miércoles, 30 de enero de 2013

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Sesenta

¿De verdad? Mi cara seguro que era todo un dilema.
—William... ¿te refieres a tu tío Billy?— pregunté al recordar la historia que nos contó a mi madre y a mí cuando estuvo ingresado. Entonces en un acto reflejo miré hacia su pierna, que, a simple vista, parecía estar intacta. —Encima cojo... Eres lo peor— le fulminé con la mirada.
—¡Ni que me hubiese quedado ciego! Y más te digo, aunque me hubiese quedado sin ver, hubiese machacado igual a ese...— y antes que de pudiese terminar le puse con suavidad la mano en la boca.
—Pórtate bien sino quieres quedarte dos noches en vez de una— puso los ojos en blanco pero pude notar cómo su espalda se destensaba ligeramente. Sus brazos caían sobre su peso por la espalda, a la altura de sus lumbares. Apoyó la cabeza en el techo del coche.
—Lo siento— musitó.
—Ya lo hablaremos; cuando todo se calme tendremos una conversación.
—Señorita, su minuto ha terminado— el agente se acercó por mi espalda y me agarró el hombro mientras me intentaba girar sobre mí misma.
—Sí, sí, ya me iba— dije mirándole a los ojos, aún sintiéndome avergonzada hablando con él. Me volví hacia Jason y me despedí de él susurrando un “adiós” acompañado de un leve movimiento de la mano derecha. Me encaminé otra vez hacia la multitud que parecía haber disminuido ligeramente y me quedé mirando a Jason de brazos cruzados. En un par de minutos más lo metieron en el coche. Suspiré profundamente para que no me diera un ataque allí mismo. En unos minutos más el coche arrancó y la gente se fue.
Me dirigí hacia el vestíbulo del hospital ya que mis padres estarían empezando a echarme de menos, igual que las enfermeras, seguramente. El Sol había desaparecido por completo y eso heló el ambiente y, con el chándal que llevaba no es que fuera muy abrigada. Volví a pararme un segundo ante las enormes puertas de cristal que, al segundo siguiente, se abrieron dejándome paso. Pasé por delante de una máquina de esas que hacen un café con un ochenta por ciento de agua. Pero a pesar de que fuese el peor café del mundo, decidí pararme justo delante y empecé a rebuscar por los bolsillos a ver si encontraba alguna moneda suelta. Mientras rebuscaba por segunda vez cada uno de los bolsillos, una mano pasó por encima de mi hombro alcanzando la ranura de la máquina. Escuché el sonido de la moneda caer al interior. —Perdone, estaba buscando...— dije mientras hacía un exhausto repaso del bolsillo derecho de mi pantalón.
—¿Café o chocolate?— los ojos se me abrieron de golpe y creo que incluso palidecí por un momento. Tragué saliva antes de encontrarme con aquellos dichosos ojos verdes.
—¿Estás bien?— pregunté asustada.
—¿Café o chocolate?— insistió.
—¿Qué? Ah, esto...— ¿Pero qué..? —Creo que un café con mucha azúcar—. Asintió y tecleó una serie de cifras y símbolos; a los pocos segundos un estruendoso pitido anunció que la bebida estaba lista.


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