jueves, 6 de diciembre de 2012

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cincuenta y Dos


—Te estarán echando de menos— dijo Gael, con los labios pegados a mi frente. Abrí los ojos, húmedos.
—Eso creo— me separé ligeramente e intenté esbozar una leve sonrisa. Él respondió imitándome, pero podía incluso palpar su tristeza detrás de esos labios que hacían un esfuerzo para parecer amables. Bajé la mirada a mis dedos que se retorcían entre ellos por los nervios y el frío. Cuando me di la vuelta, pude escuchar como tragaba saliva sonoramente. Se me encogió el corazón y apreté los labios, doloridos. Me encaminé hacia casa con la mirada perdida en las baldosas y mis torpes pies adormecidos. Estaba completamente en blanco, completamente perdida, otra vez. Fue un error. No debí haber hecho eso. ¿Pero me arrepentía acaso? Puse los ojos en blanco, haciendo volver a mi mente una tira de imágenes de esa extraña escena. El suave tacto del fino cabello que nacía de su nuca hizo que mis dedos se tensaran instintivamente. Aquel beso, cargado de ternura por su parte y lleno de curiosidad por la mía hizo que mis labios se separan ligeramente. Un escalofrío me recorrió la columna al recordar aquella docena de leves caricias con sus labios en mi piel. Pero toda aquella agradable sensación que sentía por todo el cuerpo... ¿lo sentía también dentro de mí? Necesitaba analizar todo aquello y, seguramente, torturarme a mí misma por haber metido otra vez la pata. “¿Emma, nunca aprenderás?” decía una vocecilla en mi interior. Fruncí el ceño y apreté los dientes. No, nunca había aprendido la lección. Suspiré al ver que cada vez estaba más cerca de la puerta de mi hogar.

—¿Emma, qué es lo que querías comprobar?— mi madre sonó muy confundida. Intenté pensar la frase antes y decirla de un tirón. Nada de tartamudear.
—Bueno, Gael se había dejado su cartera, y quería comprobar si se había dado cuenta— fingí una sonrisa que ocultaba todo el mal trago anterior. Seguí aclarando los platos que me pasaba mi madre, esperando a que dijera algo. 
—¿Estás bien, cielo?— y lo hizo. Ahí estaba la intuición materna, otra vez.
—Claro— contesté, incluyendo en la respuesta una engañosa cara de sorpresa. Ella frunció el ceño.
—¿Estás embarazada?
—¡¿Qué?! Cómo es posi... ¡Mamá, por favor, por supuesto que no!— no me pude creer lo que acababa de oír.
—Vale, vale... No te alteres. Es nada más una pregunta—. Abrí mucho los ojos, irónicamente, ante su justificación. Suspiré larga y profundamente mientras ponía los ojos en blanco.
—Estos cambios de humor, no sé... Son raros en ti, Emma. Tienes cara de cansada, cielo... Pensé que quizás podías... ya sabes. Una nunca está en lo cierto a estas edades, nunca se sabe.— continuó.
—No es nada, estoy bien, de verdad. Será el cambio de estación: afecta a todo el mundo.
—Supongo— sonrió.

Nada más acabar con los platos, subí a mi cuarto y me estiré en la cama a leer algún poema que me ayudara a recomponer mi “demasiado desordenado” puzzle mental. Mi móvil sonó de repente y todos los músculos se tensaron al oírlo. Dejé reposando el libro encima de mi barriga y alargué el brazo hacia la mesilla para alcanzarlo. Al ver que era Sophie me vino a la mente el momento en el que le dije que le llamaría. Descolgué y la saludé agitadamente.


Gracias por el apoyo. Siento el retraso de este capítulo pero espero haberlo compensado. Un besazo.

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