miércoles, 27 de junio de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Veintinueve

—¿De verdad quieres aprender a tocar?— me lanzó de golpe, con una mirada matadora, y no en el buen sentido.
—¡Claro! ¿Crees que estoy aquí por gusto? No sabía que eras tú el que daba las clases...— esa última frase la dije con la boca “pequeña”. Se sorprendió al escucharlo, frunció el ceño y bajó la mirada al suelo, triste. —¿Quieres decir que si lo hubieses sabido no hubieses venido?— acabó diciendo. La verdad es que no lo quise decir con ese sentido pero claro, era normal que lo entendiese así por la situación en la que estábamos.
—Es que... Acaso... ¿Acaso no me ves?— acabé diciendo, dolida. 
Entonces fue cuando me vine abajo. Todas mis fuerzas se esfumaron. Las ganas de llorar me inundaban y ya no quería seguir mintiendo y fingiendo tragándome esas lágrimas. Empecé a llorar, con fuerza y realmente que con ganas. Quería soltarlo todo de una vez. Dejé la guitarra a mi derecha, apoyada hacia bajo en la cama. Apoyé los codos en mis rodillas y dejé caer mi cabeza sobre mis manos, haciendo que sujetasen mi frente. Podía notar las lágrimas recorriendo mis mejillas y cayendo en el pantalón, humedeciéndolo. Me costaba hasta respirar.  Pude notar algo cálido rozándome la piel, justamente en mi brazo izquierdo. Despegué las manos de mi rostro y aunque no distinguía muy bien y veía borroso, lo que estaba “apreciando” delante mío no eran imaginaciones. Era él. Estaba estableciendo un contacto físico conmigo. No quería estropearlo pero mis instintos y necesidades me atormentaban y no tenía muchas más opciones distintas a esa. Era arriesgado pero debía arriesgarme. Tampoco arriesgaba mi vida, pero sí el rechazo. Lo hice; sin pensármelo dos veces. Le abracé. Le pasé mis brazos por su nuca, él deslizó los suyos por mi cintura a los pocos segundos, agarrando cada uno de mis costados con la mano opuesta al lado que le correspondía. Me levantó de la cama y me dejó en el suelo, sin soltarme. Estuvimos varios minutos allí de pie, abrazados. Yo llorando y él acariciando mi pelo, apaciguando mi llanto con una voz suave y tranquila. Me soltó y fue a sentarse en la banqueta; yo no podía parar de mirarle. Me senté a su lado, en una esquina. —Primero debo asegurarme de que ves bien— dijo sonriendo. Me secó unas lágrimas que estaban perdidas por mis mejillas con sus pulgares. —Creo que ya está. ¿Cuántos dedos...?— estuvo a punto de hacer la comprobación más ridícula de todas, pero le fulminé con la mirada antes de que acabase. Desvió la mirada muy rápido y con cara de susto hacia las teclas mientras se revolvía el pelo con la mano, nervioso. —Oye, lo siento... Era una... Era bro...— no pude acabar la frase porque me miró y me sonrió. —¿Crees que me asustas?— dijo, burlándose.
—Deberías estar muerto de miedo. No soy partidaria del típico tópico “tranquilo, que no muerdo”—. Sonreí y le miré de arriba a abajo, desafiante.
—Pues eso habrá que comprobarlo, ¿no?— sin haber acabado la frase, fue acercándose lentamente. Pasó los dedos de su mano derecha desde mi pómulo acabando en mi nunca. Mi piel se erizó y me estremecí. El corazón me empezó a palpitar más fuerte, podía notarlo. Desvió su mirada hacia mis labios y me empecé a poner nerviosa. Mi mente era como un folio en blanco y mi pulso estaba igual que un flan. Paró de golpe y volvió a mirarme a los ojos. Esos ojos verdes me dejaron hipnotizada por unas décimas de segundo.


Más intriga, más intriga. Cómo me gusta... Os quiero. Comentad aquí abajo y decirme qué os ha parecido el capítulo (ya sabéis que podéis hacerlo en "anónimo").

miércoles, 20 de junio de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Veintiocho

-¿Qué estás haciendo Emma?- pensé para mis adentros. No podía rociarle con un spray-pimienta, sería ridículo. Me observaba. Tenía la sensación de que podía leer mis pensamientos; su mirada me mataba por dentro. Apreté los labios con fuerza mientras notaba que mis ojos se humedecían más de lo normal. Quise ser fuerte, no podía derrumbarme ahora. Apreté el puño derecho aún dentro del bolsillo de la chaqueta. Por fin logré reaccionar, mis manos empezaron a desabrochar los botones y después colocaron mi chaqueta en el perchero, casi inconscientemente. Me esperaba junto a las escaleras mirándome con ese aire de superioridad que tanto odiaba. En cuánto estuve a unos dos metros se giró y, seguidamente, empezó a subir las escaleras. Intenté mantener aquel margen de distancia ya que la tensión se podía cortar con cuchillo. Yo miraba al suelo, miraba cada paso que daban mis pies; por eso no me di cuenta de que había parado y choqué con su espalda. Fue entonces cuando levanté la mirada de golpe y vi que me miraba sin haberse girado del todo, lo justo para poder verme por encima de su hombro. Suspiró mientras ponía los ojos en blanco. Abrió la puerta que tenía delante y se echó a un lado para que pudiese pasar yo antes. Mi mirada hizo un recorrido desde sus ojos hasta el suelo, otra vez. La crucé de una zancada y me quedé de pie, sin saber que hacer. Empecé a girar lentamente sobre mí misma intentando hacerme una ligera idea de cómo era aquella habitación. La verdad es que era muy sencilla. De una base blanco roto nacían unos muebles de madera color cerezo, muy brillantes. Se veía muy limpia y moderna a la vez que acogedora. La tenue luz que iluminaba las partituras y el teclado de un piano acústico sin cola, era la única que había encendida en aquel momento. Había una cama con sábanas azules a la derecha, un armario bastante grande a sus pies; una ventana en su cabecero. A la izquierda un escritorio con un muy buen equipo de música, es decir, unos altavoces con su bajo y todo; junto con un ordenador de sobremesa blanco y a su lado el piano. —Cierra la puerta, por favor— dijo ya sentado en la banqueta delante de éste último. No me había dado ni cuenta de que ya había entrado. Me giré hacia la puerta y la cerré despacio para que no hiciese ruido. En eso que al volverme pude ver que había una guitarra acústica preciosa. Era azul mezclado con negro. Tenía un precioso motivo que recorría de punta a punta el mástil. —¿Puedo?— pregunté, delicada. Él se giró hacia el piano, ya que desde que me había “ordenado” cerrar la puerta estaba sentado de espaldas al teclado, mirándome. Me tomé ese gesto como un “haz lo que quieras”; y eso hice. Retiré el seguro de plástico que sujetaba el mástil y la levanté con una mano del soporte en el que se apoyaba. La llevé conmigo hasta la cama, dónde me senté con el pie izquierdo debajo de la pierna derecha que colgaba del borde. Acaricié las seis cuerdas para comprobar que estuviese afinada y qué tacto tenía. Respiré hondo mientras pensaba qué canción iba a tocar. Cuando lo tuve claro empecé a rasguear y puntear aquel maravilloso instrumento. Creo que fue que su primera idea de mí como guitarrista cambió por completo y él no quería ser menos que yo. Al poco de haber empezado a tocar la guitarra, me acompañó con el piano. Una sonrisa se dibujó en mi rostro. Cuando estuve satisfecha hice un último rasgueo yendo de grave a agudo; él hizo lo mismo pulsando un montón de teclas muy agudas antes de acabar finalmente. Se giró un poco y me miró directamente a los ojos. Se le escapó una sonrisa durante unas milésimas de segundo pero su rostro se volvió otra vez duro y serio. —No sabía esa faceta de ti, Emma—. Una sonrisa y un suspiro de victoria inundaron mi ser. —Yo no me lo esperaba para nada de ti, Gael—.


¿Habéis deducido quién era el sospechoso antes de la última palabra? No era demasiado complicado ;) Os quiero mucho. Gracias por todo. Y no olvidéis de comentar aquí abajo.

miércoles, 13 de junio de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Veintisiete

Estuve toda la mañana nerviosa. La noche anterior no había dormido casi nada, pendiente del móvil. Lo tenía en modo silencio, guardado en el bolsillo delantero derecho de mi pantalón. No esperaba que nadie me llamase durante clases, pero más valía prevenir que curar. No quería que si me llamara mi vecino o vecina pianista no se lo pudiera coger y pensase que es una broma o algo así. Durante la hora de comer, mientras hablaba con Sophie, me llegó un mensaje. Pude notar la vibración en mi pierna; la primera reacción fue que me asusté, ya que no me acordaba que llevaba el móvil en el pantalón. La segunda reacción fue que me emocioné. Deslicé el aparato por la tela hasta que llegó a mi mano. Aún debajo de la mesa, sentándome más recta y separándome un poco del borde para poder ver la pantallita, abrí el mensaje. Sophie intentaba no mirar, pero tosió “muy disimuladamente”. Claro, ella también quiso saber qué decía el mensajito. Lo leí en voz alta, pero sin levantar mucho la voz, casi susurrando. En éste ponía:
“No he dado nunca clases, pero llevo desde los cuatro años tocando. Te espero en mi casa a las ocho”.
Estuve dándole vueltas al tema incluso durante el entrenamiento. Sophie me estuvo hablando entre clases sobre cómo sería mi profesor de piano; ella estaba convencida de que era un hombre, por lo seco y frío que era el mensaje. La verdad es que yo también tenía la sensación de que era un hombre. No pude dejar de imaginar el físico que tendría, si sería joven o no... Por eso no estuve al cien por cien en el entreno y Olivia me hizo hacer cincuenta abdominales y cincuenta flexiones como castigo. Acabé destrozada y con agujetas por todos lados.
Al llegar a casa me duché todo lo rápido que pude para poder llegar a tiempo a la cita. Se lo expliqué a mi madre y le prometí que volvería a las nueve en punto; simplemente me dijo que tuviese cuidado, me llevase el móvil y un mini-spray pimienta en el bolsillo, por lo que pudiera pasar. Mis padres siempre guardaban algún que otro bote por si acaso. Cuando fueron las ocho menos cinco salí de casa, muy lentamente. A cada paso que daba me ponía más nerviosa. Cuando llegué a la puerta pude notar un escalofrío por toda la columna. Intenté respirar hondo un par de veces. Miré por última vez el reloj que en ese momento marcaba las ocho en punto. Pulsé el timbre y simultáneamente pude oír una voz un tanto familiar que decía en la lejanía del interior: ¡Ya voy!
En cuánto la puerta se abrió me quedé a cuadros. Me imaginaba a cualquier otra persona distinta a esa. Un silencio y una tensión nació de golpe. Desvió la mirada de mí, pero yo la mantuve en sus ojos. —¿Pasas?— dijo, intentado un tono educado. Al acabar la frase me miró de nuevo. Fue entonces cuando yo fui la que desvió la mirada hacia el suelo, y respondí con un movimiento de cabeza un “sí”. Se apartó un poco para que pudiese pasar. Di dos pasos más después de cruzar la puerta. Tragué saliva. La puerta fue cerrada muy bruscamente produciendo un sonido fuerte y seco. Mi corazón latía tan fuerte que podía notar la pulsación en mis oídos. No podía creer lo que me estaba sucediendo. Casi como en un momento extremo de vida o muerte, deslicé, disimulando, mi mano derecha por el bolsillo de mi abrigo. En cuanto palpé el frío bote de spray, lo sujeté apresuradamente en la palma de la mano. Cuando fui a sacarlo del bolsillo, levanté la mirada.


¡Cómo me gusta dejaros con la intriga! Os quiero mucho. Ya sabéis que os debo todo esto. Y bueno, que sepáis que ya falta poco para las 1.000 visitas, ¡muchísimas gracias! :)


miércoles, 6 de junio de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Veintiséis

Me paré en seco. Empecé a buscar de dónde venía ese sonido. Mi cabeza giraba en distintas direcciones cada vez que una tecla era pulsada, pero al final lo logré. El sonido procedía de la ventana de un primer piso, abierta de par en par y con una leve luz en su interior. Me hubiese encantado subir allí arriba y contemplar a aquella persona. Sería capaz de quedarme horas mirando cómo toca. Era una canción preciosa y supongo que propia, ya que no la había escuchado nunca antes. Era suave y delicada, con ciertos rasgos de tristeza y nostalgia. Podía notar cómo a esa persona le pesaban los dedos, cómo tocaba las teclas con rabia pero con dulzura a la vez. Era algo increíble. Se me ocurrió una idea, de pronto. Corrí hasta llegar a casa, dónde dejé la bolsa de cebollas encima del mármol de la cocina y que por respuesta pude escuchar un “gracias cariño” de lejos, ya que iba corriendo y subiendo a duras penas las escaleras hasta llegar a mi habitación, dónde cogí rápidamente un post-it y un bolígrafo. Comprobé en la primera hojita que el boli funcionaba y la arranqué dejando paso a la siguiente, dónde escribí, intentando una letra “limpia”: ¿Das clases? Dime que sí. Después adjunté mi número de móvil más abajo. Arranqué la hojita y le doblé hacia atrás el trocito con pegamento para que al doblarlo aún más, no se enganchase. Corrí escaleras abajo aún sin haberme quitado el abrigo. Cuando pasé por la cocina avisé a mi madre de que salía un momento. Me paré unos segundos en el portal para acabar de doblar el pequeño trozo de papel rosa fluorescente. Eché a correr y en menos de diez segundos ya estaba otra vez en la ventana. Crucé los dedos antes de lanzar, con la mayor puntería y fuerza posibles, el cuadradito. Mi corazón iba a mil por hora pero el papel parecía que iba a cámara lenta. Finalmente, lo logró. El papel atravesó la ventana sin apenas rozar el marco blanco. Me quedé atónita, con la mirada fija en esa ventana. Reaccioné cuando vi que una sombra se proyectaba en la pared iluminada levemente. En ese momento parpadeé por primera vez después de estar casi medio minuto sin hacerlo. Empecé a correr calle arriba. Me daría mucha vergüenza que esa extraña persona con ese magnífico don me viese ahí plantada debajo de su ventana.
Al llegar a mi puerta volví a respirar hondo. Me sequé unas gotas de sudor que recorrían mi frente con un pañuelo que llevaba en la chaqueta. Lo hice una bola y lo mantuve en mi mano izquierda abriendo así con la derecha, la puerta. Nada más entrar en el recibidor me dirigí a la papelera de la cocina para tirar el pañuelo.
—¿Dónde has ido, Emma?— me preguntó mi madre extrañada, pero no enfadada.
—A dejarle una nota a mi futuro profesor de piano— dije sonriéndole.
—¿Enserio?— dijo mi madre, casi a carcajadas y alzando una ceja.
—Pues sí— dije, ya más seria.
—¿Y de dónde pretendes sacar el dinero?— preguntó retomando lo que estaba haciendo. Me senté en el mármol y me quedé pensando.
—No lo había pensado— confesé, finalmente.
—Pues más te vale buscarte un trabajillo, porque yo no pienso pagarte las clases— dijo sonriéndome, pero sin bromear.
—Gracias mamá— concluí irónicamente arrugando la nariz.


Espero que os esté gustando y esperéis con ganas el siguiente. Os quiero. Mucho.