miércoles, 18 de julio de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Treinta y dos


Me quedé helada. A los pocos segundos le quité importancia, quizás se habían equivocado. Dejé el móvil en la mesilla y me levanté del suelo. Pero la intriga era mucho más fuerte y venció. Volví a girarme y volví a sentarme cruzada de piernas en el suelo, por lo que pudiese pasar. Cogí el móvil y lo desbloqueé. Menú. Mensajes. Mensajes recibidos. Y pulsé encima de mi último mensaje de un número desconocido. Llamar, responder o borrar. Me lo estuve planteando un par de minutos. Cerré los ojos y pulsé el icono verde. Me acerqué el aparato a la oreja y esperé. Un pitido. Dos. Y cuando fui a contar “tres”, al otro lado descolgaron. —¿Hola?— dije lo más dulce posible. Nada. No había respuesta. Sólo pude escuchar una especie de... ¿eso eran pasos? Mi mano ya empezaba a temblar, supongo que del miedo. Pero de repente un piano empezó a sonar al otro lado. Mi piel se erizó al escucharlo. Sonreí inconscientemente. —Vale, ya se quién eres. Hasta mañana— dije antes de colgar. Suspiré. Guardé ese número a nombre de “Gael” y respiré hondo. Eso fue lo que hizo que esa tontería fuese real. Me levanté corriendo del suelo y me dirigí hacia el baño. Entré y me puse de cara a la puerta, totalmente abierta. Cogí el pomo y la cerré, apartándome un poco para poderlo hacer. —Vale...— suspiré, mirando el suelo. Alcé la vista a la pared, dónde estaba el estante de madera con “mis” colonias. Tenía siete perfumes distintos. Uno para cada día. Iba cambiándolos una posición a la derecha cada semana para que, por ejemplo, todos los lunes no oliese siempre a, digamos, melón. Desde pequeña eso había sido algo muy importante, casi sagrado. Siempre habían sido siete, y siempre las mismas: fresa, melón, naranja, limón, frambuesa, piña y melocotón. Nunca podía faltarme ningún botellín de ninguno de esos aromas. Mi mirada los recorrió rápidamente en línea recta. Di un paso adelante y toqué con el dedo índice de mi mano derecha el primer bote. Melocotón. Coincidía con aquel post-it  fluorescente del lunes. Cerré los ojos y empecé a contar. Lunes; primer bote. Palpé a ciegas hacia la derecha para encontrarme con el segundo bote; martes. Volví a palpar hasta que topé con el siguiente; miércoles. Tragué saliva mientras palpaba hacia el que me interesaba realmente. Lo rocé con la yema de los dedos. Jueves. Lo destapé sin quitarlo de su lugar. Puse el dedo izquierdo en la boquilla y lo fui rotando sobre sí mismo hasta que noté el agujero. Puse mi mano izquierda delante, separándola un poco y apreté con la otra mano, la boquilla hacia abajo. Pude notar el líquido, fresquito. Me acerqué la mano izquierda a la nariz y aspiré. Creía saber cuál era, pero abrí los ojos para comprobarlo. Efectivamente, era frambuesa. Tapé el botecito y abrí la puerta. Cerré la luz de mi habitación antes de salir e ir hacia las escaleras. Ni yo misma me lo podía creer. Lo había adivinado. Otra vez. Al bajar al salón, pude ver a mi padre sentado en su sillón viendo la tele. Sonreí con dulzura. Me acerqué a él y le planté un beso en la mejilla. —¡Emma! ¿Qué tal todo, hija?— dijo forzando una sonrisa. —Bien. Pareces cansado...— respondí, frunciendo el ceño.
—Sí, bueno... El trabajo, ya sabes...
—Ya. Consuélate, mañana te vas de viaje.
—De negocios.
—Bueno, pero irás en avión.
—¿Y eso que tiene que ver?
—Que te alejarás de los problemas. En el cielo no hay problemas, ¿recuerdas?
—Sólo nubes de algodón, ¿no?— dijo, acabando la frase que siempre usaba de pequeña cuando me refería a que cuando fuese mayor, siempre viajaría en avión y así no tendría problemas. Y aunque era una teoría absurda, quería seguir creyendo en ella.


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