miércoles, 13 de junio de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Veintisiete

Estuve toda la mañana nerviosa. La noche anterior no había dormido casi nada, pendiente del móvil. Lo tenía en modo silencio, guardado en el bolsillo delantero derecho de mi pantalón. No esperaba que nadie me llamase durante clases, pero más valía prevenir que curar. No quería que si me llamara mi vecino o vecina pianista no se lo pudiera coger y pensase que es una broma o algo así. Durante la hora de comer, mientras hablaba con Sophie, me llegó un mensaje. Pude notar la vibración en mi pierna; la primera reacción fue que me asusté, ya que no me acordaba que llevaba el móvil en el pantalón. La segunda reacción fue que me emocioné. Deslicé el aparato por la tela hasta que llegó a mi mano. Aún debajo de la mesa, sentándome más recta y separándome un poco del borde para poder ver la pantallita, abrí el mensaje. Sophie intentaba no mirar, pero tosió “muy disimuladamente”. Claro, ella también quiso saber qué decía el mensajito. Lo leí en voz alta, pero sin levantar mucho la voz, casi susurrando. En éste ponía:
“No he dado nunca clases, pero llevo desde los cuatro años tocando. Te espero en mi casa a las ocho”.
Estuve dándole vueltas al tema incluso durante el entrenamiento. Sophie me estuvo hablando entre clases sobre cómo sería mi profesor de piano; ella estaba convencida de que era un hombre, por lo seco y frío que era el mensaje. La verdad es que yo también tenía la sensación de que era un hombre. No pude dejar de imaginar el físico que tendría, si sería joven o no... Por eso no estuve al cien por cien en el entreno y Olivia me hizo hacer cincuenta abdominales y cincuenta flexiones como castigo. Acabé destrozada y con agujetas por todos lados.
Al llegar a casa me duché todo lo rápido que pude para poder llegar a tiempo a la cita. Se lo expliqué a mi madre y le prometí que volvería a las nueve en punto; simplemente me dijo que tuviese cuidado, me llevase el móvil y un mini-spray pimienta en el bolsillo, por lo que pudiera pasar. Mis padres siempre guardaban algún que otro bote por si acaso. Cuando fueron las ocho menos cinco salí de casa, muy lentamente. A cada paso que daba me ponía más nerviosa. Cuando llegué a la puerta pude notar un escalofrío por toda la columna. Intenté respirar hondo un par de veces. Miré por última vez el reloj que en ese momento marcaba las ocho en punto. Pulsé el timbre y simultáneamente pude oír una voz un tanto familiar que decía en la lejanía del interior: ¡Ya voy!
En cuánto la puerta se abrió me quedé a cuadros. Me imaginaba a cualquier otra persona distinta a esa. Un silencio y una tensión nació de golpe. Desvió la mirada de mí, pero yo la mantuve en sus ojos. —¿Pasas?— dijo, intentado un tono educado. Al acabar la frase me miró de nuevo. Fue entonces cuando yo fui la que desvió la mirada hacia el suelo, y respondí con un movimiento de cabeza un “sí”. Se apartó un poco para que pudiese pasar. Di dos pasos más después de cruzar la puerta. Tragué saliva. La puerta fue cerrada muy bruscamente produciendo un sonido fuerte y seco. Mi corazón latía tan fuerte que podía notar la pulsación en mis oídos. No podía creer lo que me estaba sucediendo. Casi como en un momento extremo de vida o muerte, deslicé, disimulando, mi mano derecha por el bolsillo de mi abrigo. En cuanto palpé el frío bote de spray, lo sujeté apresuradamente en la palma de la mano. Cuando fui a sacarlo del bolsillo, levanté la mirada.


¡Cómo me gusta dejaros con la intriga! Os quiero mucho. Ya sabéis que os debo todo esto. Y bueno, que sepáis que ya falta poco para las 1.000 visitas, ¡muchísimas gracias! :)


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