miércoles, 25 de julio de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Treinta y tres


—Venga, a cenar— dijo mi madre desde la cocina mientras se desataba el lazo del delantal. Fui pitando hacia el cajón de los cubiertos pensando que aún no estaban puestos. —Emma, ya está puesta— escuché la voz de mi padre desde el salón. Dejé caer los tres tenedores que había cogido en el cajón y lo cerré golpeándolo ligeramente con un movimiento de cadera. Caminé ligera hacia la mesa sin mirar ni dónde pisaba, ya que el aroma a sopa caliente me había poseído completamente. Ya sentada en mi silla, observé cómo mi padre se levantaba de ese sillón, “su” sillón, en el cuál se podía pasar horas en él; ya fuese viendo la televisión, escuchando la radio, haciendo pasatiempos, leyendo el periódico o simplemente echando la siesta. Nada más sentarse mi madre, cogí la cuchara y la metí en el plato que tenía delante. Removí un poco el caldo y me llevé una cucharada a la boca, no sin haber soplado un poco antes. Al hacerlo exageré un gran escalofrío a la vez que decía entusiasmada: “¡deliciosa!”.

Al acabar de prepararme para meterme el cama, bajé una vez más al salón a darle un beso de buenas noches a mis padres, que estaban sentados uno al lado del otro en el sofá. Me despedí de ellos y volví a recorrer el mismo camino para dirigirme a mi cuarto, recoger el móvil del suelo para dejarlo en la mesilla y poder meterme en la cama. Ya arropada y mirando al techo, me acordé de que al día siguiente era viernes. Jason. Había quedado con él. Unas ganas incontrolables de verle recorrieron todo mi cuerpo; toda yo le echaba de menos. Me relamí los labios al recordar aquel beso en su moto. El corazón se me encogió de golpe; no lo había llamado para preguntar cómo estaba. Me sentía mal. Suspiré y miré el móvil. —Demasiado tarde— pensé. Hice un esfuerzo para poder cerrar los ojos y conseguir dormirme.

Al día siguiente le expliqué a Sophie entre clase y clase la visita que había hecho la tarde anterior a la casa de Gael. Se lo expliqué todo, incluso también su “intento sin intención” de besarme. Al principio se sorprendió, lo supe porque sus ojos estuvieron a punto de salirse de sus órbitas y la boca a punto de ser desencajada por completo. Al ver que reaccionaba a ello de esa manera, me apresuré a explicarle el por qué lo hizo. Tragué saliva al acabar de argumentar la conversación que mantuvimos. Sophie se tomó unos segundos para asimilarlo todo hasta que decidió volverme a mirar, esta vez directamente a los ojos y decirme: —¡Yo también quiero uno!—. Me empecé a reír descontroladamente y pude oír como Sophie se unía a esas carcajadas. Paramos las dos a la vez, intentando encontrar el aire que nos faltaba. —¿Y qué vas a hacer?— me preguntó, ya más seria. —Está claro. Gael es mi amigo y punto— respondí, mirando al suelo. —A parte, ¿ya te he dicho que he quedado con Jay esta tarde?— y cuando acabé de pronunciar la última palabra busqué sus ojos y levanté una ceja. Respondió mostrándose perpleja y boquiabierta. No me dio tiempo a decir nada más, ya que el profesor de historia acababa de entrar por la puerta. Me quedé callada, mirando al frente; en realidad la clase entera se silenció a causa de su presencia. Dejó los libros encima de su mesa, no sin antes haber cogido un folio doblado por la mitad. Se giró hacia la pizarra mientras escribía en ella lo que ponía en ese papel ya que, constantemente, lo releía una y otra vez. Giré cuidadosamente mi cabeza hacia la izquierda. Sophie estaba anotándolo todo en una libreta en la mesa de al lado, separada por unos treinta centímetros de la mía. Tosí ligeramente sin parar de mirarla, para que se girase. Al hacerlo hice el típico gesto de “luego te cuento” haciendo círculos horizontalmente con mis dos dedos índice, uno alrededor del otro. Ella simplemente me guiñó su ojo derecho. Las dos no pudimos contener una sonrisa cómplice.



Gracias por leer. Os quiero.

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