miércoles, 14 de noviembre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cuarenta y Nueve


—Es complicado de entender— dije mientras mostraba una media sonrisa.
—Tengo todo el tiempo del mundo, Emma— y al decir eso, se desplomó en la cama.  Yo acabé por imitarle. Me senté con las piernas cruzadas mientras me abrazaba a uno de los cojines. Hundí la cabeza en el cojín a fin de encontrar las palabras exactas para expresar lo que sentía.
—Gael, no sé por qué motivo desvarías todos mis pensamientos y haces que me contradiga a mí misma— fruncí el ceño. Él arqueó ambas cejas, sorprendido. —Sí, tú— añadí al ver su reacción. —Yo quiero con locura a Jason, le conozco desde hace muchísimo tiempo y nunca me había dado cuenta de lo que realmente sentía por él— hice una breve pausa pero, al no observar reacciones, continué con mi discurso. —Pero tú, en cambio... Te conozco desde hace un par de semanas, creo, y has cambiado todos mis esquemas. Tengo claro lo que siento por Jason pero no tengo claro lo que siento por ti. Sé que es muy egoísta y no quiero hacerte daño con esto... Lo siento.
—No te disculpes— se acercó y me sujetó con delicadeza la barbilla, tirando hacia él para que le mirara a los ojos —ni te preocupes por mí. Yo soy feliz con el simple hecho de que puedo tener una relación de amistad contigo.
—Pero tú no te conformas con esto...— endurecí el semblante.
—¿Tú has escuchado lo que acabo de decirte, Emma?— alzó una ceja. Mi gesto se suavizó; un ligero suspiro dejó a su paso una leve sonrisa en mi cara.
—Pero no has hablado con esto— dije mientras le golpeaba con el dedo índice el lado izquierdo de su pecho.
—Te equivocas, otra vez— fruncí los labios —¿te refieres a ésto?— me cogió la mano y la colocó en el lado derecho de su pecho. Me quedé atónita: pude notar cómo retumbaba rítmicamente su corazón con fuerza en ese lado. De ahí a que siempre llevaba una plaquita colgada del cuello, entonces supe que era un aviso por si le ocurría algo. Asentí con la cabeza para responder a su pregunta. —Pues ahora ya sabes dónde dirigirte si quieres llegar a él— me guiñó un ojo. Mis mejillas se incendiaron. Me quedé noqueada. 
—¿Está aprovechando su dextrocardia para flirtear conmigo, Señorito Scateni?— pude decir con retintín cuando conseguí reactivar mi cuerpo.
—¡Anda! ¿Eso es una cucaracha?— señaló al suelo, detrás de mí. Me giré asustada, golpeando mi espalda contra la pared.
—¡¿Dónde?!— grité. Mis ojos se volvieron locos buscando el asqueroso espécimen por toda la habitación. Gael empezó a reírse a carcajadas. Yo me armé con todos mis cojines y empecé a lanzarlos contra él, con rabia. Él se cubría con los brazos sin parar de reír. 

Después del mal rato que pasé con la broma de la cucaracha inexistente, empezamos a hablar sobre nuestras vidas: familia, amigos, anécdotas, recuerdos... Él estaba sentado en la cama con las piernas cruzadas; yo coloqué uno de mis cojines en el hueco que quedaba para estirarme y apoyar la cabeza en él. Mientras me hablaba, me acariciaba el pelo, haciendo tirabuzones con los dedos. Alguna vez intervenía en “su” conversación, pero yo apenas existía en aquel momento. —¿Sabes cantar?— interrumpí de repente. Se quedó pensativo mirando hacia un lado. A los pocos segundos empezó a cantar una canción en italiano con una voz suave y ronca a la vez. Suspiré aliviada. Con él, estando a su lado, me sentía realmente completa.


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