miércoles, 31 de octubre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cuarenta y Siete


Entreabrí los ojos; la poca luz que se filtraba por el cristal me cegó por un instante. Parpadeé repetidas veces antes de poder abrirlos por completo. Perezosa, me destapé. Caminé hacia el baño sin ni siquiera ponerme las zapatillas. Al mirarme al espejo me di cuenta de que no me había cambiado el pantalón de chándal para dormir. Qué desastre. Tenía el cabello alborotado. Me noté pálida y ojerosa de no haber dormido siquiera. Cogí un peine y empecé a desenredarme el pelo. Ni yo misma supe el por qué de tantos nudos. Después de eso me lavé la cara. El contacto con el agua fría me hizo estremecer; me despejé de golpe. Al recordar en qué día vivía, me hice una coleta. Fui hacia el armario y rebusqué mi chándal de footing. Me cambié lo más deprisa que pude; el frío me congelaba incluso los huesos. Salí por la puerta y bajé las escaleras. Mi madre estaba en la cocina preparando el desayuno. 
—¿Y papá?— pregunté extrañada.
—¡Buenos días Rose!— dijo con entusiasmo papá mientras bajaba por las escaleras.
—Rosa— le corregí.
—Rosalía— corrigió mi madre.
—Siempre con lo mismo...— se quejó Harry. Mi madre, simplemente, entrecerró los ojos al mirarle. Mi padre suspiró. —Buenos días, hija— sonreí.
—Buenos días— canturreé.
Nos besó en la frente a ambas antes de tomarse su zumo de naranja. Yo me tomé el mío aunque no me apetecía nada. Después de charlar un poco, nos decidimos a salir. Nos abrigamos con nuestras correspondientes chaquetas. Nada más poner un pie fuera de casa un escalofrío me recorrió entera. —¡Qué frío!— me quejé. Mi padre puso los ojos en blanco y empezó a correr; yo, simplemente, lo seguí a duras penas.

Nada más llegar a casa fui a ducharme. Mi energía estaba en números rojos después de seguir a duras penas a mi padre por el parque. Ya no podía más. Llené la bañera y encendí unas velas aromáticas para relajarme. Me desvestí y me metí en el agua caliente. Mi piel agradeció ese cambio de temperatura. Me sumergí entera durante unos segundos; no forcé el quedarme sin aire y sufrir debajo del agua sin motivo, y menos en aquel momento. Cuando las yemas de mis dedos empezaron a arrugarse, salí. Me puse ropa de estar por casa y revisé las tareas que tenía para el lunes. Me puse a hacerlas. En una hora, más o menos, las tuve acabadas. Miré el reloj: las doce. Me dispuse a llamar a Gael para preguntarle cómo se encontraba. Marqué su número en el teléfono fijo que tenía en mi habitación. Descolgó al cuarto pitido.
—¿Hola?— pregunté.
—Hola— susurró una voz al otro lado.
—¿Tiziana?
—Sí, soy yo. ¿Emma, verdad?
—Sí. ¿Está durmiendo, verdad?— ella rió ligeramente.
—Sí pero ya verás lo rápido que se despierta.
—Pero lo puedo llamar más...— dije. Escuché cómo le decía que yo estaba al teléfono y después rió. —Ahora se pone— dijo entre risas. 
—Mala hermana...— murmulló.
—¿Decías algo?
—No, no, no; nada.
—¿Estás bien?— pregunté seria.
—Sí, tranquila... Esto... Emma...— tosió —Lo siento.
—No te preocu...
—Claro que me preocupo,— me cortó —te podría haber pasado cualquier cosa—. No tenía motivos para hacerlo; quizás sí pero, simplemente, empecé a llorar.
—¿Tú estás bien, Emma?— la voz le tembló.


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miércoles, 24 de octubre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cuarenta y Seis


Dejé con mucho cuidado todos aquellos llaveros en el recibidor. También colgué la chaqueta en el perchero de al lado. Al quitármela, todo mi cuerpo se heló de repente. Tenía las manos completamente congeladas. Las fregué entre ellas antes de abrir la nevera y coger la botella de leche. Cogí un vaso limpio que estaba secándose en el fregadero y lo llené hasta la mitad. Volví a dejar la leche en su correspondiente estante del frigorífico antes de darle un trago al vaso. Cuando estuve a punto de tragar un segundo sorbo, un “¿Emma?” me sorprendió de repente. Por poco no llegué a escupir la leche. La tragué como pude mientras me giraba hacia la persona que me asustó.
—¿Mamá?— pregunté arrugando la nariz.
—¿Emma?— insistió.
—Sí, soy yo... ¿Qué ocurre?— respondí, nerviosa.
—Vale, vale. Había escuchado unos pasos que venían de aquí y quería asegurarme de que eras tú.
—Sí, claro... Tenía sed y he tenido que levantarme— dije mientras movía el vaso de leche, alzándolo un poco. Mi madre sonrió; tenía los ojos entrecerrados, del sueño. Fue subiendo poco a poco las escaleras, tapándose bien con su bata. Solté un profundo suspiro cuando desapareció por el pasillo. “Menos mal”, pensé. Noté cómo mi pulso volvió a desaparecer casi por completo. Las piernas y el vaso que tenía sujeto en una mano, temblaban. Al acabarme la leche conseguí relajarme. Enjuagué el vaso con agua y lo dejé bocabajo en la pica. Me quité las bambas antes de subir las escaleras. A pesar de llevar calcetines, puede notar el gélido suelo contrastar con mis pies, ligeramente calientes. Subí las escaleras con las bambas en una mano. Entré en mi habitación y cerré la puerta de golpe, pero sin hacer ruido. Dejé caer las bambas; sonó un golpe seco. Las aparté con un pie antes de dejarme caer en la cama, totalmente rendida. Estaba agotada. Jamás había tenido que enfrentarme a un problema tan complicado sin el consejo de mis padres. Aunque normalmente, era mi madre la que me aconsejaba. Tuve que tomar una decisión difícil yo sola; no había sido una respuesta fácil de pronunciar: el hecho de que tardase un par de segundos en responder no significaba que había sido fácil. Simplemente hice lo que el corazón me dijo y, a pesar de no tener ninguna obligación en ayudarles, lo hice, y no por quedar bien, sino porque de verdad sentí que debía hacerlo. En aquél par de segundos, el casco que me regaló Jason me motivó. “No tengas miedo”; no tuve miedo a hacer lo que hice. Sí, estaba aterrorizada, pero de las consecuencias hacia mi persona y hacia mis amigos; lo que podía ocurrirnos de malo. Aquella madrugada me sorprendí de mí misma. Todo ese viernes me había hecho pensar en muchas cosas. Sin querer, en mi interior, cambiaron cosas que ni yo supe que lo hicieron. Me sentía diferente después de todo ese día tan ajetreado. Me empezó a doler la cabeza; una pequeña migraña empezó a surgir después de todo. Al notar aquél dolor, me sorprendí de que no hubiese aparecido antes. Me acurruqué y tapé con las sábanas incluso mi nariz. Cerré los ojos con fuerza. A los pocos minutos los abrí de repente al recordar algo. —Oh, no...— murmuré. Me quejé y me revolví en la cama. Recordé que al día siguiente tenía que ir a correr con mi padre.


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miércoles, 17 de octubre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cuarenta y Cinco


La figura de una mujer fue apareciendo poco a poco al otro lado de la puerta, a medida que ésta se abría. —Hola— susurró ella. Contesté imitándole. Me quedé boquiabierta; era una mujer extremadamente bella. Tendría veintisiete o veintiocho años. Era morena, con unos ojos verde esmeralda, y se parecía mucho a Gael. A pesar de no ir nada maquillada y apenas peinada, con el pijama ya puesto, era la chica más guapa que había visto hasta entonces. —¿Está bien?— preguntó un tanto preocupada, apretando los labios. 
—Sí, simplemente se ha pasado un poco... bastante— una sonrisa torcida apareció involuntariamente en mi rostro. Quizás fue ésta misma la que destensó un poco aquella  situación. Ella suspiró profundamente.
—¿Te pediría mucho si me ayudases a dejarlo en el sofá?— intervino de pronto.
—Para nada— respondí, negando ligeramente con la cabeza.
Entre las dos conseguimos recostarlo en uno de los tres sofás que había en aquél salón. Aunque ya había estado anteriormente, no me había fijado en ningún detalle de aquella casa hasta el momento. Los colores granates de las paredes contrastaban con los muebles caoba. Se podía aspirar el aroma cítrico de unas velas de naranja que yacían encendidas en una perfecta línea recta encima de la que debería ser, la mesa principal. Todo fue muy rápido y apenas pude fijarme en mucho más. Noté que mi presencia ya empezaba a incomodar y me dirigí hacia la puerta. La chica me adelantó en un rápido y sutil movimiento para poder abrir ella la puerta. Antes de poder yo salir, entonó un breve “gracias”. Quise quitarle importancia a mi hazaña y, por segunda vez, negué con la cabeza mientras fruncía el ceño. —Por cierto,— sonrío —no me he presentado. Soy Tiziana, hermana de Gael— no me sorprendió, era lógicamente visible.
—Yo soy Emma, una amiga. Y también su aprendiz de piano— solté una ligera carcajada.
—Ah, con que tú eres la tan nombrada Emma...— sonrió, mostrando esta vez toda una dentadura perfecta e impecable. Era una sonrisa muy contagiosa y natural.— Supuse que eras tú de un principio porque, por todo lo que dice siempre mi hermanito, eres la única que le acompañaría a casa. Aparte de que tu inocencia natural te caracteriza, como dice él—. Mis mejillas se incendiaron al instante. —Lo único que puedo darte son las gracias porque, por lo que veo, no parecías estar de fiesta y bueno, esto dice mucho de ti. Gracias.
—No se merecen, sólo he hecho lo que mi corazón decía; me era imposible volver a dormirme sabiendo en las condiciones que estaba y lo que podía sucederle.
—Haré que te lo compense, lo prometo— acabó la frase guiñando un ojo. Yo sonreí. 
Nos despedimos dándonos las buenas noches. Miré el reloj mientras caminaba, fugaz, calle arriba. Eran las tres pasadas; calculé que había tardado, más o menos, una hora en ir y volver. Intenté relajarme pese a todo lo que rondaba mi cabeza en ese instante. Al llegar a la puerta, rebusqué las llaves en los bolsillos. Mientras la sujetaba con fuerza e intentaba insertarla en la cerradura, notaba que mi pulso era casi inexistente; todos aquellos llaveros, al zarandearse y chocarse entre ellos, resonaban en aquella calle vacía y oscura. Después de intentarlo un par de veces, cogí aire y, antes de soltarlo de golpe en un suspiro, conseguí insertar la dichosa llave. Despacio y delicadamente, fui girando la cerradura intentando no hacer demasiado ruido. Después de colarme por la rendija más mínima, cerré la puerta detrás de mí sin que crujiera lo más mínimo.


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miércoles, 10 de octubre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cuarenta y Cuatro


Mi respiración, agitada y sonora, se entrecortaba cada vez que oía que algún vehículo se acercaba por aquella lúgubre carretera. En cuánto nos pasaban de largo, mis músculos se relajaban; tenía miedo de que algún coche de policía pasara por allí en aquel “acertado” momento. Simplemente imaginarme las consecuencias que me conllevaría toda aquella locura me revolvía el estómago.
Intentaba razonar, razonar mínimamente, pero me era prácticamente imposible. Había colocado a Gael sentado en la moto, abrazándome, mientras yo estaba de pie a un lateral, justo de cara a él. Al menos, si se dormía, me daría tiempo a reaccionar y no se caería redondo al suelo. Había sacado con anterioridad su casco del compartimento que había debajo del sillín y lo había colgado en el manillar. Cerré los ojos por unos minutos intentándome concentrar de verdad. De repente, Gael me besó la frente. Fue un beso corto pero se hizo notar más que ninguno. A pesar de estar ebrio, noté un sentimiento en ese beso; noté que fue su corazón el que quiso besarme y que, su poco sentido de la vergüenza en aquel momento, le ayudó. Mantuve los ojos cerrados durante todo aquel momento, incluso varios minutos después. Cuando los abrí, pude comprobar que un cansado Gael tenía los ojos ya entrecerrados. Me quedaba muy poco tiempo. Debía pensar rápido. Lo único que necesitaba era encontrar la forma de transportarle de la forma más segura posible. Me vino a la mente un cinturón de seguridad; mi bombillita mental se encendió. Palpé con cuidado el borde de su pantalón. Menos mal. Como pude, le desabroché el cinturón y se lo quité con cuidado. Fue un momento incómodo pero, con un poco de suerte, no tendría por qué recordarlo si yo no daba el primer paso para rememorarlo.
Cogí el casco que había dejado en el manillar pudiendo dejar así, el cinturón en ese mismo lugar. Después le puse el casco. Coloqué su pierna izquierda al otro lado de la moto para así poder subirme delante de él. Apoyé sus brazos sobre mis hombros, haciendo que su chaqueta se levantara ligeramente y así poder pasar el cinturón por su espalda. Cuando tuve los dos extremos de la tira de piel sujetos con ambas manos, contuve el aliento durante unos segundos para poder atar bien la hebilla. Cuando ya lo tuve atado, fui subiéndolo poco a poco hasta que lo tuve a la altura de mi cintura; ahí ya me apretaba menos. Hice que sus manos me rodearan. Rebusqué en los bolsillos de mi chaqueta hasta que encontré las llaves de la moto que, sigilosamente, me había colocado en uno de ellos Sophie para que Gael no se diera cuenta. Acerté a la primera en el contacto. La giré de golpe; el motor rugió como pudo. Todas aquellas clases prácticas que me había dado mi padre durante le pasado verano, por suerte, recorrieron mi mente. Poco a poco fui siguiendo, paso a paso y cómo él me enseñó, todo lo necesario para poder empezar a dar gas y avanzar por aquella oscura carretera. A medida que iba avanzando, me encontraba más segura en aquella moto. No quise correr demasiado porque Gael, antes de haber llegado a mitad de camino, se había quedado dormido dejando caer su cabeza encima de uno de mis hombros. Recorrí muchos callejones que conocía para poder atajar y llegar lo antes posible sanos y salvos. 

Cuando por fin pude divisar mi casa y pude comprobar así que, por suerte, no había ninguna luz encendida, recorrí sin miedo los pocos metros que quedaban hasta llegar a casa de Gael. Apagué el motor cuando estuve encima de la acera y justo delante de su puerta. Por desgracia, en su casa si que había una luz encendida. Me temí lo peor. Suspiré muy profundamente antes de hacer el esfuerzo de cargar en mis hombros a Gael después de haber desatado el cinturón y de haberle quitado el casco. Pulsé como pude el timbre. No me dio tiempo casi ni a reaccionar cuando de pronto, la puerta se empezó a abrir poco a poco.


Espero que os haya gustado. Compartidlo con tanta gente como queráis. Os quiero mucho. Os lo debo todo.

miércoles, 3 de octubre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cuarenta y Tres


No paraba de tragar saliva repetidas veces. No paraba de suspirar a la vez que cerraba los ojos. No paraba de angustiarme al imaginarme ciertas situaciones que podrían suceder. No podía para de pensar en mí, en darme cuenta de que mi corazón pensaba antes que mi cabeza; en darme cuenta de que querer a una persona era un delito muy grave para mí. Quería a Sophie y quería a Gael. Simplemente el pensar de que Gael, en ese estado, podía hacerle algo a Sophie, me mataba por dentro. Nada más imaginarme que a Gael le podía pasar algo, me dejaba sin aliento. Ni si quiera estar sentada en el asiento de ese vacío vagón de tren me ayudaba a tranquilizarme. El nerviosismo me recorría de pies a cabeza; no podía parar de agitar la pierna derecha. Ni yo misma hubiese sido consciente de que no cesaba de menearla si no hubiese sido porque el casco se movía incesante encima de mi regazo. Tenía la mirada fija y perdida en el mapa que marcaba las paradas que iba recorriendo con unas centelleantes luces rojas. A medida que las paradas se sucedían y se acercaban a mi destino, mi corazón se aceleraba gradualmente. Pasaron un par de minutos más antes de que el tren parara de golpe y me removiera por séptima vez aquella noche, en el asiento. Me levanté decidida y abrí una de las puertas de aquél vagón. Recorrí rápida el camino hacia la salida dándome cuenta de que, a cada paso que daba, mis rodillas flaqueaban y que a cada suspiro que dejaba escapar, mi labio inferior temblaba.

Pude distinguir a Sophie cuando ya estuve a unos cincuenta metros de ella. La negrura de la noche y la poca iluminación de aquellas calles me impedían ver mucho más allá. Al acercarme más pude ver a Gael apoyado en un árbol, vomitando. 
—¿Qué tal?— mi voz temblaba.
—Bueno, he conseguido que caminara un poco sujeto a mi brazo pero antes de que llegases ha empezado a vomitar—. Cabeceé, asintiendo con rabia. —No se merece que le hayan hecho esto...— murmullé.
—La que no te mereces esto eres tú. Lo siento...— respondió Sophie. Reprimí unas amargas lágrimas antes de abrazarla y besarle la mejilla. —Te llamo mañana— me despedí. Ella asintió aún abrazada a mí. Después de eso se giró y empezó a caminar en dirección contraria a la que yo había venido. Se llevó con ella un estridente sonido de tacones que repicaban con fiereza el suelo y un dulce y fuerte aroma a perfume. Yo me dirigí hacia Gael que seguía apoyado en el árbol, ya sin vomitar. Posé mi mano sobre su espalda con cuidado y simultáneamente se sobresaltó, pero después empezó a sollozar. —Ya está, ya está...— intenté calmarle, procurando que mi voz no temblara y acariciándole la espalda. Empezó a llorar más fuerte. —¿Quieres un pañuelo?— pregunté, ofreciéndole uno. Separó sus manos del árbol y recuperó la postura mientras no paraba de miramre con unos ojos bastante rojos e hinchados que intensificaban el color verde de éstos. Dirigió la mirada al pañuelo y muy poco a poco intentó cogerlo pero supuse que aún estaría mareado ya que no acertó. Había traspasado demasiado el límite. Al ver que no pudo cogerlo, arrugó la nariz con rabia. Yo suspiré mientras apretaba los labios. Desdoblé un poco el pañuelo y lo pasé por su rostro mientras recogía unas últimas lágrimas que se le escaparon y secaba la humedad de sus mejillas que habían provocado otras tantas. Sonreí al darme cuenta de que no paraba de mirarme con dulzura. —Bueno, tenemos que irnos. Te llevaré a casa— dije mientras me ponía el casco dejando así, mis dos manos libres para poder sujetarlo. Le pasé mi brazo por su espalda y él pasó el suyo por detrás de mi nuca. A medida que avanzábamos hacia su moto que se encontraba a pocos metros de dónde estábamos, notaba cada vez más su peso en mis hombros. Cuando estuve delante de la moto empecé a pensar que podía hacer para que el viaje fuese lo más seguro posible porque, tuve en cuenta de que quedaban pocos minutos antes de que cayera profundamente dormido.


Con esta ya van ciento y una, de entradas. Todo es gracias a vosotros, y os lo agradezco mucho. Os quiero. Comentad aquí abajo y compartid esta novela con vuestros amigos, tíos, primos... Un fuerte beso a todos.