miércoles, 2 de mayo de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Veintiuno


—Creo que sí— acabé respondiendo mientras me volvía a peinar y estar un poco decente.
De vuelta a clase estuvimos hablando sobre Gael. Era nuevo y tenía diecisiete años, iba a un curso superior. Era rubio con ojos verdes. Tenía el pelo rizado, más corto por los lados. Era alto. Y guapo. Muy guapo. Pero ni mucho menos me había enamorado de él, pero sí creo que podríamos ser buenos amigos, ¿por qué no?

Al acabar las dos últimas clases fui a dejar los libros en la taquilla y también a recoger mis cosas para irme directamente a entrenar. Me acerqué a mi taquilla y fui girando la ruedecita hasta que pude abrirla. Dejé los libros, cogí la mochila y al cerrar la portezuela me encontré con Gael apoyado en la taquilla de al lado. Le miré alzando una ceja. —¿Por qué me sigues? ¿Tan bien huelo?— dije irónicamente mientras cerraba la taquilla, sin mirarle. —Puede ser, aunque aún no he podido comprobarlo, cómo comprenderás— dijo.
—¿Qué quieres, Gael?— pregunté tajante.
—¿Tienes una calculadora científica?— preguntó poniendo cara de pena. Suspiré mientras volvía a abrir para coger mi calculadora. Se la di mientras volvía a cerrar la puertecita.
—Mañana la quiero de vuelta— dije apuntándole con el dedo. Se acercó y me pasó la mano por la nuca, haciendo que sus labios rozaran mi frente. Sonreí pese a todo.
—De acuerdo. Anda mira, allí...— dijo mirando detrás de mí, con cara de asustado.
—¿Qué pasa?— dije girando la cabeza hacia el mismo sentido. De pronto noté algo frío en mi cuello, su nariz, puede notar su respiración. Entonces se empezó a alejar sin más, hacia dónde él estaba mirando antes. Observé detenidamente cómo se iba y giraba hacia la izquierda. Me quedé sin palabras. Me había puesto nerviosa. Las manos, no era capaz de sentirlas de lo frías que se me pusieron. Miré el reloj del pasillo en un intento de comprobar que el tiempo no se había detenido por un momento. No, no lo había hecho. Llegaba tarde al entreno.

Después del castigo que me puso Olivia, la entrendora, acabé molida. Cuando volví a pasar por el pasillo de las taquillas para salir por la puerta principal, vi que en la mía había un post-it color flúor pegado. Me acerqué y miré a mi alrededor para comprobar que no había nadie que pudiese ser el autor pero en cuánto lo leí me acordé perfectamente de aquella situación. Ponía, en mayúsculas: “Melocotón, ¿verdad?”. Me reí yo sola. Hice una bola pequeñita e hice puntería con la papelera de la salida. No quise pensar más en él, no debía confundirle. La próxima vez que lo viera se lo diría. Le diría que tengo una relación con otra persona. ¿Para qué engañarnos? No le conocía apenas nada, pero no podía hacerle daño de esta manera tan cruel. Crear falsas ilusiones era horroroso. Mi decisión estaba más que decidida. Al cruzar la puerta del instituto me impregné del silencio que había en los jardines. Anduve hasta que estuve fuera del recinto, bajo la luz lúgubre de las farolas e intentando sacar mi MP3 de la mochila antes de llegar a la parada del bus que estaba a pocos metros de la puerta de entrada del instituto.


Comentad. Os quiero :)

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