ojos y respiré hondo. Conseguí calmarme. Me dejé caer de espaldas otra vez en el colchón, y quedé panza arriba a su lado. Él se estiró de costado, mirándome. Estuvimos hablando hasta que amaneció, contándonos anécdotas y todo lo que habíamos vivido antes de volver a reencontrarnos. Cuando ya eran las nueve menos cuarto de la mañana, a lo lejos del pasillo, escuché los pasos de alguien con un carro de metal, al cuál le chirriaban las ruedas. Se iba parando de vez en cuándo, entonces sospeché que sería la enfermera con el desayuno. —Jay, hazte el dormido, ¡ya!— le dije susurrando. —¿Y por qué hablas tan bajito?— contestó, imitando mi leve tono de voz. Volví a escuchar como el carro se acercaba cada vez más. —Bueno, tú hazlo— dije medio enfadada medio partiéndome de risa. Se quedó extrañado pero lo hizo. Bajé de la camilla de un salto y me senté rápidamente en el sillón de al lado, adoptando una postura un tanto incómoda y también me hice la dormida. La enfermera se paró enfrente de la habitación y, con sigilo, se acercó a la ventana y subió la persiana. —¡Buenos días!— dijo casi gritando y alegremente  una señora que rondaba los cincuenta y apreciablemente de buen comer. Yo disimulé un estiramiento de brazos junto con un bostezo y Jay hizo lo mismo. —Te traigo el desayuno, jovencito— dijo con una sonrisa de oreja a oreja. La enfermera se alejó otra vez hasta la puerta y trajo consigo una bandeja con un desayuno muy completo. —¿Quieres algo, bonita?— preguntó mientras preparaba la mesita y colocaba el desayuno de Jason. —Sí, Un café con leche y una pasta, por favor— dije con una media sonrisa. Se alejó otra vez y me trajo lo que le pedí y lo dejó junto al otro desayuno. —Que aproveche— dijo mientras se alejó. —Gracias— respondimos los dos a la vez.



Gracias a todas, os quiero. Y gracias a las que se unen y miran y leen mi blog desde hace poco, que sepáis que aparte de esta novela, tengo otra anterior, también colgada aquí. 

miércoles, 4 de abril de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Diecisiete


Entreabrí un ojo y lo volví a cerrar. Me froté ambos con el puño del pijama que aún llevaba puesto. Todo estaba oscuro, no se oía nada. Me levanté para mirar por la ventana. La luz de la luna iluminaba parte de la habitación. Comprobé que Jason seguía durmiendo. Tenía la pierna izquierda escayolada hasta la rodilla, incluyendo el pie. Sus brazos estaban llenos de rasguños, contusiones y alguna que otra quemadura, supongo que a causa de que su cuerpo había derrapado unos cuantos metros en el asfalto. No quería ni imaginármelo. Fui hacia el baño contiguo a la habitación, necesitaba vaciar los líquidos innecesarios. Mientras estaba sentada me paré a mirar mis pies y me fijé en que aún llevaba puestas las zapatillas de zarpa de oso. Solté una risa ahogada por no llorar. Me tapé la boca al instante. Aun sentada entreabrí la puerta para ver si Jason se había despertado, pero no, seguía durmiendo. Volví a cerrarla con cuidado. Antes de tirar de la cadena me senté encima de la tapa para que no resonase tanto. Me levanté y me apoyé en la pica mirándome al espejo. Me pasé la lengua por los labios y me me recogí en una coleta alta el cabello. Salí del baño cabizbaja y dándole la espalda a la camilla. Cerré la puerta con cuidado, sin hacer nada de ruido. Cuando me giré me asusté; no me esperaba que Jason estuviera apoyado sobre sus codos mirándome fijamente. Menos mal que sólo fue un sobresalto y ni siquiera grité. Dejó caer todo su peso en su brazo izquierdo y con el derecho empezó a dar ligeros golpecitos en el colchón mientras se apartaba un poco. Me dirigí arrastrando los pies, hacia él. Me coloqué justo delante. —Anda mira, tienes una mancha— dijo asombrado señalando mi pijama por la parte del cuello. —¿Dónde?— dije extrañada buscando como podía en la camiseta. Él subió su dedo hacia arriba en un movimiento rápido hasta que golpeó mi nariz desde abajo. Cerré los ojos y suspiré. —Qué burra— dije en un susurro. Cuando volví a mirarle tenía una sonrisa de oreja a oreja que intentaba ocultar unas leves carcajadas. —Ja, ja, ja— dije sin ánimos e irónicamente. —Va no te enfades— suplicó acercándose a mis labios como podía ya que estaba medio tumbado. Acabé recorriendo el tramo que faltaba para que nuestros labios se rozaran y, en cuánto lo hicieron, los apreté con los míos y le hice una pedorreta, a la cuál se apartó riéndose. —Qué cosquillas. Eres verdaderamente vengativa— dijo interesante, alzando una ceja. 
—¿Yo? ¡Qué dices!— dije disimulando demasiado mal e incluyendo un movimiento con la mano.
—Ven— cambió de tema.
—Ya estoy aquí— dije cómo si no hubiese entendido el sentido de la frase. Puso los ojos en blanco y resopló. —Ya voy, ya voy— dije sonriendo y haciendo un gesto con la mano para que se apartase un poco más. Me estiré de espaldas a él y cerré los ojos. Podía sentir su olor en la almohada y su respiración en mi nuca, la cuál cosa hacía que el bello se me erizase y los escalofríos relampaguearan por toda mi columna. Me besó la parte de espalda que el pijama no llegaba a cubrir. Sonreí levemente. Di la vuelta como pude y me tumbé hacia arriba. Él, sin cambiar de posición, se acercó a mí alargando su cuello. Besó mi frente y fue acariciando con su nariz todo el puente de la mía hasta que nuestras frentes quedaron a la misma altura y entonces, cerró los ojos y me beso dolorosamente. Fue un beso un tanto agridulce.