miércoles, 26 de septiembre de 2012

0

Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cuarenta y Dos


—¡Hola, cariño!— me saludó mi madre desde la cocina, sin mirarme. 
—¿No vas a decir nada al respecto?— dije moviendo un poco el casco delante de mí y encogiendo un poco los hombros. Mi madre dirigió de golpe la mirada hacia a mí; después hacia el casco y sonrió ligeramente.
—Vaya... Espero que no te hayas gastado todos tus ahorros— bromeó mientras volvía a cortar verduras para la cena. Sonreí al escucharle.
—¡Qué va! Me lo ha regalado Jason... Para cuando vaya en su moto...— respondí disminuyendo gradualmente el tono de voz.
—Mira, Emma,— dijo mientras paraba de mover el cuchillo y me miraba, ya más seria que antes —me parece estupendo que vayas en moto, eres lo suficientemente mayorcita para saber cuando y con quién debes montarte; sólo espero no tener que ir a ningún hospital por culpa de terceros—. Reflexioné unos segundos lo que había dicho mirando al suelo. Levanté la miraba y la clavé en sus ojos.
—No tienes de qué preocuparte, estaré bien— una sonrisa torcida enmarcó mi rostro. —¿Ves?— finalicé enseñándole la dedicatoria del casco.
—Bonita frase,— dijo con una gran sonrisa —tiene mucha razón. Es corta pero matona— añadió con cierta ironía. Puse los ojos en blanco mientras suspiraba, feliz. —¿Quieres que te ayude con la cena?— pregunté, cambiando radicalmente de tema. Mi madre negó con la cabeza y siguió cortando verduras. 

Ya metida en la cama oí la vibración que produjo el móvil en la madera. Lo alcancé de la mesilla suspirando con rabia. Un mensaje, ¿a estas horas? Fruncí el ceño pero lo abrí. Decía: Necesito tu ayuda. Era de Sophie. Me quedé unos segundos pensando lo que haría. Me destapé y fui de puntillas hacia la puerta que daba al pasillo. La abrí con cuidado para que no crujiera. Asomé la cabeza un poco y comprobé que, tanto mi madre como mi padre que, hacía pocas horas que había vuelto del viaje, estaban totalmente dormidos ya que la puerta de su cuarto estaba completamente cerrada y el silencio reinaba junto a la penumbra en esa, ya avanzada, noche oscura. Cerré con cuidado la puerta y me encerré en el baño de mi habitación. Busqué en la agenda el número de Sophie y descolgué. No hubo suerte; no lo cogió. Supuse que estaría de fiesta. Volví a llamarla. Esta vez sí que respondió a la llamada, pero casi no podía entender lo que decía ya que el barullo de gente que gritaba al otro lado del teléfono la enmudecía casi por completo. Sí, supuse bien, estaba de fiesta. —¡Espera...!— gritó de pronto. A los pocos segundos los gritos y el ruido desaparecieron dejando paso a su voz.
—¿Qué ocurre?— pregunté, angustiada.
—Estoy aquí en la discoteca que está delante del centro comercial y me he encontrado a Gael. Está totalmente fuera de sí. Por lo que he escuchado es la primera vez que salía y bueno, ya sabes...— suspiré —lo peor de todo es que ahora quiere coger la moto y largarse a casa, pero yo no tengo el valor de subirme a su moto y llevarle. Tampoco sé dónde vive y no tengo dinero para pagar un taxi. Todos sus amigos se han ido, no quieren saber nada... No sé qué hacer, Emma. Ayúdame—. Suspiré, cerré los ojos con fuerza y respondí con un corto y fugaz “voy para allá”, y colgué.

Después de demorarme unos minutos en pensar y haber tenido en cuenta todas las alternativas que se me ocurrieron, sólo me quedaba recurrir a la locura. Sin pensármelo una vez más cogí mi casco y bajé las escaleras. Aferré las llaves antes de abrir la puerta en un revuelo, atravesarla y volver a cerrarla lo más rápido y cuidadosamente posible. Empecé a andar hacia la boca de metro con la chaqueta puesta y la camiseta de pijama debajo; con un pantalón de chándal y unas bambas que ya casi “hablaban”. Mi mente estaba completamente en blanco mientras mi paso acelerado hacía que respirara aceleradamente.


Antes de nada perdonad por haber avisado mal la semana pasada. Puse el enlace del capítulo cuarenta, otra vez. Leed el capítulo cuarenta y uno si, por ese motivo, no lo habéis leído; lo siento. Comentad aquí abajo. Compartid con vuestros amigos, familiriares, primos... con quien queráis, esta novela. Gracias por leerla, os quiero.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

1

Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cuarenta y Uno


—Pruébatelo. Quiero ver lo bien que te sienta— dijo Jason con ilusión. Lo miré y sonreí soltando un leve suspiro. Antes de levantarme, canasté el envoltorio arrugado en forma de bola, en la papelera. Después de eso me levanté y, de espaldas a él, me coloqué el casco con las dos manos. —¿Te gusta?— dije girándome.
—Mucho,— rió — ¿y a ti?
—Demasiado— sonreí a pesar de que el casco ocultaba esa sonrisa.
—¿Sabes qué?,— pregunté retóricamente, sin dejarle hablar —voy a aprender a tocar el piano— acabé diciendo mientras me sacaba el casco y lo dejaba encima de la silla que había dejado Jason cerca de la cama.
—¿De verdad? ¡Eso está muy bien! Ahora que pienso... ¿Tú... tocabas la guitarra, verdad?— dijo mientras me miraba entrecerrando los ojos.
—Yo toco. Aún— sonreí.
—Demuéstramelo.
—No tengo aquí mi guitarra— puse los ojos en blanco.
—Puedo prestarte una— mi ceja derecha se enarcó involuntariamente. No me lo pensé dos veces y me levanté, haciendo notar que la quería ir a buscar. Sin darme casi ni cuenta miré la hora en mi reloj de pulsera. Ya eran las siete y media. 
—Creo que tendrás que comprobarlo otro día. Debo irme.
—Vaya...— dijo en un suspiro, y chasqueó la lengua en signo de desaprobación
—Te quiero— dije bajito mientras me acercaba a él y acto seguido, le besaba.
—Yo también, Eme— coincidió conmigo al finalizar el beso.
—Y no, no hace falta que me acompañes a la puerta— dije al ver el que hacía ademán de levantarse. Cogí el casco de la silla y salí por la puerta, no sin antes despedirme con la mano de Jason y mandarle varios besos aéreos.
Bajé las escaleras tan deprisa cómo pude. Revisé que no me hubiese dejado nada en el salón y volví a la entrada dónde cogí mi abrigo del perchero. Palpé los bolsillos por encima atendiendo especialmente al ruido que hicieron las llaves y agarré suavemente el pomo de la puerta. Antes de que pudiera girarlo, noté unos golpecitos en mi hombro derecho. Me giré de sopetón al notarlos y, al hacerlo, unos labios chocaron contra los míos dejándome completamente atónita. Al separarme de éstos, comprobé, a pesar de haberlo sabido nada más rozarlos, que era Jason.
—Pero... Tú...¿Cómo...?— dije, mientras desviaba la mirada de Jason hacia las escaleras y viceversa, aún sin creérmelo. 
—Bueno, cómo te lo explico... Cuando quiero bajar esta larga y empinada escalinata y, por suerte, hay una barandilla... Es inevitable.
Me mordí el labio inferior a la vez que reía. Jason me guiñó un ojo y sonreí ocultando un ligero enrojecimiento de mis mejillas. Esta vez sí, deslicé mis dedos alrededor del pomo y lo giré hacia la derecha. Salí y cerré la puerta a mis espaldas; no quise girarme ya que cualquier mínimo “por favor” bastaba para que me quedara toda una eternidad allí. Y la verdad es que no era el momento. Salí disparada hacia la boca de metro aunque una vez allí, estuve martirizándome a mí misma mentalmente, ya que todo el mundo me miraba raro al llevar un casco de moto e ir en transporte público.

Al llegar a la puerta de casa me di cuenta de que le tendría que confesar a mi madre el hecho de que iba en moto, pero estaba segura de que no me prohibiría ir de paquete; ella fue de paquete muchos años de joven y no temía a las motos. Aspiré durante varios segundos una bocanada de aire a la vez que un montón de fotogramas sobre todos los momentos bonitos de esa tarde se paseaban rápidos como un rayo por mi cabeza. Solté el aire de un suspiro. Rebusqué la llave oportuna de entre más de una docena de objetos diferentes que cubrían una sola anilla y daban lugar a mi “llavero”. Acerté a la primera a encajarla en la cerradura y la giré dos veces hacia la derecha. Al hacerlo, la puerta se abrió mínimamente pero lo suficiente para que una cálida luz se filtrara por esa fina rendija. La empujé aún con la llave insertada en la cerradura y, mientras la sacaba y cerraba la puerta detrás de mí, saludé a mi madre con un “¡ya he llegado!” rematado con una sonrisa de oreja a oreja.


Espero que os guste. Comentad aquí abajo y compartid esta novela con vuestros familiares, amigos, primos... ¡Corred la voz y compartid ideas! Os quiero.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

0

Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cuarenta


—¡Venga, venga!— gritaba a más no poder llena de emoción. —¡Bien! ¡He ganado!— gritaba y saltaba de alegría por todo el salón al sentenciarse la carrera quedando campeón el motorista por el que había “apostado”. Jason me miraba con dulzura. —Vale, he ganado la apuesta. Te toca hacerme el masaje en los pies— acabé la frase con una pequeña risa que se me escapó de entre los labios. —De acuerdo— dijo Jason poniedo los ojos en blanco pero sin parar de sonreír. Fui dando pequeños saltos hasta que me senté en el sofá, apoyando mi espalda en uno de los reposabrazos y estirando las piernas a lo largo del sofá. A mitad de carrera ya me había quitado los zapatos. Jason me quitó los calcetines haciéndome cosquillas. Sentado en la otra punta del sofá, girado hacia mí, comenzó a masajearme los pies. Empezó por los talones, luego subió por por la planta y el empeine y acabó en los dedos. Cuando terminó, me puse los calcetines y cuando me quise poner los zapatos Jason me dijo que los llevara en la mano de camino a su habitación, que no pasaba nada si iba en calcetines. Antes de levantarse del sofá, alcanzó las muletas tumbadas en el suelo y se puso en pie. Dejé que pasase delante y me guiara. Cuando llegamos a la escalinata él resopló; yo lo miré compasiva. —Desde que me rompí la pierna sólo las subo por la noche— sonrió ligeramente. Yo me puse a su lado y fui subiendo las escaleras a su ritmo y animándole de vez en cuando. Al llegar al último escalón, giró a la derecha y al final de un estrecho y corto pasillo se encontraba una puerta ya abierta. Jason se esperó pegado a la pared izquierda a que yo pasara primera.
—Vaya... Es preciosa— dije asombrada al ver aquella enorme habitación de tonos azules combinados con blancos, negros y grises. Había una cama pegada a una de las paredes y enfrente de esta, un enorme escritorio con una librería justo al lado. También había un par de lámparas, un ordenador de sobremesa, un gigantesco armario... Era juvenil, moderna y atractiva. Empecé a observar cada foto que había por la habitación y las comenté con Jason. En cuánto vi una foto de él con su moto no dije nada. Me quedé observándola con tristeza. —¿Y tu moto?— pregunté girándome para verle. Antes de que me contestase me senté al borde de la cama; él estaba sentado en la silla de tipo “oficina” que había cerca del escritorio. —Bueno, quedó mucho peor que yo— rió, yo sonreí apretando mis labios —pero el seguro me cubría todos los daños, así que la semana que viene ya la tendré de vuelta.
—Me alegro...— desvié la mirada hacia la ventana. Jason se dio cuenta de lo pasaba por mi cabeza en aquel momento y se acercó, aún sentado en la silla con ruedas, hacia la cama dónde se sentó a mi lado. Me abrazó y mientras me acariciaba el pelo me besó en la coronilla. —Tranquila, iré con mucho cuidado. No superaré los límites de velocidad. Te lo prometo— reí con él. A los segundos se sobresaltó y me miró a los ojos pícaramente.
—Tengo un regalo para ti— dijo.
Yo fruncí el ceño. Se estiró en el borde de la cama alcanzando de debajo de esta algo envuelto en papel de regalo. Me lo dejó en el regazo. Yo lo cogí siendo muy cuidadosa y empecé a inspeccionarlo con cuidado; él soltó una carcajada. —Tranquila, está hecho a prueba de balas—. Entonces no me lo pensé más y empecé a rasgar el papel dejándolo simultáneamente a mi lado. Poco a poco fui descubriendo un casco negro muy brillante. En la parte de atrás, cerca del borde, había dibujado un rayo de luz rosáceo que formaba una frase que decía: “No tengas miedo”. Me quedé boquiabierta. —Es... perfecto. Gracias— me abalancé sobre él abrazándole, y le besé repetidas veces en la mejilla; Jason no paraba de reír. Aquel casco significaba mucho en realidad. Me protegería de los daños que pudiera hacerme, igual que Jason; sabía que él me mantendría a salvo de los peligros que acechaban en cualquier esquina. Jason era mi casco antibalas. Tanto el casco como la frase cambiaron algo en mi interior; cambiaron algo en mí misma.



Gracias por leer, comentad aquí abajo. Que tengáis un buen comienzo de curso, os quiero.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

0

Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Treinta y nueve


—Vale, ya estoy subiendo las escaleras de la boca del metro. Un último escalón… Ya estoy fuera.
—De acuerdo,— rió Jason entre palabras al otro lado del teléfono. En un último momento le llamé para asegurarme de que no me equivocaba ni de calle ni de casa — ahora sigue recto y en el próximo cruce…
—Giro a la derecha. Después sigo recto unos doscientos metros, saltándome así los dos siguientes cruces. Al tercero giro a la izquierda y en esa calle busco un bloque de dos plantas de ladrillo rojo, exactamente el bloque número ciento siete— corté su explicación acabándola yo en menos de diez segundos.
—¿Por qué me llamas si te lo sabes de memoria? — preguntó muy extrañado.
—Te llamo para no perderme. En unos minutos estoy allí— y colgué sin tan siquiera dejarle contestar.
Llegué en poco más de diez minutos. Podía haber tardado menos pero mi necesidad de ir tan sumamente despacio para poder, casi incluso, contar los pasos que daba para que no se me pasase ninguna calle, era mayor que cualquier otra cosa en ese momento.
Al llegar, miré los marcos interiores de la pared en la que estaba construida una enorme puerta de madera oscura y brillante a fin de encontrar un timbre. Lo encontré en una segunda ojeada; estaba más alto de lo que creía. Me ayudé del escaloncito que había para poder elevarme sobre uno de mis pies y poder pulsar el pequeño botón blanco. Un estruendoso pitido sonó del interior de la casa; simultáneamente pude escuchar unos extraños golpes y la voz de un apurado Jason que repetía una y otra vez: ¡Ya voy!
Pude escuchar un último golpe, sonó metálico. Después de eso, la puerta se abrió y pude ver que Jason hacía el esfuerzo de apoyarse sobre una sola muleta, ya que la otra yacía en el suelo, a poco más de medio metro de él. Volví a mirarle después de haberme dado cuenta de la situación. Jason no cesó de sonreír sin parar de buscar mi mirada. Cuando sus ojos encontraron los míos, enarqué una ceja. Crucé el umbral de la puerta sin ningún miramiento y recogí la muleta del impoluto parquet.. Alargué mi brazo para dársela. Él la cogió de mi mano con suavidad pero muy rápido con la mano que le quedaba libre. Me acerqué a la puerta y la empujé con una mano para cerrarla. Al volverme hacia Jason otra vez, sonreí. Llevaba el pelo alborotado, como siempre. Lucía un jersey gris claro de cuello ancho que contrastaba con un oscuro vaquero desgastado. Se me escapó una risita al ver que combinaba ese estupendo conjunto con unas estupendas zapatillas de andar por casa. Al escucharme, Jason se sonrosó. —Estás estupendo— dije mientras me acercaba a él y le rodeaba su nuca con mis dedos. —Tu también— acabó susurrando. Reparé unos segundos mi mirada en sus labios y posé en ellos los míos. Un corto e intenso beso hizo que mi vello se erizara y mi corazón se acelerara de golpe. —¿Has preparado algo?— pregunté mientras me separaba poco a poco de él y miraba a mi alrededor. A pesar de que parecía un bloque muy estrecho, por dentro era una espaciosa casa de dos plantas. Era una casa de tonos cálidos dónde abundaban los muebles de madera de cerezo. Nada más entrar te encontrabas unas escaleras justo enfrente; a la derecha de esa escalinata se encontraba el salón, a la izquierda una amplia cocina moderna. —Sí, más o menos… ¿Te apetecen unas palomitas mientras vemos una carrera? De motos, claro…— al acabar la frase, rió nerviosamente.
—Claro que sí— sonreí. Él simplemente sonrió y empezó a caminar hacia el salón. Se acomodó en un sofá más bajo de lo normal y se ayudó de las dos manos para colocar bien la pierna escayolada encima del cojín que había en la mesilla delante de él. Me quedé de pie al lado del sofá, contemplando el enorme bol lleno de palomitas recién hechas. —¿No te sientas?— preguntó.
—Estoy segura de que no hay ninguna propuesta más que ésta…— dije mirando cómo cambiaba de canal una y otra vez.
—Bueno, podemos ver una película, si quieres…— dijo esa frase sin querer decirla en realidad. Lo noté en el tono de su voz y en su rostro.
—Prefiero las motos— le contesté mostrando una amplia sonrisa. Él volvió a pasar un canal tras otro, ya que antes de escuchar mi respuesta paró de apretar el botoncito. De un salto me senté a su lado y me acurruqué en aquel sofá suave colocando mis piernas cruzadas encima de éste y apoyando mi cabeza en el brazo que estiró Jay detrás de esta. Cerré los ojos y respiré profundamente, acurrucada en aquel, relativamente, pequeño sofá y aspirando el salado aroma de palomitas al respirar.




Gracias por leer, comentad aquí abajo. Os quiero.