miércoles, 15 de agosto de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Treinta y seis


Al decir eso, su cara se tornó de “sorpresa” a “verás si te cojo” en pocos segundos. Yo alcé mis puños hasta por debajo de mis ojos, poniéndome en guardia y di unos tres pasos hacia atrás. Al hacer eso, empezó a reírse. —¿Crees que a una chica no le puede gustar el boxeo?— dije sin parar de mirarle ni un segundo.
—¿Se supone que debo tenerte miedo?— dijo aún sonriendo.
—Deberías...
Dio un paso hacia mí. Yo entrecerré los ojos. Dio otro paso. Yo tragué saliva. Al dar otro más, ya estaba justo delante de mí. —¿Qué pretendes?— susurré. Él sonrió. Suspiré. No paraba de mirarme a los ojos, y yo no podía apartar mi mirada de la suya. Fui bajando la guardia poco a poco hasta que mis puños llegaron a la altura de la cadera; entonces relajé las manos. Bajé la cabeza y la mirada hacia el suelo. Noté cómo se acercaba aún. Pude notar su respiración en mi oreja izquierda. —Tranquila, no estés triste. Retomaremos la pelea en otro momento— y se rió. El suspiro que salió de esa risa me hizo estremecer.
—No es eso... Lo que no entiendo es por qué te empeñas en que te haga daño...— dije.
—No me haces daño. Me haces sonreír y reír. Me haces feliz.
En cuánto dijo la última palabra posé mis ojos en los suyos. No sé ni por qué, pero sonreí. No debería alegrarme oír eso. Estaba gritando a voces que sentía algo especial por mí pero, yo no podía hacer nada para complacerle. Me sentí frustrada. —Yo no puedo poder hacerte feliz, Gael. ¿Cómo puede hacerte feliz la persona que te gusta y no te corresponde?— solté a voz de pronto, sin pensarlo antes. Él relajó sus facciones, sin llegar a ponerse serio. —¿Acaso he dicho yo eso?
—Bueno... Pero, tus... tus detalles lo dicen— no me salían las palabras.
—Pero yo no. Así que no te preocupes tanto por mí. Me haces feliz así. Punto.
—Pero...
—Ni peros, ni peras,— no me dejó terminar la frase —ya está. Mira, ya son casi menos cuarto— dijo mirando el reloj colgado de la pared, a su derecha.
—¿Qué dices?— grité asustada. —Voy a llegar tarde—. Gael negó con la cabeza. Se giró y me dio la espalda. —Sube— dijo girando la cabeza para mirarme. Me mordí el labio inferior, no sabía qué hacer. Miré hacia todos los lados y pude comprobar que empezaba a venir gente y que se dirigían a las taquillas. Era una locura pero... —Vale, pero espera que coja mis libros—. Abrí la taquilla y cogí a toda prisa los libros que necesitaba. Al cerrar la puertecita de hierro, puede ver que Gael también cogía los suyos y los ponía en una mochila. Cuando acabó y me vio con los libros entre los brazos, me ofreció que los pusiera dentro de esa mochila, acercándomela. Los deposité con cuidado y él la cerró con brusquedad, sin ningún miramiento. Puse los ojos en blanco. Se colgó la mochila al revés, es decir, por delante, y se puso de espaldas a mí otra vez. Volví a suspirar. Di dos pasos hacia atrás para coger carrerilla; corrí hasta que llegué a su espalda y salté. Él me recolocó bien cogiéndome de los muslos y dando un pequeño saltito. —¿Preparada?— dijo girando la cabeza hacia mí. —Eso espero...— dije cogiéndome bien a sus hombros y escondiendo el rostro detrás de su espalda. Soltó una carcajada y empezó a correr por los pasillos, esquivando a gente y gritando: ¡Paso, paso que paso! 

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