miércoles, 11 de septiembre de 2013

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Ochenta y Dos

Me costó concentrarme durante todo el día. Aún me pesaban demasiado las palabras de Gael. Tenía que aclararlo. Durante todas las clases ese pensamiento me pasó por la mente. Ya fuese por un segundo o por dos. O durante un minuto entero haciéndome estremecer. ¿Tan malo iba a ser aclarar mis dudas, al fin y al cabo? Tenía un mal presentimiento.

Al acabar las clases, cuando ya estaba ordenando mi taquilla y mi mochila, Jason me envió un mensaje diciéndome que pasaría a recogerme. Y eso me alegró. Se lo comenté a Sophie. Quería volver a ver a Jay. Los tres habíamos sido muy buenos amigos, y no me pareció mala idea que se volvieran a ver.
Mientras caminábamos por el pasillo que llevaba a la puerta principal, me di cuenta de que no había visto a Gael en todo el día. Ni en los pasillos. Ni en el comedor. Ni rastro. Y eso me hizo fruncir el ceño y vacilar un segundo.
—¿Estás bien?— preguntó Sophie ante mi repentina pausa.
—Sí. Es que me acabo de acordar de que me he olvidado el libro de lengua en la taquilla— mentí. Ella puso los ojos en blanco.
—De acuerdo. Te espero fuera—. Asentí con una sonrisa. Fui andando ligera por los pasillos hasta que llegué a mi taquilla. Había tenido una idea. Quizás no era la mejor manera, pero era la única con la que no podía echarme atrás. Abrí mi taquilla y saqué el paquete de post-it que siempre tenía a mano para hacerme recordar a mí misma los libros que debía llevarme a casa cada día. En los cambios de clase, para que no se me olvidasen los libros con los que tenía que trabajar esa misma tarde, pegaba un post-it en el interior de mi taquilla con las asignaturas que tenía que llevarme. O apuntaba las fechas importantes el día antes de que ocurriesen. O simplemente las utilizaba para hacer saber ciertas cosas a Sophie “disimuladamente”. Pero esta vez era para algo diferente. Meses atrás él hizo algo parecido, y ahora era mi turno. En el papel escribí: Tenemos que hablar. - M.
Sabía que sabría que era yo. Pero no quise arriesgarme a poner mi nombre completo. ¿Quién sabe? Arranqué a correr nada más echar la notita por una de las rendijas de la puerta de la taquilla de Gael. Sophie sonrió al verme y continuó explicándome el último cotilleo del que se había enterado.

Jason llegó en su moto pocos minutos después de sentarnos en la parada de bus que había delante del instituto. Iba con un pantalón negro de chandal, ancho, supongo que para tapar el vendaje de su pierna ya que se arriesgaba a ser multado. La parte de abriga era la chaqueta de moto de cuero que solía llevar siempre. Se quitó el casco al ver a Sophie, que se acercó después a saludarle con un beso. Después de una pequeña charla y el típico ya nos veremos, nos despedimos de ella. Y antes de que pudiera subirme a la moto, Jason me ofreció un casco negro brillante, con reflejos de purpurina púrpura a la luz. Me quedé sorprendida. Parecía nuevo.
—¿Y esto?— le pregunté mientras lo cogía.
—Hablando con Billy me di cuenta de que debo protegerte bien y que si quiero estar a tu lado, también he de protegerme yo. Así que te he comprado este casco que siempre llevaré en mi moto para cuando tu no lleves el tuyo contigo. Y así yo no quedo sin.
Era un buen motivo. Así que no rechisté. No me gustaba que se gastara tanto dinero en mí, o que su tío lo hiciese por él. No me gustaba que nadie se gastase dinero por mí. Lo mejor sería regalarle algo que lo compensase en Navidades y todos contentos.

Cuando Jay paró la moto en un cruce con el semáforo en rojo, vi a Gael cruzando por él. Y el corazón se me aceleró. Tenía que hablar con él, y quizás esa era la única oportunidad. Ya no había vuelta atrás, así que no importaba si hoy o mañana. Me levanté la visera e intenté gritar su nombre para que se girase, pero el casco me acolchaba demasiado la voz. Jay se dio cuenta e intentó ayudarme haciendo rugir la moto varias veces seguidas. Y funcionó. Se giró y, en ese momento, oí cómo un coche frenaba bruscamente justo detrás de mí. Miré el semáforo que seguía en rojo. Miré el carril de al lado. Miré a Gael. Mis manos temblaron. Mi cuerpo se estremeció al escuchar el tremendo impacto justo delante de mí.

Segundos después todo fue histeria. Pánico. No supe qué hacer. Jay aparcó la moto en la acera para intentar hacer algo por Gael. El coche no paró e hizo que él se metiera en su interior por la luna delantera. Rompiéndola con su cuerpo. Todo eran llamadas de teléfono. Gritos. Lágrimas. Sangre. A los pocos minutos las sirenas de las ambulancias se sumaron a aquello. Jason me acunaba en su regazo, de rodillas él en el asfalto. Yo lloraba. Me culpaba. Él miraba con miedo toda aquella escena. Al igual que yo, no se lo podía creer.

Cuando tuve la suficiente fuerza para hablar, presté declaración a los policías que vinieron. Y lo mismo hizo Jay. No me dejaron pasar a ver a Jay mientras lo colocaban en la ambulancia. Tampoco creí que fuese justo que yo estuviese allí después de todo lo que había significado para él conocerme. Lo único que creí que sería de ayuda era darles los datos, al menos, de su hermana y dónde vivía. Finalmente se lo llevaron al hospital. Dijeron que él se recuperaría, pero el conductor murió.


Como cada primer domingo de mes, le llevo flores a su habitación. Jay me acompaña, sabe que es muy duro para mí. Me encuentro a su hermana, con ojos tristes, pero que intenta esbozarme una sonrisa. Siempre me recuerda que yo no tuve la culpa, que fue un accidente. Yo no puedo dejar de culparme porque Gael esté en coma después del terrible suceso. Me acerco a su cama, donde duerme en un sueño muy profundo, con el semblante tranquilo. Semblante marcado por las cicatrices que perduraran toda la vida. Ya ha pasado un año. Le aprieto la mano y le beso la frente y me vuelvo a disculpar. Vuelvo a pedirle perdón por todo. Silencio. Las máquinas retumban en la habitación. Me siento a los pies de la cama mientras Tiziana me explica los pocos cambios que ha habido este mes. Me da las gracias por las flores. Jason me aprieta el hombro con una mano, compasivo. Pero yo sé que no las merezco. Ni que merezco el apoyo de Jay en esto. Para mí, besar a Gael fue una equivocación que me costó, casi, la pérdida de Jason, pero que por suerte se pudo solucionar. Pero para él, el simple echo de conocerme, ha sido el peor error que haya cometido. Casi le cuesta la vida. Y nadie sabe si ahora, esto tan complejo, tiene solución.


¿Fin? Quién sabe. De momento voy a dejarlo aquí. Espero que esta novela os haya gustado, de verdad. Gracias por todo el apoyo durante todo este tiempo, por todas esas visitas. No os abandono, ni mucho menos. De vez en cuando seguiré colgando cosillas. Prometido. Pero he decido que volveré a leerla entera, corregiré los errores y compactaré todos estos capítulos en lo que es: un libro. Cuando esté listo, ya os lo haré saber por si queréis descargarlo. Os quiero. Hasta siempre.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Ochenta y Uno

Me desperté de golpe tras soñar con una pesadilla. Esa sensación de caer al vacío mientras duermes no es nada agradable, y no supe si quizás era un augurio de lo que se me venía encima. Pensé en Sophie. Y en Gael. Y en Jason. Y en la hora que era. Miré el reloj y supe que faltaba media hora hasta que sonase. No quise desactivarlo ya que, seguramente, después no me acordaría de volver a encender la alarma y porque quizás me quedaría dormida otra vez. Así que para evitar lo segundo, me levanté de la cama y fui a ducharme. Nada como un poco de agua fría para afrontar un nuevo día. Y aunque ya casi estábamos llegando al invierno, no pude resistirme a ponerme bajo un chorro de agua fría durante un par de segundos cuando acabé de aclararme el jabón con agua caliente. Necesitaba despertar todos mis sentidos para poder afrontar esas conversaciones que, a pesar de no haber existido todavía, ya me traían de cabeza.

Esperé hasta que sonó mi despertador y a su vez el de mi madre para poder encender el secador. Durante esos diez minutos antes me cepillé los dientes y me vestí. Sabía que mi padre ya se había ido a trabajar poco antes de que yo me despertase, y sólo había riesgo de despertar a mi madre con el secador. Su oficina quedaba en la otra punta de la ciudad, a unos cuarenta minutos largos en coche. Si no madrugaba, no llegaba. Así que nada más parar el estruendoso ruido de mi despertador, me sequé el pelo a toda potencia. Me lo dejé suelto, recogiendo el largo flequillo detrás de mi oreja para que no me molestase. Salí del baño y me dirigí a mi mochila para comprobar que llevaba todo lo necesario y cuando acabé, me la colgué a un hombro y salí como una flecha hacia la cocina.

Cuando terminé de llenar un vaso de café recién hecho para mi madre, me preparé un vaso de leche caliente y me comí una magdalena mientras éste cogía temperatura en el microondas. Cuando fui a dejar el vaso caliente en la encimera, vi cómo mi madre bajaba las escaleras ya arreglada. Entrecerró los ojos al verme a la vez que levantaba una ceja.
—Me he despertado a las seis y media de una pesadilla y he decidido aprovechar la mañana— le expliqué.
—Vaya, podrías hacerlo todos los días— se burló ella al ver su café preparado.
—Eso ya es un poco más complicado— dije bromeando. Me despedí de ella plantándole un beso en la mejilla. Cuando llegué al recibidor me abrigué bien, me colgué la mochila y salí por la puerta.
Anduve todo el camino con paso firme y rápido, esquivando a la gente que iba a una velocidad más reducida que la mía. Cuando estuve justo frente a la puerta del instituto cogí una buena bocanada de aire y entré por ella con un paso más relajado. Cuando divisé mi taquilla a unos tres metros, vi que Sophie tenía abierta la suya y sólo se le veían las piernas detrás de esa puerta abierta. Me acerqué con sigilo y abrí la mía con la misma rabia que sentí cuando escuché de la boca de Jason lo que le confesé a Sophie. Se supone que que ya era un tema zanjado.
—¿Por qué se lo contaste?— dije con sequedad después de cerrar de un portazo. Ella cerró con suavidad la puertecilla y agarró sus libros con fuerza. Sabía tanto como yo que esta conversación iba a surgir de un momento a otro.
—No quería decírselo, pero no me dejó opción. Me llamó decenas de veces. No sé cómo supo que yo sabía algo más. Tras tantos intentos de contactar conmigo, se presentó en mi casa a pedir explicaciones. Y no se las quise dar hasta que no me puso entre la espada y la pared. Él mismo había caído en la conclusión de que algo teníais que haber hablado. Gael no denunció el accidente cuando era lo mejor que podía hacer para hacer daño a la persona que irrumpía en su camino hasta ti. Y se extrañó de que de repente lo tuvieses tan claro con él cuando, incluso sin haberlo visto en persona, sabías que fue Jason quien empezó la pelea. No entendió cómo podías haberle pasado eso por alto, y él mismo se dio cuenta de que algo de más calibre tenía que haber sucedido con Gael para que no hubieseis mantenido una conversación sobre dicho hecho después de todo— eso último era bien cierto. Gael no era el tipo de chico que se pelearía de esa manera por una chica. —Él también se preguntaba si te había hecho daño, Emma. ¿Cómo iba a dejarle con esa duda en la cabeza? Si realmente lo había hecho, sabía que no ibas a contárselo.
Y la entendí. Y supe que Jay también tenía derecho a saberlo.
—Siento haber dudado de tu silencio. Ahora sé que realmente no tuviste opción— sonreí al imaginarme la situación. Jason podía llegar a ser la persona más tenaz del mundo. No iba a parar hasta encontrar la respuesta.
—Ya sabes que nunca te traicionaría de esa manera.
La abracé con todas mis fuerzas. Nos queríamos demasiado como para hacernos daño por la espalda. En ese momento supe que una de las personas que quería con todo mi corazón seguía estando en mi vida.


Gracias por leerme. Os anuncio que el final de esto se acerca. Empieza un curso bastante duro para mí y que no sé cómo voy a afrontar. Así que he decido dejar esto de escribir por un tiempo. Lo más seguro es que sea durante todo este curso. Seguiré colgando textos de vez en cuando, pero no más novela. Además, que ya toca ponerle un final a esto,  ¿no creéis? La semana que viene tendréis la última entrega de esta historia. Os quiero.

Comentad aquí debajo y votad con un simple clic.

miércoles, 28 de agosto de 2013

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Reflexión: Your world needs a break

Ante todo quiero disculparme por no haber colgado este texto la semana pasada ni dar explicación alguna por ello hasta hoy. Disculpadme, pero por problemas personales no he podido hacerlo antes, pero no he dejado de pensar en ello.

Esta es una reflexión que escribí el curso pasado, en inglés. Ya sabéis que tenéis la traducción a castellano más abajo.

Your world needs a break

They will never understand that the world needs a break. Nobody expects that the world stops for an hour, a minute or a  second. Some people are happy with what they have; other people always want more.

Everyone knows that the world will end this year, but nobody expects it. Why we want plan the future? The future doesn't exist. Life is the present, the moment. Life is now. In our life we have dreams, aspirations... We believe that our dreams will come true and we can do what we dream. Actually, things aren't so simple like that. Maybe you have to buy your dreams, maybe you have to renounce to everything to be what you want to be. But you must never give up.

Nobody can't tell you that you can't change the world. Everyone can do small things to change their lives. Those lives could change the world. The wars never made this world a better one. And they won't. It's easier to get what you wish with a smile than with the tip of a sword, never better. A soldier follows orders, doesn't give happiness. It might be wrong saying this, but I know that the experience is all the mistakes that we made, because no one is perfect. So far, nobody can live without an inspiration, mine is a phrase: “Don't worry, be happy”.

You don't need to read self-help books to find the way to happiness, you just need to try to not to get confused between the head and heart. And remember, you can brighten someone's day with your smile, so never stop smiling.



Y aquí está la traducción:

Tu mundo necesita un descanso

Ellos no entenderán que el mundo necesita un descanso. Nadie espera que el mundo se pare durante una hora, un minuto o un segundo. Algunos son felices con lo que tienen; otros siempre quieren más.

Todo el mundo sabe que el mundo se acabará este año, pero nadie lo espera. ¿Por qué queremos planear el futuro? El futuro no existe. La vida es el presente, el momento. La vida es ahora. Durante nuestra vida tenemos sueños, aspiraciones... Creemos que nuestros sueños se cumplirán y que podemos hacer lo que soñamos. En realidad, las cosas no son tan fáciles como eso. Puede que tengas que comprar tus sueños, quizás tendrás que renunciar a todo para ser lo que quieres ser. Pero nunca tires la toalla.

Nadie puede decirte que no puedes cambiar el mundo. Todos pueden hacer pequeñas cosas para cambiar sus vidas. Esas vidas podrían cambiar el mundo. Las guerras nunca han hecho de este mundo uno mejor. Y no lo harán. Es más fácil conseguir lo que deseas con una sonrisa que con la punta de una espada, nunca mejor dicho. Un soldado sigue órdenes, no da felicidad. Puede que esté mal decir esto, pero sé que la experiencia son todos los errores que hemos hecho, porque nadie es perfecto. Hasta el momento, nadie puede vivir sin una inspiración, la mía es una frase: "No te preocupes, sé feliz".

No necesitas leer libros de autoayuda para encontrar el camino a la felicidad, sólo tienes que intentar no confundirte entre la cabeza y el corazón. Y recuerda, puedes alegrar el día de alguien con tu sonrisa, así que nunca dejes de sonreír.


Espero que os haya gustado y me disculpéis por lo ocurrido. Os espero la semana que viene con un nuevo capítulo de la novela. Besos a tod@s.

miércoles, 14 de agosto de 2013

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Ochenta

Me dio un último beso rápido en la sien y echó a correr hacia el coche, que se alejaba no precisamente despacio. Después de dar varios golpes en el techo mientras corría al lado del vehículo, éste paró de golpe y Jason pudo subirse a tiempo. En cuánto se alejaron y ya no pude verles empecé a rebuscar en el pequeño bolso que llevaba las llaves. Eché una última ojeada a mi reloj antes de meter la correspondiente en la cerradura: las diez menos diez. Estaba dentro del límite permitido. Metí y giré dicha llave. Abrí la puerta y la cerré a mis espaldas. Vi a mi madre en el sofá, con el codo apoyado en el reposabrazos y la cabeza apoyada en esa mano. Tenía la televisión encendida con el volumen al mínimo y una taza ya vacía pero con un sobre de infusión aún dentro. Me acerqué un poco más y pude distinguir en el cartoncito atado al final del cordón blanco que colgaba del borde el nombre de aquellas hierbas: tila. Cerré los ojos y suspiré. En ese momento supe que mi madre estaba más preocupada por mí de lo que yo creía. Mi autoestima bajo durante las últimas semanas y el desmayo como consecuencia de ese estrés no ayudaban demasiado. Y más si salía a cenar con uno de esos quebraderos de cabeza llamado Jason. Le di un beso en la coronilla mientras le anunciaba mi llegada. Ella se despertó del sueño en el que había caído y me besó repetidamente ambas mejillas. Apagó la tele con el mando y se puso en pie.

—¿Te lo has pasado bien?— me preguntó mientras cogía su taza de la mesita de centro y la llevaba al fregadero.
—Muy bien. ¿Y sabes qué? He tenido que cantar para los comensales del restaurante.
—¿En serio?— se quedó boquiabierta, mirándome.
—Sí, era una sorpresa. Y he conocido a su tío. Seguro que te encantará— añadí un guiño a aquella última frase. Ella rió ante mi insinuación y puso los ojos en blanco.
—Hija, con tu padre tengo suficiente— eso me hizo reír. Sabía a lo que se refería. —Aunque puedes traerlo a cenar y alegrarme las vistas—. Entonces fui yo quien puso los ojos en blanco a la vez que reía. 

Me encaminé hacia las escaleras y antes de poder poner el pie en el primer escalón mi madre me paró diciendo que mi padre estaba durmiendo. Entrecerré los ojos, mirándola, pensando a qué se refería. Me di un golpecito en la cabeza con la mano cuando lo entendí. Me descalcé aquellos tacones y los llevé en la mano escaleras arriba mientras le daba las buenas noches a mi madre mientras subía. Nada más entrar en mi habitación y cerrar la puerta inspiré hondo y suspiré. Dejé caer los zapatos a los pies de la cama y me cambié de atuendo. Después de lavarme los dientes, quitarme el maquillaje y recogerme el pelo en un moño alto me metí en la cama. Estaba cansada y los párpados me pesaban, pero eso no fue excusa para mi mente. No dejaba de pensar en lo que me había dicho Jason, lo que sabía acerca del encuentro de Gael en el hospital después de la pelea. La única persona que sabía de aquello era Sophie. Apreté la mandíbula. Tendría que hablar con ella seriamente. Y con Gael. No estaba muy segura de qué le iba a decir ni si él me contaría la verdad. O quizás sólo me dijera lo que yo quería escuchar. ¿Valdría la pena arriesgarse? Realmente no lo tenía claro, pero necesitaba saberlo. Y Sophie me tendría que dar una muy buena explicación para que volviese a confiar en ella. Me quedé dormida mientras elaboraba mentalmente los diferentes discursos que tendría que dar a ambos.


Primero de todo, espero que os haya gustado el capítulo. Segundo: creo que os habréis dado cuenta de que he cambiado el nombre del blog por "They call me Carla" (antes era By: carletas, como sabréis), pero eso no altera el funcionamiento del blog ni su objetivo. Sigue siendo el mismo blog, pero con un nombre diferente y una cabecera distinta que espero que os guste (hecha a mano 100%). Y por último,  cualquier duda que tengáis, ya sabéis, podéis consultarla conmigo enviando un e-mail al correo dudasparacarla@gmail.com. Votad aquí debajo qué os ha parecido con un simple click. Besos a tod@s.

miércoles, 7 de agosto de 2013

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Reflexión: Acción, reacción

No sé tú, pero mi cuerpo se aburre sin ti. 
Necesita que le alaben y le adoren esas palabras bonitas que hacen que el vello se erice cuando atraviesan el corazón. Necesita que esos dedos, esas manos ya familiares se paseen por cada rincón. Palpitante el corazón, mi cuerpo necesita escuchar tus latidos, también, para darse cuenta de que ambos cuerpos necesitan lo mismo. 
Sienten lo mismo al entrar en contacto. 
Pero no sería suficiente. 
Mi cuerpo necesita sentir tus labios, suaves. 
Besos tiernos.
Susurros piel con piel. 
Necesita sentir ambos pares de colmillos, desgarradores.
Mordiscos atrevidos, descaradamente certeros.
Y ahí es cuando mi cuerpo me abandona y no soy responsable de sus actos. 
No escucho. Ni siento. Dejo que lo haga por mí.
Dejo que se sacie del tuyo, del cual tú tampoco llevas las riendas. 
No somos capaces de hacerlo. 
Tampoco queremos.
Pues sin ti mi cuerpo no puede abandonarme y tengo que estar aguantando cómo echa de menos el tuyo.
Necesitándolo.
No puede explotar. Es el tuyo la mecha que ha de encenderlo y haga estallar esa ya incontable guerra mundial.
Y vuelta a empezar, pero si tú no estás aquí... Mi cuerpo se aburre sin ti.


Espero que os haya gustado. Cualquier duda que tengáis, hacédmelo saber enviando un correo a esta dirección dudasparacarla@gmail.com. Os espero la semana que viene con un nuevo capítulo de la novela.
Os quiero.

miércoles, 31 de julio de 2013

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Setenta y Nueve

Los minutos pasaron y finalmente llegamos a nuestro destino: mi casa. Will aparcó el coche y se bajó el primero. Jason, al darse cuenta de sus intenciones, se bajó también lo más deprisa que pudo. Y nada más encontrarse los dos hombres delante de la puerta por la que se supone que yo tenía que salir, empezaron a discutir. A los pocos segundos Jay empezó a dar voces y bajé por la puerta contraria para poner paz. Rodeé la parte de atrás del vehículo y me situé detrás de aquel hombre trajeado que, por increíble que pareciese, era el tío de Jason. Carraspeé lo bastante fuerte para que ambos cortasen su alterada conversación callándose a la vez. William se giró hacia mí y puso los ojos en blanco mientras sonreía. Sabía a lo que se refería con eso.
—Ha sido un placer conocerte, Emma— dijo guiñándome un ojo a modo de despedida. Después se volvió hacia su sobrino, que se tocaba el pelo, nervioso, y le amenazó con dejarle allí plantado si tardaba más de cinco minutos. Mientras Will se subía al coche, nosotros anduvimos el poco trozo que había de allí a la puerta.
—Has estado genial, pequeña— dijo Jay con dulzura y con ese brillo en los ojos que le delatarían si dijese lo contrario.
—Todo ha sido gracias a ti. Aunque ésta no te la paso— le amenacé frunciendo los labios mientras le golpeaba levemente con un puño en el hombro. Él sonrió escapándosele así un suspiro. No pude sostenerle la mirada cuando lo hizo, me ruborizaba cada vez que hacía eso. Él me obligó a posar otra vez mi mirada en la suya dándome con la punta de su dedo en la nariz.
—¿Qué?— pregunté sin poder evitar sonar nerviosa.
—Bésame— arrastró cada sílaba de aquel susurro sonando así a súplica y, de repente, en mi mente apareció la imagen de Jason en el hospital pidiéndome lo mismo y del mismo modo. Sorda y ciega o definitivamente tarada debería de haber estado para negarle esa petición a él, a ese chico, a Jason Thomas. Así que pasé mis dedos por la parte de atrás de su cabeza, hundiéndolos en su pelo. Acaricié con el pulgar de la otra que tenía libre su labio inferior y al hacerlo, su impaciencia pudo con él y se lanzó a mis labios como nunca antes lo había hecho. Sentí descargas por toda mi espina dorsal al notar cómo su cuerpo se pegaba al mío. Me agarró por el cuello y posó la otra palma en mi espalda para amortiguar su propio impulso. A pesar de que pudo parecer agresivo, para nada lo fue. Sus labios acariciaban los míos con dulzura y una necesidad que no acababa de entender. Cuando él mismo puso fin a aquello, juntó su frente con la mía mientras cerró los ojos con fuerza y su mandíbula se tensó a la vez.
—¿Arreglarás las cosas con Gael?— soltó de golpe. Me quedé helada. ¿Tenía miedo de perderme? ¿Eso era lo que le preocupaba?
—No lo creo. No sería sano volver a tener contacto con él, la verdad— fruncí el ceño.
—¿Lo dices por el beso o por lo del ascensor?— ¿Cómo? Había intentado ocultarle a Jay aquella parte de la historia.
—¿Quién te lo ha dicho?— levanté la voz ligeramente.
—Eso ahora no importa— intenté protestar pero me calló posando un dedo sobre mis labios —lo que importa es si, después de todo, vas a volver a darle  la oportunidad siquiera de que se acerque a ti. Porque te juro que si llega a tocarte lo más mínimo, yo... yo no sé lo que...
—Vale— le corté y suspiré. —Sé que no se merece nada de mí después de todo lo que ha supuesto conocerle, pero estoy segura de que lo hizo para que me alejase de él. Quería que pensase que había estado ocultándome cómo era en realidad y así asustarme— Jay puso los ojos en blanco. Obviamente la persona que se lo había contado había exagerado la versión original. —Jason, escúchame, por favor, — volvió a mirarme —¿tú harías daño a la persona que quieres? ¿Serías capaz de dejar que se acercase a ti, aunque eso suponga hacerle daño? — oí cómo tragó saliva y miró al suelo.
—Prefirió hacerse daño él que hacértelo a ti— clavó sus ojos miel en los míos cuando terminó la frase. Yo cabeceé un sí. La bocina del coche de Will sonó un par de veces, interrumpiéndonos. Jason se giró y le gritó que esperase un minuto más. Comprobé por encima de su hombro que el coche seguía allí cuando se volvió otra vez hacia mí para retomar la conversación.
—Al darse cuenta de que sus posibilidades conmigo eran mínimas y al ver que yo estaba tan confundida que me estaba haciendo daño a mí misma incluso... Decidió cortar por lo sano. Pero no quiero ser injusta y tacharle de algo que no es. Quiero tener una última conversación con él para darlo todo por finalizado. Quiero que sea franco conmigo... Al menos quiero darle la oportunidad de que lo sea—. Jason suspiró al percibir en mi tono de voz que no habría súplica válida para que cambiase de idea.
—Te quiero— susurró.
—Yo también te quiero, Jay. Mucho —sonreí ampliamente junto con aquella última palabra y me lancé a su cuello. Su respuesta fue simultánea y repitió el gesto enredando sus brazos alrededor de mi cintura.
Y estuvimos abrazados hasta que ambos oímos cómo el motor del coche arrancaba. Jason maldijo en mi oído. Yo, simplemente, le sugerí que corriese.


Espero que os haya gustado el capítulo. El jueves me voy de vacaciones, pero no os preocupéis, la semana que viene tendréis el texto correspondiente. Cualquier duda que tengáis, ya sabéis, podéis consultarla conmigo enviando un e-mail al correo dudasparacarla@gmail.com. Os quiero.

miércoles, 24 de julio de 2013

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Reflexión: La màquina del temps

¡Hola lector@s! Esta semana os traigo otro de los relatos con los que gané en el concurso de mi colegio. Es una reflexión un poco dura, quizás y con algún tono de ironía. Espero que os guste. Esta es la versión original, en catalán, más abajo encontraréis la traducción en castellano.



Tant de bo poguéssim tornar al passat o veure el futur. Tant de bo existís la manera de tornar a aquells moments quan eres petit i et trobàves al pati de l'escola amb els teus companys, somrient i feliç, sense els problemes que ara t'envolten, veritat? Potser estiguis passant un moment complicat en la teva vida, un moment on desitjaries estar en qualsevol altre lloc que no fos on en trobes ara. Si fóssim lliures ens allunyaríem, és clar que ho faríem. Però, com tothom, estem condemnats a viure en un món on la llibertat està dictada per unes lleis que ens fa por traspassar, perquè ens arrabassarien part del nostre temps, de la nostra vida, tancant-nos amb clau entre quatre parets de maons grisos i humits. Totes aquestes persones que han sigut prou valentes o prou necies per mirar per sobre l'espatlla aquestes normes, segurament també desitjarien tornar enrere per tornar a ser lliures. El fet de tenir entre nosaltres aquesta màquina del temps que molts anhelen, canviaria vides, no ho dubto.

Però vivim al selge XXI, on el més important és tenir diners per poder ser propietari de tot el que es desitja. En aquests temps els diners fan el poder, això que l'home sempre ha desitjat tenir sota els seus peus. I no fa falta ser una bona persona per tenir diners; més diria que aquestes cares de pomes agres fan que tothom es cregui que aquest poder que es té és molt més. Com agrairien aquests pobres innocents que s'han deixat enganyar pel simple fet de poder poseir totes aquelles coses que els van ser promeses en un principi, veure com els seus iguals, encerats de cap a peus pel frec de tants papers de colors amb un valor que no és més que físic, cauen en un profund abisme amb un fons massa fosc pel fet d'haver sigut tant egoístes! Com agrairien veure aquest futur on, per estranya raó que sembli, guanyen el treball i l'esforç per una considerable golejada, ja que tot el puja, baixa.

Per això, tot allò dolent pel que passa la societat d'avui dia és motiu suficient perquè aquesta desitgi poder crear una màquina que els mostrés si la seva ànima acabarà feliçment en un cel paradisíac o es quedarà a la Terra per la pròpia pena que tant li pesa i que no li deixa enlairar-se amb l'últim sospir del cos del qual s'acomiada. De veritat volem saber si en un futur, proper o llunyà, som capaços de volar? Podríem viure sabent que, fem el que fem, no podrem planejar al costat d'aquests núvols que viatgen constanment damunt dels nostres caps? Potser només volem saber si la nostra pell s'arrugarà molt o no; si plourà demà o farà sol. Però, com d' emocionant seria la vida si ho sabéssim, tot això? No podríem canviar el que succeirà d'aquí fins a saber quan, a més a més.

Crec que, si encara no existeix aquesta màquina del temps, és per una bona raó i no perquè no poguem dissenyar-la amb tot el talent que hi ha per tot arreu; no perquè no poguem construir-la amb tota la intel·ligència que s'amaga darrere d'unes ulleres prèviament polides amb la vora de la samarreta. No és necessària, i no ho serà si ens conformem amb la memòria per aprendre dels errors comesos, si vivim el present cada dia amb un somriure i si aconseguim controlar aquest maleït afany de saber què passarà demà. No us preneu com un càstig el fet de tenir sempre el mateix dubte al cap, aquest dubte amb el que vius dia a dia. Nosaltres som les nostres pròpies màquines del temps que viatgen, sense adornar-nos, per la vida.


Y aquí está la versión castellana:

Ojalá pudiésemos volver al pasado o ver el futuro. Ojalá existiese la manera de volver a aquellos momentos cuando eras pequeño y te encontrabas en el patio de la escuela con tus compañeros, sonriendo y feliz, sin los problemas que ahora de envuelven, ¿verdad? Quizás estés pasando un momento complicado en tu vida, un momento donde desearías estar en cualquier otro sitio que no fuese donde te encuentras ahora. Si fuésemos libres nos alejaríamos, claro que lo haríamos. Pero, como todos, estamos condenados a vivir en un mundo donde la libertad está dictada por unas leyes que nos da miedo traspasar, porque nos arrebatarían parte de nuestro tiempo, de nuestra vida, encerrándonos con llave entre cuatro paredes de ladrillos grises y húmedos. Todas estas personas que han sido lo bastante valientes o lo suficientemente necias para mirar por encima del hombro todas esas normas, seguramente también desearían volver atrás para volver a ser libres. El hecho de tener entre nosotros esta máquina del tiempo que muchos anhelan, cambiaría vidas, no lo dudo.

Pero vivimos en el siglo XXI, donde lo más importante es tener dinero para poder ser propietario de todo lo que se desea. En estos tiempos el dinero hace el poder, esto que el hombre siempre ha deseado tener bajo sus pies. Y no hace falta ser una buena persona para tener dinero; más diría que estas caras de pocos amigos hacen que todo el mundo se crea que este poder que se tiene es mucho más. ¡Cómo agradecerían estos pobres inocentes que se han dejado engañar por el simple hecho de poder poseer todas esas cosas que les fueron prometidas en un principio, ver como sus iguales, encerados de la cabeza a los pies por el friegue de tantos papeles de colores con un valor que no es más que físico, caen en un profundo abismo con un fondo demasiado oscuro por el hecho de haber sido tan egoístas! Cómo agradecerían ver este futuro donde, por extraña razón que parezca, ganan el trabajo y el esfuerzo por una considerable goleada, ya que todo lo que sube, baja.

Por eso, todo aquello malo por lo que pasa la sociedad de hoy día es motivo suficiente para que ésta desee poder crear una máquina que les mostrase si su alma acabará felizmente en un cielo paradisíaco o se quedará en la Tierra por la propia pena que tanto le pesa y que no le deja despegar con el último suspiro del cuerpo del cual se despide. ¿De verdad queremos saber si en un futuro, cercano o lejano, somos capaces de volar? ¿Podríamos vivir sabiendo que, hagamos lo que hagamos, no podremos planear al lado de estas nubes que viajan constantemente encima de nuestras cabezas? Quizás sólo queremos saber si nuestra piel se arrugará mucho o no; si lloverá mañana o hará sol. Pero, ¿cómo de emocionante sería la vida si lo supiésemos, todo esto? No podríamos cambiar lo que sucederá de aquí hasta a saber cuando, además.

Creo que, si encara no existe esta máquina del tiempo, es por una buena razón y no porque no podamos diseñarla con todo el talento que hay por todas partes; no porque no podamos construirla con toda la inteligencia que se esconde detrás de unas gafas previamente pulidas con el borde de la camiseta. No es necesaria, y no lo será si nos conformamos con la memoria para aprender de los errores cometidos, si vivimos el presente cada día con una sonrisa y si conseguimos controlar este maldito afán de saber qué pasará mañana. No os lo toméis como un castigo el hecho de tener siempre la misma duda en la cabeza, esta duda con la que vivimos día a día. Nosotros somos nuestras propias máquinas del tiempo que viajan, sin darnos cuenta, por la vida.


Espero que os haya gustado. Cualquier duda que tengáis, hacédmelo saber enviando un correo a esta dirección dudasparacarla@gmail.com. Os espero la semana que viene con un nuevo capítulo de la novela. Besos a tod@s.

jueves, 18 de julio de 2013

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Setenta y Ocho

En cuanto fui consciente de la situación en la que me encontraba, fui entonces capaz de dar las gracias a toda esa gente que había estado aplaudiendo. Me giré hacia Jason y él me hizo un gesto con las manos para que continuase cantando. Y repetí la misma operación dos veces más. La gente estaba encantada, o al menos parecía estarlo. Miré la hora de mi reloj al acabar la tercera canción: las nueve y media. Ya era hora de ir a casa y así se lo hice saber a aquellos comensales que rieron divertidos al saber el motivo de mi temprana despedida. Jason me cogió de la mano y me ayudó a bajar los dos escalones del entarimado y después las escaleras que habíamos subido anteriormente. La única diferencia fue que ahora podía saber por mi cuenta dónde poner el pie para no caerme. En la recepción, la chica que nos atendió al principio de nuestra velada me felicitó por la actuación y Jason le dio las gracias por haberle hecho el favor de reservar el entarimado aquella noche para alguien que no sabían cómo de bien o mal cantaba. Creo que Jay no defraudó a nadie. Cuando estuvimos en la calle, sacó su móvil y llamó, seguramente, a la persona que antes nos había traído en coche. Y no me equivoqué. A los pocos minutos teníamos el vehículo delante de nosotros. Nada más entrar en el vehículo me sorprendí: era todo un lujo. Ese coche era igual de bonito por fuera que por dentro.

—¿Ha salido todo bien Jay? ¿Os habéis divertido?— la voz me arrastró de nuevo a la Tierra. Era una voz masculina clara y grave, pero aún así sonaba bastante joven.
—Ha ido fenomenal Billy— contestó Jason. ¿Billy?  ¿Era ése su tío William? Y nada más se giró para mirarnos desde el asiento delantero me quedé sin habla. Ese hombre ni por asomo llegaba a los treinta, mi oído no había fallado. Me tendió la mano y yo acerqué la mía. Pensaba que iba a ser el típico apretón de presentación y en vez de eso me besó los nudillos mientras me preguntaba si yo era esa tal Emma de la que tanto le habían hablado. Cabeceé un sí como pude. Jason y él se parecían mucho: compartían el mismo atractivo. Era como si estuviese viendo a Jason en el futuro. Me reí sin poder remediarlo.
—¿Demasiado caballero acostumbrada a los peculiares dotes de seducción de mi sobrino?— se mofó Will. Jason se quejó a mi lado y me dio un beso en la sien, supongo que intentando demostrar que “sus dotes de seducción” habían funcionado. He aquí yo el ejemplo.
—No es eso. Me ha sorprendido mucho el parecido que compartís— ambos se miraron y cabecearon a la vez, confirmando lo que había dicho. —También me ha impactado que seas tan joven, si comparamos edades.
—Bueno, sí. En realidad Billy es como mi hermano mayor. Nos llevamos sólo nueve años—. 

Seguimos hablando un par de minutos más hasta que nuestra charla se dio por finalizada cuando un coche nos pitó por detrás y William tuvo que arrancar el motor y encaminarse hacia mi casa. 

Durante el camino nadie dijo nada, era la radio la única “voz” que retumbaba entre las paredes del vehículo, y eso me extrañó. Sí, durante el viaje al restaurante también había sido la radio lo único que habíamos escuchado, pero no me pareció raro ya que era una especie de sorpresa que Jason quiso hacerme y mientras menos cosas pudiese escuchar o ver, mejor. En ese momento la sorpresa había terminado pero el silencio seguía permanente. Entonces observé lo poco que podía verse de Will. Estaba concentrado en todo lo que hacía. No despegaba el ojo de la carretera y su mandíbula parecía tensa.
Me fijé por primera vez en que iba trajeado. Jason nos explicó a mi madre y a mí en el hospital que su tío trabajaba mucho y viajaba demasiado. ¿Sería algún corresponsal de alguna empresa internacional? ¿Traductor, quizás? ¿Se iría ahora a alguna otra ciudad o país a trabajar? Todas aquellas preguntas se esfumaron de mi mente nada más mirar los ojos de Jason, que me observaban. Noté que su mirada atravesaba la mía de una manera diferente a cómo antes lo solía hacer.


Espero que la espera haya valido la pena. Siento no haberlo podido escribir y colgar antes. Ya sabéis que espero vuestras opiniones con un sólo clic en las votaciones de aquí abajo y enviad vuestras dudas al correo dudasparacarla@gmail.com.
Nos vemos la semana que viene, sin falta. Besos a tod@s.

miércoles, 17 de julio de 2013

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Información: ¿Y el capítulo de hoy?

Disculpad. Sé que hoy tocaba capítulo. He tenido un comienzo de semana muy ajetreado y no he tenido tiempo ni de escribir. Os prometo que mañana tendréis el capítulo que hoy debería estar ocupando esta entrada.

Os quiero.

miércoles, 10 de julio de 2013

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Relato: Con el tiempo...

¿Qué es el tiempo? Podríamos decir que el tiempo son los años, meses y días que pasan hasta que fallecemos. O quizás el tiempo sean las horas que dura un día o los días que dura un mes.  La mayoría de nosotros, por no decir todos, creemos saber lo que es el tiempo, pero estoy segura de que cada uno daría su propia definición y, seguramente, una pequeña minoría se quedaría totalmente en blanco si le pidiésemos una descripción en este mismo instante. 

Pero el tiempo no para, no se detiene; se lleva todo consigo y nunca te devuelve nada. Te roba tu vida sin que te des cuenta y por eso le doy mucha importancia a los recuerdos, esa película propia y única que guardan nuestras mentes y nos muestran todos los momentos que han hecho palpitar nuestros corazones y que, por casi arte de magia, han quedado atrapados allí, en nuestra cabeza. Esas huellas de nuestro pasado, esa información delimitadamente detallada que a veces desearíamos conservar hasta nuestro último suspiro y que a veces, simplemente, querríamos eliminarla por completo han hecho de nosotros lo que somos ahora. Todo lo vivido hasta el momento nos ha hecho ser como somos: nuestra personalidad y carácter, las manías y talentos que hemos desarrollado... Todo son consecuencias de eso, del tiempo.

A pesar de todo, no hay que tenerle miedo. El tiempo nos otorga el derecho a ser felices y por eso hay que vivir cada milésima de segundo como si fuese la última. Cierra los ojos y siente la frescura de las gotas de lluvia golpear suavemente tu piel el día menos esperado. Escucha las olas del mar mecerse bajo una leve brisa. Siente el cosquilleo que las espigas provocan en las yemas de tus dedos. Y, aún sin abrirlos, siente la emoción de haber conseguido escalar el pico más alto de la montaña. Ahora, ábrelos. Retén esa sensación de haberte sentido libre durante... ¡quién sabe cuánto!, ¿te gustaría repetirla? Pues no dejes que un día lluvioso te amargue. No te preocupes si, sin haberte sumergido en el mar, acabas empapado por la salpicadura de las olas al chocar contra la arena. No te dejes agobiar por el calor un día de campo y ni te inmutes si el tren se ha retrasado y no llegas a la cima a la hora que querías. Sólo disfruta el momento, igual que si fuese lo último que hicieras.

Con el tiempo aprendemos de nuestros errores y rectificamos nuestra conducta. Con el tiempo aprendemos a ser más consecuentes de nuestros actos. Con el tiempo nos damos cuenta de lo que realmente queremos que permanezca en nuestras vidas, y si nuestra vida es todo el tiempo que tenemos, ¿por qué dejarlo correr sin aprovecharlo? La vida no puede ser capturada; el momento de la creación misma es efímero.

El tiempo será siempre tu mejor acompañante pero, a su vez y nunca mejor dicho, siempre será tu peor enemigo.


¿Os ha gustado? Espero que sí (votad). Os espero con un nuevo capítulo de la novela UCEOUSE (Un complejo error o una simple equivocación) la semana que viene. Besos.

miércoles, 3 de julio de 2013

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Setenta y Siete

Mientras Jason se sentaba a los pies del entarimado, busqué todo lo que necesitaba para no defraudar a un público que no conocía absolutamente para nada. Me sentí un poco frustrada y confundida, no sabía si mi voz les iba a encandilar o no; si mi manera de tocar les iba a gustar o no... Lo único de lo estuve segura fue de la canción que iba a interpretar en ese momento. Tragué saliva mientras me dirigí con un par de pasos hasta el soporte donde reposaba una preciosa guitarra acústica de una madera clara y brillante. Retiré el seguro y la levanté con una mano a la vez que respiré hondo de espaldas a aquella gente. Me volví con una amplia sonrisa, bonita pero nerviosa, que hizo que más de un comensal mostrase también la suya, no sé si por compasión por mí por la acentuada inexperiencia que desprendían mis gestos. Me senté en el único taburete que había allí encima y que estaba frente al micrófono. Me coloqué apoyando el hueco de los tacones en una de las barras metálicas que formaban la estructura de las patas consiguiendo alinear horizontalmente mis muslos con el suelo y poder dejar encima la guitarra preparada. Supuse que estaría afinada y no quise repasarla, aunque tampoco quería que los nervios me jugasen una mala pasada y al fin y al cabo la dejase más desafinada de lo que pudiese estarlo. Mientras dejé reposar mi mano izquierda sobre la guitarra, pasé los dedos de mi mano derecha por el micrófono ajustándolo a mi altura. —Bu... buenas noches a todos, lo primero— agarré con más fuerza aquel captador de sonido ante mi repentino e incontraldo tartamudeo y respiré hondo una vez más —y lo segundo es presentaros la canción que ahora voy a interpretar. Se titula “Sad”, no es mía pero espero que igualmente les guste—. Volví a tragar saliva y empecé a puntear aquella guitarra. Era un sonido desconocido para mí, para nada se parecía al de la mía. Era más seco, más profundo... más triste y eso, a la canción, le venía como anillo al dedo. Aunque la versión original de ésta era a piano, ya había estado estrujándome los sesos para poder sacar un punteado que sonase igual, técnica y melódicamente hablando. Yo iba a ponerle voz a aquella letra con el mismo sentimiento que la canción original quería transmitir, eso no cambiaría. Transmitiría ese arrepentimiento y esa tristeza que me hizo derramar un par de lágrimas la primera vez que la escuché ya que me sentía totalmente identificada con esa culpabilidad. Dejé escapar las palabras desde lo más profundo de mí por mis labios. Empecé cantando flojito a causa de los nervios, y nada más decir dos frases miré a Jason, que estaba encantado de verme en aquella situación, y me guiñó un ojo. Eso me dio seguridad y más fuerza. Empecé a mirar al público en vez de a los dedos que acariciaban aquellas cuerdas metálicas; público que estaba totalmente concentrado en mí, en aquella canción que decía:

Me pregunto si realmente he intentando todo lo que podía,
sin saber si debería haberlo intentado un poco más...

Y, seguramente, todavía nadie sabía de lo que estaba hablando con esas dos frases más. La canción era narrada desde la perspectiva de una persona que había perdido a esa otra que tanto amaba por la indiferencia. Decía que temía a esa posibilidad de no encontrar a otra como ella. Tenía miedo de no haberle dicho todo lo que esa persona necesitaba escuchar y se arrepentía enormemente por ello, y por eso continuaba:

Sentada aquí, intentado no mirar atrás,
continuando mirando hacia el camino que nunca seguimos
preguntándome si el que yo he escogido es el correcto.

Y con eso y todo lo que vino a continuación quería transmitir el sentimiento de soledad que había sentido al haber defraudado a Jay y que por ello él se marchara muy enfadado del hospital cuando vino a visitarme. Con un “estoy muy triste, muy triste” y un último rasgueo de las cuerdas di por terminada aquella canción con la que la gente respondió en una amable oleada de aplausos y con Jason de pie también aplaudiendo. En sus labios pude leer un “te quiero” que hizo que notase la fuerte y acelerada marcha que tomó mi corazón por ello.


Espero que os haya gustado el capítulo. Ya sabéis que espero vuestras opiniones con las votaciones en un clic en "reacciones" y todas vuestras dudas y preguntas en dudasparacarla@gmail.com.
Nos vemos la semana que viene. Un beso a todos.

miércoles, 26 de junio de 2013

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Reflexión: Reflejo

Vaya, estás estupenda. Con esos ojos grises y esa sonrisa... Deberías sonreír con más frecuencia, ¿sabes? Porque estoy segura de que esa sonrisa podría alterar muchos pulsos. ¿Por qué suspiras? ¿Otra vez lo mismo de siempre? Te he dicho miles de veces que dejes de atormentarte por eso, sabes que no vale la pena. Nada de peros, eres increíble siendo como eres, siendo esa persona seria y prudente cuando es necesario y esa persona extrovertida y divertida con los que no te miran por encima del hombro. Ya te lo  dijo aquel hombre que sabemos que fue muy honesto: siempre habrá alguien que te envidiará e intentará hacerte daño. Pero no por ello debes sentirte de la manera que quieren que te sientas. 
Sé fuerte, no seas débil y mires tus muñecas. Ten orgullo y mantén siempre la cabeza bien alta. Mírate a los ojos a través del espejo y aprende a escuchar esa voz que grita lo que de verdad sientes en cada momento y tú no te atreves a decir. Eres todo lo que ves, ni tanto ni tan poco. Sé esa persona que se encuentra al otro lado del espejo: sé tú. Siempre.


Espero que os haya ayudado a reflexionar y pensar sobre si realmente os mostráis como sois. Votad aquí abajo si os ha gustado y espero cualquier duda o pregunta en mi correo (dudasparacarla@gmail.com). Os espero la semana que viene con un nuevo capítulo de la novela. Un beso a tod@s y felices vacaciones. 

miércoles, 19 de junio de 2013

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Setenta y Seis

Noté cómo deshacía el nudo con los dedos, ya que me acariciaban el pelo a su paso y yo me estremecía bajo su contacto. Entre el frío y la emoción estaba completamente perdida bajo todo concepto de realidad que pudiera llegar a sentir después de que me retirase la venda negra. Cuando consiguió separar los extremos se acercó por detrás a mi oreja derecha y me preguntó en un susurro si estaba preparada. Y cuando estuvo a punto de quitarme la venda por completo, paró en seco el movimiento y me advirtió que permaneciera con los ojos cerrados. Asentí con la cabeza y separó la tela oscura de mis párpados. Sin poder ver nada todavía, volvió a entrelazar sus dedos con los míos y tiró ligeramente de mí para que le siguiera. Me hizo subir un par de escalones más y al hacerlo, noté cómo la brisa me acarició el rostro e hizo volar mi melena con suavidad por encima de mis hombros. Jason se colocó otra vez detrás mío y entrelazó, esta vez, ambas manos con las mías. 
—Ahora quiero, si sigues confiando en mí, que bajes la cabeza, como si quisieras mirarte los pies y cuando yo te diga, abras los ojos.
—Vale, creo que podré hacerlo— tragué saliva al acabar la frase. No sabía lo que iba a encontrarme delante o mejor dicho, debajo de mí y tenía un poco de miedo. Apreté un poco más la presión de mis dedos sobre los suyos y él al notarlo, me besó la parte atrás de mi cabeza que quedaba a la altura de sus labios y me otorgó ese permiso de abrir los ojos que a la vez ansiaba pero, a su vez, me atemorizaba. No dudé en abrirlos y cuando lo hice me invadió una sensación de vacío interior; tuve la sensación de que la adrenalina cubría cada arteria de mi cuerpo. Ahogué un grito en respuesta a esa emoción y cuando logré recomponerme, sonreí de oreja a oreja. Debajo de mí tenía una preciosa panorámica de la calle por la que habíamos accedido al restaurante, a unos cuatro pisos de altura. La gente se paseaba por las aceras ajena a esta sensación inolvidable que me invadía por dentro, claro. Estábamos justo en borde del edificio, nada más teniendo un muro que me llegaba a la altura de las rodillas como fianza para no caernos. Me giré para poder mirarle y poder darle las gracias.
—De nada, pequeña, pero aquí no acaba todo— y me besó muy rápido los labios antes de volver a girarse. De repente escuché tres leves golpes, seguramente con un dedo, encima de un micrófono que resonó por toda aquella terraza gracias a unos altavoces enormes que colgaban de cada una de las equinas de ésta. —Damas y caballeros, con todos ustedes, la joven y preciosa Emma será la señorita que nos acompañe a todos durante esta velada con su magnífica voz. Un aplauso, por favor—. Miré hacia la terraza, con mesas a ambos lados de un pasillo cubierto por una alfombra de color azul que llevaba desde la tarima donde estaba hasta la puerta que daba a esta terraza. Había unas quince o veinte personas sentadas en las mesas redondas de mármol con patas de acero y sillas a conjunto en parejas o pequeños grupos. Las luces que iluminaban todo el ambiente se apagaron de repente y se encendieron unos pequeños focos que estaban en el suelo, separados unos pocos centímetros de las únicas dos paredes que levantaban la tarima y las únicas que eran visibles al público, y que enfocaban a la persona que estuviera encima de ella, en ese caso, yo. Al levantar otra vez la mirada del suelo, vi que, además de los focos que me iluminaban, en cada mesa había un par de velas que daban un aspecto más íntimo a aquella terraza. Dirigí a Jason, aún aplaudiendo y a mi lado, una mirada amenazante con los labios fruncidos. Él me besó la mejilla y me susurró al oído que no se iba a alejar demasiado. Y la verdad es, que en ese momento, le convenía muchísimo más estar lejos que cerca de mí. Aunque no había sido del todo una mala idea, le cantaría a todos una canción que para Jason sería contarle todo lo que no me había atrevido a decirle hasta ahora.


Deseo que os haya gustado y espero vuestras "reacciones", comentarios y vuestras dudas (dudasparacarla@gmail.com). Nos vemos en el siguiente.

miércoles, 12 de junio de 2013

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Poema: Sé que amarme es una locura

Quizás me equivoque,
quizás te presione.
                     Pero te amo.
Quizás a veces no sea todo lo que siempre has deseado.
A veces y sólo a veces me precipite demasiado.
                     Pero sí, te amo.

No seré la más guapa ni la más alta,
tampoco seré la más simpática ni la más práctica.
En lo único que coincidiremos es en calificarme como la más complicada.
                     Pero sé que me amas.
Ahora quiero un beso. Ahora no.
Quiero que me abraces. Ahora, mejor no.
Ni yo misma sé la energía que ahora mismo emano.
                     Pero sí, sé que me amas.

A veces testaruda y otras infantil.
A veces y sólo a veces insegura o inestable.
                    Y lo reconozco.
Por el miedo de no ser suficiente, desconfío,
pero entiéndeme, más dolor es lo que menos ansío.
Por el miedo de perderte me comparo con la gente
y me dices que no lo haga, que tu amor por mí sigue vigente.
Eres lo único que tengo,
no quiero perderte.
                    Y sí, lo reconozco.

Pese a todas esas imperfecciones sigues regalándome besos.
Y abrazos.
Y caricias y palabras bonitas.
                    Sólo eso será lo que me salve a tiempo.

Yo, como nadie, sé por lo que matas.
Tú, como nadie, sabes por lo que muero.
                    Y sólo eso será lo que dure con el paso del tiempo.


¿Os ha gustado? Espero que sí (votad). Si no acabáis de entender alguna metáfora en concreto o cualquier cosa del poema, no dudéis en hacérmelo saber en un comentario o mediante el correo dudasparacarla@gmail.com, estaré encantada de explicároslo. Os espero con un nuevo capítulo de la novela UCEOUSE (Un complejo error o una simple equivocación) la semana que viene. Os quiero.

miércoles, 5 de junio de 2013

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Setenta y Cinco

Después de andar unos cuantos metros de su mano y de escuchar muchos sonidos diferentes a nuestro paso, Jason me hizo quedarme quieta para poder quitarme la venda. En cuánto parpadeé unas cuantas veces con tal de poder enfocar bien todos los detalles que me envolvían y me di cuenta de dónde estaba me quedé patidifusa. Miré a Jason y después hacia aquel horizonte repleto de vida y modernidad, otra vez. 
—Estás absolutamente e irremediablemente loco, que lo sepas— dije, frunciendo los labios al acabar la frase.
—Lo sé, pequeña— y me guiñó un ojo.
Nos acercamos hacia una especie de atril donde una chica con coleta estaba revisando unas listas y papeles bajo una tenue luz proveniente de una pequeña lamparita plateada sujeta al mismo. En cuánto notó nuestra presencia, alzó su rostro y nos mostró a ambos su mejor sonrisa seguida de un educado “¿en qué puedo ayudarles?”. Jason, contestando a dicha pregunta, le dijo que había reservado una mesa a su nombre. La morena uniformada asintió, se hizo con un par de cartas que tenía en uno de los cajones del atril y nos enseñó el camino hasta nuestra mesa donde nos sentamos y empezamos a mirar  dicha carta. La verdad es que no era relativamente caro, pero estaba claro que irradiaba seriedad por cualquier rincón. Era un restaurante pintado de gris y decorado con unas bonitas obras de arte abstractas iluminadas por pequeñas lucecitas colgadas encima de las mismas. Sí, quizás iba un poco atrevida con mi look aquella noche, quizás el cuero y los tejanos no fuesen la mejor de las opciones, pero estaba claro que aparentaba más edad subida a aquellos tacones que con un vestidito de gasa. Y en realidad, yo no tenía muy marcada la forma en que me vestía, simplemente me gustaba sentirme cómoda con lo que llevaba puesto. Aunque, intentar provocar emociones días como ese no era nada malo, ¿verdad? Me mordí el labio intentando disimular ante aquel pensamiento.
—¿Lo tienes?
—Sí, creo que sí— esbocé una amplia sonrisa después de responder. Jason había acertado de pleno, y quería hacérselo saber.

—¡Madre mía, estaba todo buenísimo! Gracias Jason.
—Después de lo que te he hecho pasar, te lo debía.
—Bueno, han sucedido muchas cosas en muy poco tiempo y me saturé— mientras decía eso, Jason se puso en pie. No me dio tiempo ni a preguntarle qué hacía, simplemente se acercó a mis labios rozándolos y volvió a la misma pregunta de antes, a ese “¿confías en mí?”. Reafirmé mi respuesta esta vez con un sí muy dulce que salió de lo más profundo de mis entrañas. Me tendió una mano y yo posé la mía encima. Me ayudó a levantarme de la silla y se puso detrás de mí para poder colocarme el pañuelo de nuevo. Me ayudó a ponerme la chaqueta y a los pocos minutos de subir un buen tramo de escaleras como pude, entendí por qué: aunque todavía no pude ver nada, noté enseguida la brisa del anochecer sobre mi piel que reaccionó al instante. Respiré hondo antes de que Jason volviese a retirarme aquel oscuro trozo de tela que me dejaba totalmente bajo su voluntad.


Deseo que os haya gustado y espero vuestras "reacciones", comentarios y vuestras dudas (dudasparacarla@gmail.com). Nos vemos en el siguiente capítulo, os quiero.

miércoles, 29 de mayo de 2013

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Poema: Mi habitación

¡Hola a tod@s! Sé que, por otra semana consecutiva, no os esperabais esto pero he pensado que sería una buena idea alternar capítulo con relatos y poemas. Y así lo haré. Mi pasión es escribir, poder sacar a la luz todos esos sentimientos que albergo dentro de mí y mostrarlos y, con la novela, es un poco difícil de hacer. Sí, me encanta escribirla y no voy a parar de hacerla (bueno, toda historia tiene un fin pero eso no quiere decir que no empiece con otra) pero también me gusta escribir otras cosas como lo que he dicho antes, relatos y poemas.

Este es un poema que escribí cuando tenía once o doce años, aún estaba en primaria. Me acuerdo que fue una tarea que tuvimos que hacer, trataba de describir nuestra habitación y, cómo no, mi faceta de escritora salió a la luz (no por primera vez) y lo hice de una manera... ¿diferente? Ahora me entenderéis; aquí está.

Mi habitación

Mi habitación es como un puerto.
Al norte tienes el mar abierto
y un buque enorme de cuatro plantas
que por la noche zarpa.
Al oeste tienes mi barco con dos velas
y mis tripulantes que son Ojo Avizor, el perro,
y el italiano Le Tigre de cocinero.
Al sur del puerto tienes tres delfines jugando
y un faro que guía a los barcos fácilmente a buen recaudo.
Al este, también tienes, raramente,
una tienda de ropa abierta las veinticuatro horas,
y al lado una librería muy completa
que aparte de vender libros
vende juguetes y juegos para niños.

Si caminas hacia delante por la pasarela
te encuentras un baúl con herramientas
y si en esa esquina giras a la izquierda
te encontrarás con mi amigo Monitor de la Torre,
a su mujer de nombre Im y de apellido Presora con su hijo Mouse.
Por la noche, cuando todos duermen,
yo me quedo mirando el cielo y veo una cosa blanca y redonda,
que se refleja en el mar, y que a mí me dijeron que se llama Luna.
Después de que la Luna salga,
el buque del norte zarpa,
en ese momento siempre me duermo y,
cuando me despierto, lo veo otra vez amarrado al puerto.


¿Os ha gustado? Espero que sí (votad). Si no acabáis de entender alguna metáfora en concreto o cualquier cosa del poema, no dudéis en hacérmelo saber en un comentario o mediante el correo dudasparacarla@gmail.com, estaré encantada de explicároslo. Os espero con un nuevo capítulo de la novela UCEOUSE (Un complejo error o una simple equivocación) la semana que viene. Os quiero.

miércoles, 22 de mayo de 2013

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Setenta y Cuatro

Quise “quedarme” con él, así que carraspeé intencionadamente para distraerle. Me miró con los ojos muy abiertos y muy serio, supongo que intentando disimular.
—¿Has acabado?— le pregunté mientras arqueaba mi ceja derecha. Volvió a tragar saliva y miró varias veces hacia los lados intentando recomponerse de la situación.
—Esto... Sí, claro— carraspeó a la vez que arrugó el ceño unos segundos antes de volver a clavar su mirada en la mía. —Y segunda cosa que iba a decirte es que...
—¿No iremos en moto, verdad?— le corté, nerviosa.
—¿Qué? No, no. Iremos en coche. Y tranquila, no conduzco yo— me guiñó un ojo al acabar esa frase. Yo, al verle, disimulé mi risa apretando los labios. —Sólo que la única condición para ir a cenar es que confíes en mí—. Fruncí el ceño, extrañada.
—Confío en ti— afirmé.
—De acuerdo, si es así, date la vuelta—. Me lo pensé unos segundos pero al final accedí e hice lo que me había pedido. De repente vi sus manos delante de mi rostro con un pañuelo negro entre ellas. Me zafé de él agachándome y saliendo de aquel círculo que había formado con sus brazos alrededor de mi cabeza. Él simplemente suspiró con desaprobación.
—¿Ves? No confías en mí, te engañas a ti misma—. Tragué saliva, intentando encontrar las palabras.
—Confío en ti, pero...
—¿Crees que voy a hacerte daño, Emma?—. Mis labios se separaron ligeramente. Aquella frase había caído en mí como una dura acusación.
—Sé que nunca... Sé que ni te atreverías a intentarlo.
—Pues entonces date la vuelta y déjame colocarte el maldito pañuelo...— dijo, con la mandíbula tensa. —Por favor— añadió más suave. Cabeceé un sí con resignación y giré sobre mí misma. Cerré los ojos cuando vi que el pañuelo estaba a punto de posarse sobre ellos. Aquello que acababa de hacer le había dolido. Respiré hondo intentando calmarme.
—Te quiero— susurró Jason en mi oído, lo que me hizo estremecer. Después posó sus labios sobre mi cuello y sonreí ante aquel contacto. No, definitivamente no era rencoroso. De repente se alejó un poco, no sin antes decirme que me quedase quieta. Oí hablarle a alguien, supongo que por teléfono ya que sólo escuché su voz, y a los pocos segundos oí el motor de un coche a lo lejos y cómo frenaba delante nuestro con suavidad. Noté que entrelazó sus dedos con los míos y tiró de mí hacia el interior del coche. Nada más cerrar Jason la puerta del coche, sentí que mi cuerpo se apretó al respaldo del asiento por la velocidad. Después de la risotada de Jason ante mi rigidez y el “click” de los cinturones al encajarse con el cierre (Jason me ató el mío ya que yo no veía), no escuché nada más en todo el camino salvo las canciones que emitía la emisora de radio sintonizada.

En cuánto el coche paró me sentí aliviada. El no poder ver nada, junto con los nervios que ya tenía, me había provocado un ligero mareo. Jason me ayudó a bajar del coche y nada más aspirar el aire húmedo del exterior noté cómo mi estómago volvió a su sitio. En la calle se escuchaban las voces de los viandantes paseando o de parejas o grupos de gente riéndose y conversando. —¿Preparada?— me preguntó de repente Jay desconcentrando mis sentidos por completo.
—Esto... Supongo que sí— Jason rió y yo a su vez, pero la verdad es que nunca había estado preparada para nada de lo que me había ocurrido ni me iba a ocurrir.


Deseo que os haya gustado y espero vuestras "reacciones", comentarios y vuestras dudas (dudasparacarla@gmail.com). Nos vemos en el siguiente.

miércoles, 15 de mayo de 2013

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Relato: No existeixen més de dues regles per a escriure: tenir alguna cosa a dir i dir-la.

¡Hola, lector@s! Sé que me mataréis por no colgaros capítulo, pero es que estoy de colonias (esto que estáis leyendo lo escribí el Domingo, día doce) para luego hacer un trabajo en grupo. Pero como yo os tengo siempre presentes os voy a colgar un relato que escribí el año pasado para el certamen literario anual de mi colegio. Está en catalán porque participé en esa lengua con este relato, pero debajo tenéis la traducción en castellano. Espero que os guste y que me perdonéis.

                   No existeixen més de dues regles per a escriure: tenir alguna cosa a dir i dir-la                      

Tenia setze anys, era jove, emprenedor, llest, una mica tímid i rebel. Estudiar no era el que més m'agradava, tampoc tenia un talent especial, o si? No ho sé. La meva ment parlava i la meva mà, complint les seves ordres, dibuixava lletres, una darrere l'altra... Llavors, escriure era un talent? Una virtut? No ho sé, mai ho havia sabut. No era un noi antisocial o marginat, però els meus actes em definien com tal. Quasi mai sortia a jugar a futbol, a bales o cromos. Quasi mai flirtejava amb noies... D'acord, mai ho havia intentat i això m'amoïnava.

Cada tarda en acabar els deures, mirava per la finestra de la cuina; em podia passar hores fent-ho. Aquella tarda quan vaig veure a la Paula, noia de la qual estava perdudament enamorat, vaig estar segur de la més gran de les bogeries. Amb aquells cabells daurats i cargolats fins al final de l'esquena. Amb aquells ulls color mel i aquells llavis vermells. Amb aquell vestit que perfilava les corves perfectes. Amb aquell perfum dolç que em fascinava. No només tenia aquella fisonomia que et deixava bocabadat, també sabia tocar el piano, ho portava a les venes, n'estic segur. Era la meva veïna, la finestra de la seva habitació estava davant de la finestra de la meva. Podia escoltar i veure com acariciava les tecles d'aquell piano vell cada tarda. Però aquella tarda no tindria temps d'observar-la, hauria d'escriure. L'escriuria una carta. L'endemà era Sant Jordi i no podia permetre'm el luxe de no fer-la. Dit i fet.
Després de sopar, al vespre, vaig començar-la. Vaig cremar-me el cervell per trobar les idees i paraules que calien, però res m'agradava. A punt de rendir-me, vaig recordar el que l'avi em deia:

No existeixen més de dues regles per a escriure: tenir alguna cosa a dir i dir-la”.

Tenia raó. Potser aquella frase era el secret que posava en marxa la meva faceta com a escriptor. Amb una mica d'imaginació i naturalitat, vaig poder acabar la carta prop de les dotze de la nit.

Vaig comprar dues roses a la parada de flors en sortir de classes. Vaig deixar una a la taula de la cuina per la meva mare, l'altre era per la Paula. En un moment que no estava a la seva habitació, vaig llençar la rosa i la carta en forma d'avió de paper per la finestra oberta. Crec que creuar els dits em va ajudar, i les dues coses van travessar el camí de finestra en finestra sense problemes.

D'aquell fet heroic fa més de quaranta anys, però el pas del temps no m'impedeix recordar amb claredat. Si no fos per aquell Sant Jordi, no podria seguir comprant flors i escrivint cartes a la dona que cada dia em regala un somriure dolç i a la qual dedico tots els meus llibres repetint sempre a les contraportades un “T'estimo, Paula”.


Y aquí tenéis la traducción:

                  No existen más de dos reglas para escribir: tener alguna cosa que decir y decirla

Tenía dieciséis años, era joven, emprendedor, listo, un poco tímido y rebelde. Estudiar no era lo que más me gustaba, tampoco tenía un talento especial, ¿o sí? No lo sé. Mi menta hablaba y mi mano, obedeciendo sus órdenes, dibujaba letras, una detrás de otra... Entonces, ¿escribir era un talento? ¿Una virtud? No lo sé, nunca lo había sabido. No era un chico antisocial o marginado, pero mis actos me definían como tal. Casi nunca salía a jugar a fútbol, o a las canicas o a los cromos. Casi nunca flirteaba con chicas... De acuerdo, nunca lo había intentado y eso me preocupaba.

Cada tarde al acabar los deberes, miraba por la ventana de la cocina; me podía pasar horas haciéndolo. Aquella tarde cuando vi a Paula, chica de la cual estaba perdidamente enamorado, estuve seguro de la más grande de las locuras. Con aquellos cabellos dorados y rizados hasta el final de la espalda. Con aquellos ojos color miel y aquellos labios rojos. Con aquel vestido que perfilaba las curvas perfectas. Con aquel perfume dulce que me fascinaba. No sólo tenía aquella fisonomía que te dejaba con la boca abierta, también sabía tocar el piano, lo llevaba en las venas, estoy seguro. Era mi vecina, la ventana de su habitación estaba delante de la ventana de la mía. Podía escuchar y ver cómo acariciaba las teclas de aquel viejo piano cada tarde. Pero aquella tarde no tendría tiempo para observarla, tenía que escribir. Le escribiría una carta. Mañana era Sant Jordi y no podía permitirme el lujo de no hacerla. Dicho y hecho.
Después de cenar, por la noche, la comencé. Me quemé el cerebro para encontrar las ideas y palabras que me hacían falta, pero nada me gustaba. A punto de rendirme, recordé lo que el abuelo me decía:

No existen más de dos reglas para escribir: tener alguna cosa que decir y decirla”.

Tenía razón. Puede que aquella frase era el secreto que ponía en marcha mi faceta de escritor. Con un poco de imaginación y naturalidad, pude acabar la carta cerca de las doce de la noche.

Fui a comprar dos rosas a la parada de flores al salir de clases. Dejé una en la mesa de la cocina para mi madre, la otra era para Paula. En un momento que no estaba en su habitación, lancé la rosa y la carta en forma de avión de papel por la ventana abierta. Creo que cruzar los dedos me ayudó, y las dos cosas atravesaron el camino de ventana a ventana sin problemas.

De ese hecho heroico hace más de cuarenta años, pero el paso del tiempo no me impide recordar con claridad. Si no fuese por aquel Sant Jordi, no podría seguir comprando flores y escribiendo cartas a la mujer que cada día me regala una dulce sonrisa y a la cual dedico todos mis libros repitiendo siempre en las contraportadas un “Te quiero, Paula”.


Como ya he dicho antes, espero que os haya gustado. Comentad aquí debajo o votad con simple click (sin formularios y gratis). Os espero la semana que viene con un capítulo que merezca mucho esta espera. Besos.


miércoles, 8 de mayo de 2013

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Setenta y Tres

Volví a abrir el armario y repasé toda la ropa percha por percha, otra vez. —¡Por fin!— grité, emocionada, después de haber encontrado el conjunto perfecto. Me lo coloqué en un santiamén y volví al baño donde me cepillé el pelo y después me lo sequé con el secador a máxima potencia. Ondulé las puntas por mechones con las tenacillas. Me concentré mucho a la hora de pintarme una raya sumamente fina en el párpado superior, rozando las pestañas, que empezaba a unos pocos milímetros del lagrimal y terminaba deslizándose ligeramente hacia arriba. Después apliqué en las pestañas superiores un poco de máscara y me decanté por ponerme un tono rosáceo oscuro en los labios con un pintalabios fijo. Me pellizqué ambas mejillas antes de quedarme totalmente satisfecha con el resultado. Nada más salir por la puerta del baño observé la hora en el reloj de la mesilla: las ocho menos diez. Resoplé triunfante ante mi “puntualidad” después de arreglarme.

Cuando fui a alcanzar el casco de moto de encima del armario se me congeló la sangre: mi madre nos mataría si supiera que vamos en moto con la pierna de Jason escayolada por debajo de la rodilla. Me quedé parada frente al armario, con los puños apretados. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? Suspiré nerviosa. El timbre de casa sonó y escuché que, desde la cocina, mi madre gritó un “¡Ya voy yo!”. Me pasé la mano por el pelo, echando el flequillo hacia atrás con el movimiento. Me abrigué y me apresuré a bajar las escaleras. Intenté cambiar mi semblante preocupado por otro cualquiera que no desvelase ese sentimiento. Me encaminé hacia la puerta donde mi madre, de espaldas a mí, estaba conversando animadamente con Jason. Antes de acercarme más pensé en seguirle la corriente a Jay y no decir nada respecto al transporte que íbamos a utilizar. Él, al verme por encima del hombro de mi madre, no tardó ni un segundo en saludarme. Yo sonreí y ella se apartó hacia un lado para que pudiese pasar. Al hacerlo, Jason me pasó la mano por la cintura y me besó la mejilla con dulzura.
—Bueno, chicos— acabó diciendo Rosalía —que lo paséis bien.
—Gracias. Lo haremos— añadió Jason guiñándole un ojo. Yo puse los ojos en blanco. Mi madre se sonrojó. Nos giramos y pusimos rumbo a nuestro destino.
—¡No volváis muy tarde!— gritó mi madre desde la puerta cuando ya estuvimos a unos veinte metros de ella.
—¡No lo haremos!— respondí, girándome hacia ella y fruncí los labios al volverme
—¿Llevas el móvil?— insistió, con la misma intensidad que antes.
—¡Sí!— volví a responder volviéndome a girar hacia ella, ya un poco frustrada por la situación. Vi que una sonrisa asomó de entre sus labios cuando puse los ojos en blanco a propósito para que lo viera. Cerró la puerta después de eso y nosotros volvimos a encaminarnos unos metros más hasta que paramos frente al jardín de la casa contigua.
—¿Qué sucede?— pregunté frunciendo el ceño cuando se detuvo de golpe. Se puso frente a mí y me miró de arriba abajo.
—Lo primero: estás preciosa.
—Gracias, Jay— respondí ante su cumplido. Al final y después de pensármelo mucho, opté por ponerme unos pantalones pitillo negros con unas cremalleras a los lados que recorrían media pantorrilla desde el tobillo; una camisa blanca de media manga que, aunque se ceñía por la parte de la cadera, quedaba muy holgada; y para dar por finalizado el modelito, me había calzado los mismos tacones de antes y me había abrigado con mi chaqueta de cuero negra con la cremallera en diagonal y una bufanda negra que rodeaba mi cuello pero que, a su vez, reposaba sobre la parte del esternón. Aunque esa fría tarde anunciaba que la noche sería gélida, tuve el valor de vestirme con aquel atuendo. Y supongo que había valido la pena ya que vi que Jason tragó “muy disimuladamente” saliva mientras sus ojos me recorrían por segunda vez. “Hombres...”, pensé.


Deseo que os haya gustado y espero vuestras "reacciones", comentarios y vuestras dudas (dudasparacarla@gmail.com). Nos vemos en el siguiente. Besos.