miércoles, 5 de septiembre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Treinta y nueve


—Vale, ya estoy subiendo las escaleras de la boca del metro. Un último escalón… Ya estoy fuera.
—De acuerdo,— rió Jason entre palabras al otro lado del teléfono. En un último momento le llamé para asegurarme de que no me equivocaba ni de calle ni de casa — ahora sigue recto y en el próximo cruce…
—Giro a la derecha. Después sigo recto unos doscientos metros, saltándome así los dos siguientes cruces. Al tercero giro a la izquierda y en esa calle busco un bloque de dos plantas de ladrillo rojo, exactamente el bloque número ciento siete— corté su explicación acabándola yo en menos de diez segundos.
—¿Por qué me llamas si te lo sabes de memoria? — preguntó muy extrañado.
—Te llamo para no perderme. En unos minutos estoy allí— y colgué sin tan siquiera dejarle contestar.
Llegué en poco más de diez minutos. Podía haber tardado menos pero mi necesidad de ir tan sumamente despacio para poder, casi incluso, contar los pasos que daba para que no se me pasase ninguna calle, era mayor que cualquier otra cosa en ese momento.
Al llegar, miré los marcos interiores de la pared en la que estaba construida una enorme puerta de madera oscura y brillante a fin de encontrar un timbre. Lo encontré en una segunda ojeada; estaba más alto de lo que creía. Me ayudé del escaloncito que había para poder elevarme sobre uno de mis pies y poder pulsar el pequeño botón blanco. Un estruendoso pitido sonó del interior de la casa; simultáneamente pude escuchar unos extraños golpes y la voz de un apurado Jason que repetía una y otra vez: ¡Ya voy!
Pude escuchar un último golpe, sonó metálico. Después de eso, la puerta se abrió y pude ver que Jason hacía el esfuerzo de apoyarse sobre una sola muleta, ya que la otra yacía en el suelo, a poco más de medio metro de él. Volví a mirarle después de haberme dado cuenta de la situación. Jason no cesó de sonreír sin parar de buscar mi mirada. Cuando sus ojos encontraron los míos, enarqué una ceja. Crucé el umbral de la puerta sin ningún miramiento y recogí la muleta del impoluto parquet.. Alargué mi brazo para dársela. Él la cogió de mi mano con suavidad pero muy rápido con la mano que le quedaba libre. Me acerqué a la puerta y la empujé con una mano para cerrarla. Al volverme hacia Jason otra vez, sonreí. Llevaba el pelo alborotado, como siempre. Lucía un jersey gris claro de cuello ancho que contrastaba con un oscuro vaquero desgastado. Se me escapó una risita al ver que combinaba ese estupendo conjunto con unas estupendas zapatillas de andar por casa. Al escucharme, Jason se sonrosó. —Estás estupendo— dije mientras me acercaba a él y le rodeaba su nuca con mis dedos. —Tu también— acabó susurrando. Reparé unos segundos mi mirada en sus labios y posé en ellos los míos. Un corto e intenso beso hizo que mi vello se erizara y mi corazón se acelerara de golpe. —¿Has preparado algo?— pregunté mientras me separaba poco a poco de él y miraba a mi alrededor. A pesar de que parecía un bloque muy estrecho, por dentro era una espaciosa casa de dos plantas. Era una casa de tonos cálidos dónde abundaban los muebles de madera de cerezo. Nada más entrar te encontrabas unas escaleras justo enfrente; a la derecha de esa escalinata se encontraba el salón, a la izquierda una amplia cocina moderna. —Sí, más o menos… ¿Te apetecen unas palomitas mientras vemos una carrera? De motos, claro…— al acabar la frase, rió nerviosamente.
—Claro que sí— sonreí. Él simplemente sonrió y empezó a caminar hacia el salón. Se acomodó en un sofá más bajo de lo normal y se ayudó de las dos manos para colocar bien la pierna escayolada encima del cojín que había en la mesilla delante de él. Me quedé de pie al lado del sofá, contemplando el enorme bol lleno de palomitas recién hechas. —¿No te sientas?— preguntó.
—Estoy segura de que no hay ninguna propuesta más que ésta…— dije mirando cómo cambiaba de canal una y otra vez.
—Bueno, podemos ver una película, si quieres…— dijo esa frase sin querer decirla en realidad. Lo noté en el tono de su voz y en su rostro.
—Prefiero las motos— le contesté mostrando una amplia sonrisa. Él volvió a pasar un canal tras otro, ya que antes de escuchar mi respuesta paró de apretar el botoncito. De un salto me senté a su lado y me acurruqué en aquel sofá suave colocando mis piernas cruzadas encima de éste y apoyando mi cabeza en el brazo que estiró Jay detrás de esta. Cerré los ojos y respiré profundamente, acurrucada en aquel, relativamente, pequeño sofá y aspirando el salado aroma de palomitas al respirar.




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