miércoles, 21 de noviembre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cincuenta


Me desperté y chasqueé la lengua. Me acordé de que Gael había venido a verme; me levanté de un salto y giré sobre mí misma en el centro de la habitación. La decepción se apoderó de mis facciones. Me senté, enfadada conmigo misma, en la cama, dejándome caer en ella con los brazos cruzados; al hacerlo, algo salió despedido hacia arriba cayendo despacio en el suelo. Me asomé al borde y vi un post-it, igual que los que había encima de mi mesa, bocabajo. Lo recogí suavemente y lo sujeté con las dos manos para poder leerlo: “He tenido que irme porque se me hacía tarde. No he querido despertarte, te merecías ese momento de tranquilidad y relajación. Espero no haberte molestado con mis palabras y haberte sido de ayuda. Hazme saber que has recobrado el sentido. —Gael— ”. Ese trozo de papel escrito por ambos lados fue la razón de mi enorme sonrisa en aquel momento. Era todo un romántico, la verdad. Sabía que esa nota tenía un doble sentido; sabía que leería entre líneas. Me di cuenta de que, por parte de ambos, nuestra relación  estaba cargada de indirectas y un inconfundible sentimiento de curiosidad. Los dos sabíamos que lo que sucediese entre nosotros, así quedaría; nadie más lo sabría. Ese hecho es el que hacia que me encontrase completamente perdida. Necesitaba algo para poder pensar claro; necesitaba algo decentemente obvio para darme cuenta de lo que en realidad sentía o no sentía. Suspiré y cerré los ojos con fuerza cuando se me ocurrió lo único que podía hacer. Era algo basado en la lógica y la locura; algo que, seguramente, despejaría mis dudas. Tragué saliva y me armé de valor. Salí de mi cuarto con paso firme y decidido. —Emma, vamos a comer en unos minutos, ¿dónde vas?— preguntó mi madre al verme bajar las escaleras y dirigirme hacia la puerta. —Necesito comprobar algo— dije, sin mirarla mientras me enrollaba la bufanda al cuello. Parpadeé, aturdida, debido al frío que golpeó mi cara nada más poner un pie en la calle. Cerré la puerta detrás de mí; mi corazón se aceleró. Se fue haciendo notar más y más a cada paso que daba. Cada segundo más rápido, cada segundo más fuerte. Una angustia apareció desde mi garganta hasta mi pecho; una angustia acompañada de miedo. Era una sensación que desconectaba todos mis sentidos, me hacía, prácticamente, vulnerable al cien por cien. Paré en seco cuando pude distinguir su casa de las demás. Froté mis manos doloridas por el frío. Me miré en el reflejo de la ventana que tenía a mi izquierda: tenía la cara pálida con las mejillas y la nariz enrojecidas. Un escalofrío sacudió todo mi cuerpo y decidí poner en marcha la cuenta atrás. Respiré profundamente, lo que hizo que notase el frío incluso en el interior de mis sienes. Caminé unos cuantos pasos más y me coloqué delante de la puerta. Hice sonar el estridente timbre una vez; pude contar hasta tres antes de que la puerta se abriera ligeramente. Gael asomó su cabeza y al verme, desapareció un par de segundos antes de salir y colocarse justo delante de mí.
—¿Estabas comiendo?— quise ser educada.
—No, pero ahora mismo iba a ponerme a ello— sonrió.
—De acuerdo,— suspiré —tengo algo para ti—. Abrió un poco más lo ojos, sorprendido. —Pero... ¡que más da!— y antes de aferrarme a su cuello, cerré los ojos con fuerza y mascullé, casi para mis adentros, algo parecido a “lo siento, Jason”.
Todo fue muy rápido y cuando recobré el sentido y tomé el control de mi cuerpo, estaba de puntillas sujetándome a su cuello y besándolo. Él paró un momento y me miró a los ojos. Yo no pude clavar mi mirada en la suya, estaba demasiado avergonzada. Cerré los ojos; él empezó a regar de besos una línea imaginaria que se dibujaba desde la comisura de mis labios, pasando por el mentón y la mandíbula hasta detrás de mi oreja. Mi piel se erizó a la vez que mi respiración se entrecortaba con cada uno de aquellos besos. Quería concentrarme en lo que verdaderamente sentía cuando posaba sus labios sobre mi cuerpo pero me era imposible. 
—Gael...— espeté fortuitamente. Él paró y me miró a los ojos, separándose ligeramente de mí. Mi boca se entreabrió , pero no dije nada. Se hizo el silencio entre los dos. Una cierta incomodidad en mi interior me mantenía en la vida real; el temblor de mi labio inferior también me ayudó a darme cuenta de que seguía viva.


Os quiero. Os lo debo todo. Muchas gracias por leer.

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