domingo, 29 de julio de 2012

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Información: ¡El blog tiene una nueva imagen!

¡Hola! Como ya os habréis fijado, he cambiado el aspecto del blog; simplemente porque ya estaba un poco aburrida de verlo siempre igual. He cambiado la imagen de fondo y he puesto esta nueva hecha por mí (la foto de los ladrillos también la he hecho yo, vamos, 100% fondo casero). También he cambiado los títulos de color y tamaño, el color de los enlaces... He retocado el reloj, también. Bueno, con esto quería deciros que, ¿qué os parece? Ya sabéis, dejadme ver vuestras opiniones sobre los cambios en comentarios aquí abajo o mandadme menciones a mi cuenta de Twitter: @carletas .
Cambiando de tema un momento, aprovecho para deciros que me voy de vacaciones, pero no os alarméis. Los capítulos se colgarán cómo cada miércoles, porque estarán programados; pero no os podré mencionar para avisaros, porque dónde voy no tengo Internet. Con esto quiero deciros que cada uno de vosotros, tendrá que acordarse de mirar el blog por sí mismo durante los próximos dos miércoles. Luego me volveré a ir pero será más de lo mismo, los colgaré y los programaré y cada miércoles tendréis novela igual.
Ya sabéis, cada miércoles a las 10:00 de la mañana, ya estará colgado el capítulo correspondiente.
Y otra cosa más, el pasado miércoles no me acordé de avisaros por Twitter, pero que sepáis que colgué. Por si no habéis leído ese último capítulo, ya sabéis.

¡Estaré esperando con ganas vuestras opiniones sobre el nuevo diseño!

miércoles, 25 de julio de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Treinta y tres


—Venga, a cenar— dijo mi madre desde la cocina mientras se desataba el lazo del delantal. Fui pitando hacia el cajón de los cubiertos pensando que aún no estaban puestos. —Emma, ya está puesta— escuché la voz de mi padre desde el salón. Dejé caer los tres tenedores que había cogido en el cajón y lo cerré golpeándolo ligeramente con un movimiento de cadera. Caminé ligera hacia la mesa sin mirar ni dónde pisaba, ya que el aroma a sopa caliente me había poseído completamente. Ya sentada en mi silla, observé cómo mi padre se levantaba de ese sillón, “su” sillón, en el cuál se podía pasar horas en él; ya fuese viendo la televisión, escuchando la radio, haciendo pasatiempos, leyendo el periódico o simplemente echando la siesta. Nada más sentarse mi madre, cogí la cuchara y la metí en el plato que tenía delante. Removí un poco el caldo y me llevé una cucharada a la boca, no sin haber soplado un poco antes. Al hacerlo exageré un gran escalofrío a la vez que decía entusiasmada: “¡deliciosa!”.

Al acabar de prepararme para meterme el cama, bajé una vez más al salón a darle un beso de buenas noches a mis padres, que estaban sentados uno al lado del otro en el sofá. Me despedí de ellos y volví a recorrer el mismo camino para dirigirme a mi cuarto, recoger el móvil del suelo para dejarlo en la mesilla y poder meterme en la cama. Ya arropada y mirando al techo, me acordé de que al día siguiente era viernes. Jason. Había quedado con él. Unas ganas incontrolables de verle recorrieron todo mi cuerpo; toda yo le echaba de menos. Me relamí los labios al recordar aquel beso en su moto. El corazón se me encogió de golpe; no lo había llamado para preguntar cómo estaba. Me sentía mal. Suspiré y miré el móvil. —Demasiado tarde— pensé. Hice un esfuerzo para poder cerrar los ojos y conseguir dormirme.

Al día siguiente le expliqué a Sophie entre clase y clase la visita que había hecho la tarde anterior a la casa de Gael. Se lo expliqué todo, incluso también su “intento sin intención” de besarme. Al principio se sorprendió, lo supe porque sus ojos estuvieron a punto de salirse de sus órbitas y la boca a punto de ser desencajada por completo. Al ver que reaccionaba a ello de esa manera, me apresuré a explicarle el por qué lo hizo. Tragué saliva al acabar de argumentar la conversación que mantuvimos. Sophie se tomó unos segundos para asimilarlo todo hasta que decidió volverme a mirar, esta vez directamente a los ojos y decirme: —¡Yo también quiero uno!—. Me empecé a reír descontroladamente y pude oír como Sophie se unía a esas carcajadas. Paramos las dos a la vez, intentando encontrar el aire que nos faltaba. —¿Y qué vas a hacer?— me preguntó, ya más seria. —Está claro. Gael es mi amigo y punto— respondí, mirando al suelo. —A parte, ¿ya te he dicho que he quedado con Jay esta tarde?— y cuando acabé de pronunciar la última palabra busqué sus ojos y levanté una ceja. Respondió mostrándose perpleja y boquiabierta. No me dio tiempo a decir nada más, ya que el profesor de historia acababa de entrar por la puerta. Me quedé callada, mirando al frente; en realidad la clase entera se silenció a causa de su presencia. Dejó los libros encima de su mesa, no sin antes haber cogido un folio doblado por la mitad. Se giró hacia la pizarra mientras escribía en ella lo que ponía en ese papel ya que, constantemente, lo releía una y otra vez. Giré cuidadosamente mi cabeza hacia la izquierda. Sophie estaba anotándolo todo en una libreta en la mesa de al lado, separada por unos treinta centímetros de la mía. Tosí ligeramente sin parar de mirarla, para que se girase. Al hacerlo hice el típico gesto de “luego te cuento” haciendo círculos horizontalmente con mis dos dedos índice, uno alrededor del otro. Ella simplemente me guiñó su ojo derecho. Las dos no pudimos contener una sonrisa cómplice.



Gracias por leer. Os quiero.

miércoles, 18 de julio de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Treinta y dos


Me quedé helada. A los pocos segundos le quité importancia, quizás se habían equivocado. Dejé el móvil en la mesilla y me levanté del suelo. Pero la intriga era mucho más fuerte y venció. Volví a girarme y volví a sentarme cruzada de piernas en el suelo, por lo que pudiese pasar. Cogí el móvil y lo desbloqueé. Menú. Mensajes. Mensajes recibidos. Y pulsé encima de mi último mensaje de un número desconocido. Llamar, responder o borrar. Me lo estuve planteando un par de minutos. Cerré los ojos y pulsé el icono verde. Me acerqué el aparato a la oreja y esperé. Un pitido. Dos. Y cuando fui a contar “tres”, al otro lado descolgaron. —¿Hola?— dije lo más dulce posible. Nada. No había respuesta. Sólo pude escuchar una especie de... ¿eso eran pasos? Mi mano ya empezaba a temblar, supongo que del miedo. Pero de repente un piano empezó a sonar al otro lado. Mi piel se erizó al escucharlo. Sonreí inconscientemente. —Vale, ya se quién eres. Hasta mañana— dije antes de colgar. Suspiré. Guardé ese número a nombre de “Gael” y respiré hondo. Eso fue lo que hizo que esa tontería fuese real. Me levanté corriendo del suelo y me dirigí hacia el baño. Entré y me puse de cara a la puerta, totalmente abierta. Cogí el pomo y la cerré, apartándome un poco para poderlo hacer. —Vale...— suspiré, mirando el suelo. Alcé la vista a la pared, dónde estaba el estante de madera con “mis” colonias. Tenía siete perfumes distintos. Uno para cada día. Iba cambiándolos una posición a la derecha cada semana para que, por ejemplo, todos los lunes no oliese siempre a, digamos, melón. Desde pequeña eso había sido algo muy importante, casi sagrado. Siempre habían sido siete, y siempre las mismas: fresa, melón, naranja, limón, frambuesa, piña y melocotón. Nunca podía faltarme ningún botellín de ninguno de esos aromas. Mi mirada los recorrió rápidamente en línea recta. Di un paso adelante y toqué con el dedo índice de mi mano derecha el primer bote. Melocotón. Coincidía con aquel post-it  fluorescente del lunes. Cerré los ojos y empecé a contar. Lunes; primer bote. Palpé a ciegas hacia la derecha para encontrarme con el segundo bote; martes. Volví a palpar hasta que topé con el siguiente; miércoles. Tragué saliva mientras palpaba hacia el que me interesaba realmente. Lo rocé con la yema de los dedos. Jueves. Lo destapé sin quitarlo de su lugar. Puse el dedo izquierdo en la boquilla y lo fui rotando sobre sí mismo hasta que noté el agujero. Puse mi mano izquierda delante, separándola un poco y apreté con la otra mano, la boquilla hacia abajo. Pude notar el líquido, fresquito. Me acerqué la mano izquierda a la nariz y aspiré. Creía saber cuál era, pero abrí los ojos para comprobarlo. Efectivamente, era frambuesa. Tapé el botecito y abrí la puerta. Cerré la luz de mi habitación antes de salir e ir hacia las escaleras. Ni yo misma me lo podía creer. Lo había adivinado. Otra vez. Al bajar al salón, pude ver a mi padre sentado en su sillón viendo la tele. Sonreí con dulzura. Me acerqué a él y le planté un beso en la mejilla. —¡Emma! ¿Qué tal todo, hija?— dijo forzando una sonrisa. —Bien. Pareces cansado...— respondí, frunciendo el ceño.
—Sí, bueno... El trabajo, ya sabes...
—Ya. Consuélate, mañana te vas de viaje.
—De negocios.
—Bueno, pero irás en avión.
—¿Y eso que tiene que ver?
—Que te alejarás de los problemas. En el cielo no hay problemas, ¿recuerdas?
—Sólo nubes de algodón, ¿no?— dijo, acabando la frase que siempre usaba de pequeña cuando me refería a que cuando fuese mayor, siempre viajaría en avión y así no tendría problemas. Y aunque era una teoría absurda, quería seguir creyendo en ella.


Gracias por leer. Comentad aquí abajo. Os quiero.

jueves, 12 de julio de 2012

miércoles, 11 de julio de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Treinta y uno


Llegué jadeando a la puerta de casa. Suspiré. Respiré hondo y rebusqué en los bolsillos para encontrar el llavero. Cuando lo tuve en la mano, casi sin mirar, escogí la única llave que había de entre un montón de pequeños peluchitos, colgantes y pulseras; todos ellos metidos en una pequeña anilla plateada. Metí esa llave en la cerradura, la giré un par de veces y empujé hacia dentro. Nada más entrar froté mis manos entre ellas debido al enorme cambio de temperatura. Nada más quitarme el abrigo dejé las llaves en el mueble del recibidor. Aunque… No sé por qué llamaba a ese montón de recuerdos “las llaves”, sin ni tan si quiera tener un par de ellas. Era gracioso si te parabas a pensarlo. Saludé a mi madre mientras me miraba al espejo y observa que mis mejillas y mi nariz se habían enrojecido levemente por el frío.
—Ah, hola cariño— contestó mi madre, creo que sorprendida de verme ya sin el abrigo. Supongo que con el sonido del extractor de la cocina no había escuchado el sonido de la puerta. Me acerqué a ella y me senté en el mármol, dónde siempre me sentaba.
—¿Qué tal ha ido?— preguntó ella, haciendo el esfuerzo de poder mirarme mientras seguía cocinando sin parar. 
—De verdad… No te entiendo. Llevas en la cocina desde que me he ido—. Suspiró mostrando una media sonrisa.
—Ya… Pero no puedo dejar de hacerlo. Tengo que dejar la comida hecha para mañana y hacer la cena para hoy. ¿No te acuerdas que tu padre tenía que irse de viaje de negocios?
—¡Es verdad! Me lo dijo el mes pasado… Ya no me acordaba. Se iba mañana a las cinco de la tarde y volvía el sábado a las diez de la noche, ¿no?
Mi madre asintió con la cabeza sonriente. Siempre sonreía y claro, te contagiaba esa sonrisa tan maravillosa.
—Aún no has contestado a mi pregunta— insistió, esta vez sin mirarme, concentrada en la comida y los fogones.
—¿Qué pregun…? Ah, ya me acuerdo. Pues muy bien; no he tenido que usar el spray— en ese momento me acordé de que aún lo llevaba en la chaqueta. Bueno, “por si acaso”, pensé. —Es un chico de mi instituto, un año mayor, es decir, diecisiete para dieciocho. Se llama Gael. Gael Scateni. Italiano. Rubio. Ojos verdes…
—Guapísimo, vamos— acabó diciendo mi madre, sacando conclusiones de mi descripción.
—Bueno, más o menos— y me reí. Nos reímos las dos.
—Me los tienes que presentar— cambió de tema, o eso creía yo.
—¿A quiénes?
—Pues a Jason y Gael. Aunque a Jason ya lo conozco, me haría gracia ver lo guapo que está ahora. Porque siempre lo ha sido…— y acabó una frase con una ligera “tos”. Y por ese motivo, la fulminé con la mirada. Pero pareció ni inmutarse a pesar de que sí vio la manera en la que le miraba. —Y me gustaría conocer también a ese tal… macarroni.
—¿Has dicho macarroni?— dije levantando una ceja y haciendo una mueca.
Las dos empezamos a reírnos mucho. Ella no le quitaba el ojo a la comida mientras reía a carcajadas. Me supo mal.
—Bueno mamá, me voy a poner el pijama y te ayudo con la cena.
—Hoy no hace falta, Emma. Ya casi he acabado.
—¿Segura?
—Ves a cambiarte, rápido— dijo en tono “vete antes de que me arrepienta”. Sonreí y salté del borde de la encimera al suelo, y del suelo y con tres largas zancadas alcancé el primer escalón de casi una veintena.  Cuando llegué arriba busqué en el cajón correspondiente de mi habitación, el pijama. Me quité la ropa que llevaba puesta junto con todos los accesorios de mis muñecas y me puse el pijama; esta vez de color azul celeste. Al apagar la luz para salir pitando hacia la cocina otra vez, sonó mi móvil. Un mensaje. Lo busqué por toda la habitación hasta que volvió a sonar y entonces me di cuenta de que lo había dejado en la bolsa, ya que había tenido entrenamiento. Nada más encontrarlo lo desbloqueé y miré la fecha y hora a la que había sido enviado: justamente a las nueve y cinco minutos. Es decir, hacía unos diez minutos. Remitente desconocido. Extraño. Le di a mostrar sin muchos más miramientos. Lo leí en un suspiro. “¿Frambuesa?”



Gracias por leer. Esta vez sí, dentro de poquito y cuando lo tenga todo preparado, os daré mi sorpresita, que espero que os guste. Os quiero.


miércoles, 4 de julio de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Treinta

Tragué saliva. Fruncí el ceño. Me humedecí los labios; me mordí la lengua. Toda yo era un poema. Cada vez estaba más cerca y no sabía dónde meterme ni qué hacer. Cuando estuvo a pocos milímetros cerré los ojos con fuerza; no quería que fuesen testigos de lo que iba a ocurrir en pocas milésimas. Entonces fue cuando pasó un segundo. Dos. Uno tras otro. Pasaron casi diez segundos sin que nada de lo que imaginaba ocurriese. Entreabrí un ojo delicadamente, siendo cautelosa. En cuánto pude apreciar la situación que tenía delante, abrí los dos ojos de golpe. —¿A qué juegas, Gael?— pregunté, indignada. Estaba mirándome desde la lejanía de su postura inicial antes de abalanzarse para besarme.
—Yo a nada. ¿De verdad creías que iba a besarte? ¿Sabiendo que tienes novio?— dijo mirándome a los ojos.
—No sé... Tampoco te conozco mucho y...— no pude acabar la frase. Me estaba haciendo un mundo entero en mi cabeza. Había estado a punto de traicionar a Jason y no había sido capaz de pararlo. Apreté los labios con fuerza; me odiaba. Unas lágrimas brotaron, ardientes y saladas. Se deslizaron cuello abajo. —No llores. No vale la pena— soltó de golpe Gael, con seguridad. —No sabes por qué motivo lo hago...— intenté defenderme.
—¿De verdad crees que soy tan idiota?
—Nunca lo he creído— mi tono de voz cada vez era más imperceptible. Cada vez me costaba más argumentar lo que sentía.
—Puede que sea cómo los demás. Puede que no tenga dos dedos de frente; pero sé cuando he cometido un error. Sé cuando la gente se asusta cuando los comete.
—No he cometido ningún error.
—Ibas a hacerlo, Emma.
—¿Perdona? Eras tú el que tenía intención de besarme.
—No iba hacerlo. En cuánto te he dicho que no pretendía hacerlo, has sabido que eras tú la que iba a cometerlo.
Era verdad. Me dolió, y no porque me lo dijese él, sino porque era verdad. Empecé a llorar, fuerte pero silenciosamente. Gael me abrazó y me besó la frente. Me separó un poco de su pecho para poder secarme las lágrimas con el puño de su camiseta. En cuánto vio que mis lágrimas cesaron, sonrió. —No quiero confundirte, no quiero hacerte daño de esta manera. Y sobre lo del enfado... borrón y cuenta nueva. Las personas tienen la capacidad de perdonar, ¿sabes?— dijo, casi riendo.
—Lo sé. ¿Y también de rectificar?
—¿De verdad me preguntas eso? Claro que sí. Lo acabas de hacer.
—Gracias por todo, Gael. 
—No hay de qué. A ver que hora es... Las ocho y veinte. ¿Seguimos con la clase?
—¿Acaso has olvidado el motivo de mi visita?— dije sonriendo.
Y la verdad es que cundieron mucho esos cuarenta minutos. Aprendí la escala y también a cómo coger habilidad en los dedos con unos ejercicios muy simples. Ya tenía algo de practica con la guitarra, pero debía practicar igualmente.

Me acompañó hasta su puerta para despedirnos. —La semana que viene te espero, Emma. A la misma hora.
—De acuerdo— y fue en ese momento cuando una vergüenza me inundó, pero se lo tenía que preguntar. —¿Cuánto es?
—Mmm... Pues creo que a ti te haré una oferta. Serán unos cero, cero con cero. 
—¿De verdad? ¿Gratis?
—Sí, siendo tú no me cuesta nada. Aparte, tienes que ahorrar para tu piano.
—Sí... Es verdad. Bueno Gael, se me está haciendo tarde.
—Nos vemos mañana. En el instituto, quiero decir— sonrió y me alborotó el pelo como la primera vez. Yo me acerqué a él, posé mis manos en sus hombros, me puse de puntillas y besé su mejilla derecha. Después le miré a los ojos y pude notar cómo tragaba saliva. Solté un suspiro al sonreír por última vez y me fui casi corriendo calle abajo.



Os quiero. Comentad aquí abajo. Gracias por leer, de verdad.

martes, 3 de julio de 2012

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¡Hemos llegado a las 1.000 visitas!

Y digo hemos, porque es gracias a vosotros y vosotras. Gracias por todo de verdad. Me hace mucha ilusión compartir esta experiencia con todos vosotros. Hay mucha gente que conozco de Twitter que me anima diariamente a seguir con todo esto. Puede que para vosotros sea un simple blog, puede que hasta un poco cursi, con publicaciones de capítulos de una novela que, seguramente, no llegará lejos. Para mí, es el comienzo de algo, es casi como empezar a rozar con los dedos que ese deseo se cumple.

Llevo casi dos años, creo, intentando hacer feliz a la gente. Intento evadir de los problemas y hacer soñar por unos pocos minutos con cada capítulo. Por eso me esfuerzo tanto y pongo tantas ganas, porque creo que esto, es el único don que tengo. 

Que sepáis que dentro de poquito os daré una sorpresita con algo que espero que os haga ilusión. Ahí lo dejo. 

Y de verdad, gracias, gracias y gracias.


Atentamente: Alguien que os quiere y admira de verdad. :)