miércoles, 4 de julio de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Treinta

Tragué saliva. Fruncí el ceño. Me humedecí los labios; me mordí la lengua. Toda yo era un poema. Cada vez estaba más cerca y no sabía dónde meterme ni qué hacer. Cuando estuvo a pocos milímetros cerré los ojos con fuerza; no quería que fuesen testigos de lo que iba a ocurrir en pocas milésimas. Entonces fue cuando pasó un segundo. Dos. Uno tras otro. Pasaron casi diez segundos sin que nada de lo que imaginaba ocurriese. Entreabrí un ojo delicadamente, siendo cautelosa. En cuánto pude apreciar la situación que tenía delante, abrí los dos ojos de golpe. —¿A qué juegas, Gael?— pregunté, indignada. Estaba mirándome desde la lejanía de su postura inicial antes de abalanzarse para besarme.
—Yo a nada. ¿De verdad creías que iba a besarte? ¿Sabiendo que tienes novio?— dijo mirándome a los ojos.
—No sé... Tampoco te conozco mucho y...— no pude acabar la frase. Me estaba haciendo un mundo entero en mi cabeza. Había estado a punto de traicionar a Jason y no había sido capaz de pararlo. Apreté los labios con fuerza; me odiaba. Unas lágrimas brotaron, ardientes y saladas. Se deslizaron cuello abajo. —No llores. No vale la pena— soltó de golpe Gael, con seguridad. —No sabes por qué motivo lo hago...— intenté defenderme.
—¿De verdad crees que soy tan idiota?
—Nunca lo he creído— mi tono de voz cada vez era más imperceptible. Cada vez me costaba más argumentar lo que sentía.
—Puede que sea cómo los demás. Puede que no tenga dos dedos de frente; pero sé cuando he cometido un error. Sé cuando la gente se asusta cuando los comete.
—No he cometido ningún error.
—Ibas a hacerlo, Emma.
—¿Perdona? Eras tú el que tenía intención de besarme.
—No iba hacerlo. En cuánto te he dicho que no pretendía hacerlo, has sabido que eras tú la que iba a cometerlo.
Era verdad. Me dolió, y no porque me lo dijese él, sino porque era verdad. Empecé a llorar, fuerte pero silenciosamente. Gael me abrazó y me besó la frente. Me separó un poco de su pecho para poder secarme las lágrimas con el puño de su camiseta. En cuánto vio que mis lágrimas cesaron, sonrió. —No quiero confundirte, no quiero hacerte daño de esta manera. Y sobre lo del enfado... borrón y cuenta nueva. Las personas tienen la capacidad de perdonar, ¿sabes?— dijo, casi riendo.
—Lo sé. ¿Y también de rectificar?
—¿De verdad me preguntas eso? Claro que sí. Lo acabas de hacer.
—Gracias por todo, Gael. 
—No hay de qué. A ver que hora es... Las ocho y veinte. ¿Seguimos con la clase?
—¿Acaso has olvidado el motivo de mi visita?— dije sonriendo.
Y la verdad es que cundieron mucho esos cuarenta minutos. Aprendí la escala y también a cómo coger habilidad en los dedos con unos ejercicios muy simples. Ya tenía algo de practica con la guitarra, pero debía practicar igualmente.

Me acompañó hasta su puerta para despedirnos. —La semana que viene te espero, Emma. A la misma hora.
—De acuerdo— y fue en ese momento cuando una vergüenza me inundó, pero se lo tenía que preguntar. —¿Cuánto es?
—Mmm... Pues creo que a ti te haré una oferta. Serán unos cero, cero con cero. 
—¿De verdad? ¿Gratis?
—Sí, siendo tú no me cuesta nada. Aparte, tienes que ahorrar para tu piano.
—Sí... Es verdad. Bueno Gael, se me está haciendo tarde.
—Nos vemos mañana. En el instituto, quiero decir— sonrió y me alborotó el pelo como la primera vez. Yo me acerqué a él, posé mis manos en sus hombros, me puse de puntillas y besé su mejilla derecha. Después le miré a los ojos y pude notar cómo tragaba saliva. Solté un suspiro al sonreír por última vez y me fui casi corriendo calle abajo.



Os quiero. Comentad aquí abajo. Gracias por leer, de verdad.

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