miércoles, 17 de octubre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cuarenta y Cinco


La figura de una mujer fue apareciendo poco a poco al otro lado de la puerta, a medida que ésta se abría. —Hola— susurró ella. Contesté imitándole. Me quedé boquiabierta; era una mujer extremadamente bella. Tendría veintisiete o veintiocho años. Era morena, con unos ojos verde esmeralda, y se parecía mucho a Gael. A pesar de no ir nada maquillada y apenas peinada, con el pijama ya puesto, era la chica más guapa que había visto hasta entonces. —¿Está bien?— preguntó un tanto preocupada, apretando los labios. 
—Sí, simplemente se ha pasado un poco... bastante— una sonrisa torcida apareció involuntariamente en mi rostro. Quizás fue ésta misma la que destensó un poco aquella  situación. Ella suspiró profundamente.
—¿Te pediría mucho si me ayudases a dejarlo en el sofá?— intervino de pronto.
—Para nada— respondí, negando ligeramente con la cabeza.
Entre las dos conseguimos recostarlo en uno de los tres sofás que había en aquél salón. Aunque ya había estado anteriormente, no me había fijado en ningún detalle de aquella casa hasta el momento. Los colores granates de las paredes contrastaban con los muebles caoba. Se podía aspirar el aroma cítrico de unas velas de naranja que yacían encendidas en una perfecta línea recta encima de la que debería ser, la mesa principal. Todo fue muy rápido y apenas pude fijarme en mucho más. Noté que mi presencia ya empezaba a incomodar y me dirigí hacia la puerta. La chica me adelantó en un rápido y sutil movimiento para poder abrir ella la puerta. Antes de poder yo salir, entonó un breve “gracias”. Quise quitarle importancia a mi hazaña y, por segunda vez, negué con la cabeza mientras fruncía el ceño. —Por cierto,— sonrío —no me he presentado. Soy Tiziana, hermana de Gael— no me sorprendió, era lógicamente visible.
—Yo soy Emma, una amiga. Y también su aprendiz de piano— solté una ligera carcajada.
—Ah, con que tú eres la tan nombrada Emma...— sonrió, mostrando esta vez toda una dentadura perfecta e impecable. Era una sonrisa muy contagiosa y natural.— Supuse que eras tú de un principio porque, por todo lo que dice siempre mi hermanito, eres la única que le acompañaría a casa. Aparte de que tu inocencia natural te caracteriza, como dice él—. Mis mejillas se incendiaron al instante. —Lo único que puedo darte son las gracias porque, por lo que veo, no parecías estar de fiesta y bueno, esto dice mucho de ti. Gracias.
—No se merecen, sólo he hecho lo que mi corazón decía; me era imposible volver a dormirme sabiendo en las condiciones que estaba y lo que podía sucederle.
—Haré que te lo compense, lo prometo— acabó la frase guiñando un ojo. Yo sonreí. 
Nos despedimos dándonos las buenas noches. Miré el reloj mientras caminaba, fugaz, calle arriba. Eran las tres pasadas; calculé que había tardado, más o menos, una hora en ir y volver. Intenté relajarme pese a todo lo que rondaba mi cabeza en ese instante. Al llegar a la puerta, rebusqué las llaves en los bolsillos. Mientras la sujetaba con fuerza e intentaba insertarla en la cerradura, notaba que mi pulso era casi inexistente; todos aquellos llaveros, al zarandearse y chocarse entre ellos, resonaban en aquella calle vacía y oscura. Después de intentarlo un par de veces, cogí aire y, antes de soltarlo de golpe en un suspiro, conseguí insertar la dichosa llave. Despacio y delicadamente, fui girando la cerradura intentando no hacer demasiado ruido. Después de colarme por la rendija más mínima, cerré la puerta detrás de mí sin que crujiera lo más mínimo.


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