miércoles, 19 de septiembre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cuarenta y Uno


—Pruébatelo. Quiero ver lo bien que te sienta— dijo Jason con ilusión. Lo miré y sonreí soltando un leve suspiro. Antes de levantarme, canasté el envoltorio arrugado en forma de bola, en la papelera. Después de eso me levanté y, de espaldas a él, me coloqué el casco con las dos manos. —¿Te gusta?— dije girándome.
—Mucho,— rió — ¿y a ti?
—Demasiado— sonreí a pesar de que el casco ocultaba esa sonrisa.
—¿Sabes qué?,— pregunté retóricamente, sin dejarle hablar —voy a aprender a tocar el piano— acabé diciendo mientras me sacaba el casco y lo dejaba encima de la silla que había dejado Jason cerca de la cama.
—¿De verdad? ¡Eso está muy bien! Ahora que pienso... ¿Tú... tocabas la guitarra, verdad?— dijo mientras me miraba entrecerrando los ojos.
—Yo toco. Aún— sonreí.
—Demuéstramelo.
—No tengo aquí mi guitarra— puse los ojos en blanco.
—Puedo prestarte una— mi ceja derecha se enarcó involuntariamente. No me lo pensé dos veces y me levanté, haciendo notar que la quería ir a buscar. Sin darme casi ni cuenta miré la hora en mi reloj de pulsera. Ya eran las siete y media. 
—Creo que tendrás que comprobarlo otro día. Debo irme.
—Vaya...— dijo en un suspiro, y chasqueó la lengua en signo de desaprobación
—Te quiero— dije bajito mientras me acercaba a él y acto seguido, le besaba.
—Yo también, Eme— coincidió conmigo al finalizar el beso.
—Y no, no hace falta que me acompañes a la puerta— dije al ver el que hacía ademán de levantarse. Cogí el casco de la silla y salí por la puerta, no sin antes despedirme con la mano de Jason y mandarle varios besos aéreos.
Bajé las escaleras tan deprisa cómo pude. Revisé que no me hubiese dejado nada en el salón y volví a la entrada dónde cogí mi abrigo del perchero. Palpé los bolsillos por encima atendiendo especialmente al ruido que hicieron las llaves y agarré suavemente el pomo de la puerta. Antes de que pudiera girarlo, noté unos golpecitos en mi hombro derecho. Me giré de sopetón al notarlos y, al hacerlo, unos labios chocaron contra los míos dejándome completamente atónita. Al separarme de éstos, comprobé, a pesar de haberlo sabido nada más rozarlos, que era Jason.
—Pero... Tú...¿Cómo...?— dije, mientras desviaba la mirada de Jason hacia las escaleras y viceversa, aún sin creérmelo. 
—Bueno, cómo te lo explico... Cuando quiero bajar esta larga y empinada escalinata y, por suerte, hay una barandilla... Es inevitable.
Me mordí el labio inferior a la vez que reía. Jason me guiñó un ojo y sonreí ocultando un ligero enrojecimiento de mis mejillas. Esta vez sí, deslicé mis dedos alrededor del pomo y lo giré hacia la derecha. Salí y cerré la puerta a mis espaldas; no quise girarme ya que cualquier mínimo “por favor” bastaba para que me quedara toda una eternidad allí. Y la verdad es que no era el momento. Salí disparada hacia la boca de metro aunque una vez allí, estuve martirizándome a mí misma mentalmente, ya que todo el mundo me miraba raro al llevar un casco de moto e ir en transporte público.

Al llegar a la puerta de casa me di cuenta de que le tendría que confesar a mi madre el hecho de que iba en moto, pero estaba segura de que no me prohibiría ir de paquete; ella fue de paquete muchos años de joven y no temía a las motos. Aspiré durante varios segundos una bocanada de aire a la vez que un montón de fotogramas sobre todos los momentos bonitos de esa tarde se paseaban rápidos como un rayo por mi cabeza. Solté el aire de un suspiro. Rebusqué la llave oportuna de entre más de una docena de objetos diferentes que cubrían una sola anilla y daban lugar a mi “llavero”. Acerté a la primera a encajarla en la cerradura y la giré dos veces hacia la derecha. Al hacerlo, la puerta se abrió mínimamente pero lo suficiente para que una cálida luz se filtrara por esa fina rendija. La empujé aún con la llave insertada en la cerradura y, mientras la sacaba y cerraba la puerta detrás de mí, saludé a mi madre con un “¡ya he llegado!” rematado con una sonrisa de oreja a oreja.


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