miércoles, 8 de agosto de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Treinta y cinco


Volví a mirarme al espejo. Me sequé unas gotas que me habían quedado debajo de la mandíbula con el puño de la camiseta. Oí unos pasos en la lejanía del pasillo. Se fueron acercando. La puerta se abrió. Entró una chica al lavabo, creo que de un curso inferior. En la mano llevaba un neceser repleto de cosméticos. Cuando empezó a repasarse el maquillaje, decidí irme ya de allí. Yo muy pocas veces me maquillaba, se me daba bien, pero prefería ser natural. También me sentía más cómoda. Me dirigí a la biblioteca, aún me quedaban unos veinte minutos. Bajé las escaleras que daban a la planta baja. Allí solo estaban las salas de mantenimiento y la biblioteca. Nada más entrar vi a un niño de unos once años saltando y poniéndose de puntillas a duras penas delante de una de las estanterías. Miré a mi alrededor, pero no había nadie más que él, a primera vista. Me acerqué a preguntarle. 
—¿Necesitas ayuda?— apoyé mis manos sobre mis rodillas para ponerme a su altura. 
—Bueno... Quiero ese libro— acabó respondiéndome señalando un libro del penúltimo estante. Intenté ponerme de puntillas y alcanzarlo, pero sólo conseguía llegar al estante que estaba debajo de ese. —No te preocupes, ahora vuelvo. No te muevas de aquí— y le guiñé un ojo. Empecé a corretear por los pasillos hasta que encontré lo que buscaba: una escalera. La fui empujando mientras oía chirriar sus ruedecitas. Nada más verme aparecer, el niño empezó a dar saltitos de alegría. Coloqué la escalera cuidadosamente delante del estante, horizontalmente. Empecé a subir uno a uno los peldaños, poco a poco. Cuando tuve el estante a la altura de mi cabeza miré hacia abajo. —¿Cuál es el que quieres?— pregunté, por si acaso.
—Ese, el verde de tu derecha, Te lo he dicho antes...— dijo poniéndose las manos en la cintura con los codos hacia fuera, regañándome. Se me escapó una carcajada. Cogí el libro con la mano derecha y empecé a bajar con cuidado. Nada más pisar el suelo, el niño me arrebató el libro de las manos y se dirigió a la mesita de recepción. La bibliotecaria le dio una tarjeta con la fecha de entrega del libro. El niño la cogió la metió entre la portada y la contraportada y se marchó no sin antes despedirse de mí con la mano. Yo hice lo mismo. Volví a mirar mi reloj. Quince minutos. Se me habían quitado las ganas de ojear libros, así que salí por la misma puerta por la que había entrado. Empecé a subir las escaleras que daban a los pasillos principales del instituto. Me dirigí a mi taquilla y la abrí. Empecé a hacer limpieza de papeles ya sin utilidad. De repente, oí a alguien que corría a lo lejos. Cerré la taquilla y fui hacia la papelera, dónde tiré los papeles. Me asomé al siguiente pasillo. Miré hacia la derecha y vi que alguien caminaba cabizbajo hacia mí, pero sin dejar de mirar al suelo. —¿Gael?— pregunté bajito. Él levanto la mirada, buscándome. Cuando me vio, se acercó corriendo y me abrazó. —¿Qué pasa, Gael?—. No me contestó. Empezó a acariciarme el pelo. Yo apoyé mi cabeza en su pecho, oía su corazón latir deprisa y su respiración aún entrecortada. Le abracé con fuerza apoyando mis manos sobre sus omóplatos. Cuando noté que se tranquilizó, me separé un poco. —Lo siento— dijo mirándome a los ojos. —No te disculpes, no es extraño ver a todos los chicos detrás de Sophie. Es lo normal—. Soltó una carcajada.
—El problema de eso, es ésto— dijo mostrándome un papel doblado —y lo que siempre ocurre al final, es lo siguiente— y lo tiró a la basura.
—¿Era suyo?— pregunté, extrañada. Entonces recordé el papel que se guardó en su bolsillo antes de salir de clase.
—Sí, era el típico “llámame” con número de móvil adjunto. Y detalles cómo estos son los que me echan para atrás totalmente—. Acabó esa frase con una sonrisa.
—Ya bueno... Sophie es así—. Suspiré.
—No pensaba que tendrías amigas así... Todas son iguales.
—¿Perdona? No te pases que es mi amiga— dije, medio enfadada, dándole un ligero puñetazo en el pecho. Él simplemente, me miró y alzó una ceja.
—¿Sorprendido, chavalote?— dije sonriendo pícaramente.


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