miércoles, 6 de junio de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Veintiséis

Me paré en seco. Empecé a buscar de dónde venía ese sonido. Mi cabeza giraba en distintas direcciones cada vez que una tecla era pulsada, pero al final lo logré. El sonido procedía de la ventana de un primer piso, abierta de par en par y con una leve luz en su interior. Me hubiese encantado subir allí arriba y contemplar a aquella persona. Sería capaz de quedarme horas mirando cómo toca. Era una canción preciosa y supongo que propia, ya que no la había escuchado nunca antes. Era suave y delicada, con ciertos rasgos de tristeza y nostalgia. Podía notar cómo a esa persona le pesaban los dedos, cómo tocaba las teclas con rabia pero con dulzura a la vez. Era algo increíble. Se me ocurrió una idea, de pronto. Corrí hasta llegar a casa, dónde dejé la bolsa de cebollas encima del mármol de la cocina y que por respuesta pude escuchar un “gracias cariño” de lejos, ya que iba corriendo y subiendo a duras penas las escaleras hasta llegar a mi habitación, dónde cogí rápidamente un post-it y un bolígrafo. Comprobé en la primera hojita que el boli funcionaba y la arranqué dejando paso a la siguiente, dónde escribí, intentando una letra “limpia”: ¿Das clases? Dime que sí. Después adjunté mi número de móvil más abajo. Arranqué la hojita y le doblé hacia atrás el trocito con pegamento para que al doblarlo aún más, no se enganchase. Corrí escaleras abajo aún sin haberme quitado el abrigo. Cuando pasé por la cocina avisé a mi madre de que salía un momento. Me paré unos segundos en el portal para acabar de doblar el pequeño trozo de papel rosa fluorescente. Eché a correr y en menos de diez segundos ya estaba otra vez en la ventana. Crucé los dedos antes de lanzar, con la mayor puntería y fuerza posibles, el cuadradito. Mi corazón iba a mil por hora pero el papel parecía que iba a cámara lenta. Finalmente, lo logró. El papel atravesó la ventana sin apenas rozar el marco blanco. Me quedé atónita, con la mirada fija en esa ventana. Reaccioné cuando vi que una sombra se proyectaba en la pared iluminada levemente. En ese momento parpadeé por primera vez después de estar casi medio minuto sin hacerlo. Empecé a correr calle arriba. Me daría mucha vergüenza que esa extraña persona con ese magnífico don me viese ahí plantada debajo de su ventana.
Al llegar a mi puerta volví a respirar hondo. Me sequé unas gotas de sudor que recorrían mi frente con un pañuelo que llevaba en la chaqueta. Lo hice una bola y lo mantuve en mi mano izquierda abriendo así con la derecha, la puerta. Nada más entrar en el recibidor me dirigí a la papelera de la cocina para tirar el pañuelo.
—¿Dónde has ido, Emma?— me preguntó mi madre extrañada, pero no enfadada.
—A dejarle una nota a mi futuro profesor de piano— dije sonriéndole.
—¿Enserio?— dijo mi madre, casi a carcajadas y alzando una ceja.
—Pues sí— dije, ya más seria.
—¿Y de dónde pretendes sacar el dinero?— preguntó retomando lo que estaba haciendo. Me senté en el mármol y me quedé pensando.
—No lo había pensado— confesé, finalmente.
—Pues más te vale buscarte un trabajillo, porque yo no pienso pagarte las clases— dijo sonriéndome, pero sin bromear.
—Gracias mamá— concluí irónicamente arrugando la nariz.


Espero que os esté gustando y esperéis con ganas el siguiente. Os quiero. Mucho.


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