miércoles, 19 de diciembre de 2012

0

Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cincuenta y Cuatro


Quizás pasaban horas... o minutos cada vez que abría los ojos con las mínimas fuerzas que me quedaban. En uno de esos momentos en los que mis ojos querían ver todo aquello que se sucedía a mi alrededor, vi a alguien sentado al borde de la cama pero, de repente, alguien que salió de la nada empezó a abrirme ambos ojos proyectando una luz sobre ellos: primero el izquierdo y después el derecho. Apenas distinguía nada, ni siquiera aquel haz de luz me cegó tan sólo un segundo. Yo gruñí levemente, quería que ese hombre de blanco que no paraba de hurgarme el cuerpo con su extraños instrumentos se apartase de mi borroso campo de visión. Otra vez aquella pesadez: —Ahora no...— pensé. Los párpados volvían a cubrir mis ojos lentamente sin que yo pudiese hacer nada.

Al despertar me sobresalté. Recorrí con la mirada toda la habitación pero no encontré a nadie. El calor de los rayos de sol me hizo sentirme mucho mejor. Arranqué la manta que cubría mi cama y me la enrollé al cuerpo antes de bajar de la camilla. Noté el suelo muy frío a pesar de llevar calcetines; en ese momento me di cuenta de que llevaba el chándal de domingo puesto. Miré a través de la ventana un atardecer que se oscurecía poco a poco. Dejé que esos últimos rayos, aquel último suspiro de calor que me había acompañado durante aquel sueño se despidiese de mí. El atardecer, ¿había sucumbido a la nada hasta la despedida del Sol? Suspiré. Hice resbalar mis pies sobre el suelo gris, dando la espalada a la ventana. Aquella habitación estaba dispuesta igual que la de Jason cuando ingresó por el accidente de moto. Cerré los ojos rememorando aquella noche. Me estremecí. No lograba entender por qué le había llegado a hacer daño de esa manera. Sí, estaba segura: estaba enamorada. De lo que no estaba del todo segura era de quién. Todo aquello me estaba volviendo loca. La cabeza volvió a darme vueltas. Un dolor punzante se clavó en mis sienes haciéndome cerrar los ojos de golpe; obligándome a apretar la mandíbula. Era algo verdaderamente insoportable. Tenía todos los músculos agarrotados y me sentía agotada. Estiré el brazo derecho hacia atrás a fin de encontrar una pared en la que apoyarme. Cuando lo hice, me dejé caer lentamente hacia abajo. Me cubrí bien con la manta cuando ya estuve sentada y toda esa rabia interior hacia mí misma se manifestó mojando mi cara de lágrimas amargas. Lo intentaba, intentaba arreglar toda aquella situación y de lo único que era capaz era de estropearlo cada vez más. Lo que más me dolía es que unas disculpas no serían suficientes. Tenía que decidirme, debía decidirme. Necesitaba olvidar a una de esas personas para poder continuar con la otra, pero era muy difícil y, lo peor de todo, era que era mi decisión y de nadie más. ¿Había valido la pena besar a Gael? Recordé la foto, ¿quién la debió hacer? ¿Quién fue capaz de compartirla a diestro y siniestro por ahí? ¿Quiénes la habrían visto? ¿Qué pensarían ahora de mí? Quizás esa foto me ayudaría a decidirme, quizás sí se debió hacer esa foto para darme cuenta de que tenía la decisión justo delante de mí, ¿o no? Pregunta tras pregunta se depositaban una encima de otra, dejándome cada vez más aturdida y desconcertada. Las lágrimas no cesaban y ya empezaban a empapar la manta que cubría mi cuerpo tembloroso. Las punzadas que se clavaban como alfileres en mis sienes cada vez se hacían más intensas y no pude reprimir un grito sordo, doloroso y desgarrador. Simultáneamente oía la puerta abrirse. Me apreté más, haciéndome o intentando hacerme más pequeña. Unas manos finas y firmes me levantaron con cuidado la cabeza, obligándome clavar mis ojos en los de una mujer madura y canosa. —¿Estás bien, corazón?— preguntó con ojos alegres. Cabeceé un sí, pero otra punzada me cruzó la cabeza haciéndome apretar ambas sienes con las manos. —Haz que pare... por favor— susurré con ira. Noté que se alejaba de mí. —Ahora vuelvo con las pastillas— la escuché más lejos, no se dirigía a mí. No hubo respuesta oral, quizás gestual pero no tenía ninguna intención de volver a levantar la vista. Oí unos pasos que se acercaban, cautelosos. Alguien se acuclilló a mi lado ya que oí unas rodillas crujir. Pude notar su respiración temblorosa y mi cuerpo se sacudió bajo aquella manta.


Espero que os haya gustado. Espero vuestros comentarios, de verdad. Seguidme en Twitter y preguntarme todo lo que necesitéis. Hasta el próximo; un besazo.

No hay comentarios :

¿Y tú qué opinas?

¡Comenta!