miércoles, 9 de enero de 2013

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Cincuenta y Siete


—Todo comenzó un día en el instituto. Nos conocimos y bueno, no te voy a mentir, me llamó la atención...— fui bajando el volumen de la voz a medida que cada palabra salía de mi boca. Jason me levantó la cabeza cogiéndome la barbilla con sus dedos. Tragué saliva.
—No te preocupes por eso. Es normal que pueda llamarte la atención cualquier chico, todo cambia depende de la situación, claro— levantó las cejas.
—No volverá a ocurrir, de verdad— mis palabras fueron pronunciadas con prisa por mis labios. La comisura izquierda de sus labios se alzó levemente dejando a su paso una media sonrisa involuntariamente seductora. ¿Había sonado irónica?
—Prosigue.
—Vale, esto...— me quedé pensando por dónde me había quedado — ¡Ah, sí! Pues eso, nos conocimos y empezamos a hablar. Un día cuando volvía a casa de un recado, me paré en seco al escuchar que tocaban el piano en la planta superior de una casa. Yo siempre he querido saber tocar el piano. Al final descubrí que era él. Eso cuando llegué a su casa. Ya te dije que me daba clases, ¿verdad?
—Sí y no quise preocuparme. Pero debería haberlo estado— con cada frase que decía podía sentir la impotencia que sentía. Pero ahora que había empezado tenía que terminar.
—Y no es para lavarme las manos pero no fue el físico lo que me confundió.
—Espera, ¿qué quieres decir?— preguntó extrañado, con un cierto matiz de enfado.
—Bueno, pues...— me maldije interiormente —no le dije lo nuestro de un principio— le solté, cerrando los ojos. Jason apretó más los labios y arrugó la nariz.
—Y cuando se lo dijiste, ¿siguió..?— susurró, conteniéndose por momentos, moviendo las manos y la cabeza intentando encontrar unas palabras que no sonasen a “¿siguió flirteando contigo descaradamente?”.
—Me confundió más aún— mi voz empezó a temblar. Empecé a pensar si había sido demasiado “clara”. —El final ya lo sabes.
—Sí, eso creo que ya lo sabe todo el mundo— dijo escupiendo cada una de las palabras. Al decir eso se marchó cojeando hasta que, de un revuelo, se hizo con sus dos muletas apoyadas en la cama de al lado. Caminaba con ira, sin apoyar aún la pierna enyesada en el suelo. Cuando llegó al umbral de la puerta le supliqué que no se fuera, pero no quiso escuchar mis súplicas. Un portazo que resonó por toda la habitación hizo que un par de lágrimas saltaran de mis ojos. —No has respondido a mis preguntas— susurré sabiendo que no me oiría. Sorbí mi nariz y hundí la cabeza en la almohada. Me acabé de estirar completamente horizontal en la camilla y empecé a dar patadas y puñetazos al colchón; golpes que disminuyeron su potencia hasta que sólo fueron mis sollozos los que se oían en aquella sala demasiado blanca, demasiado neutra. El blanco no transmitía ni calidez ni seriedad; era un color vacío. En realidad trasmitía cómo me sentía en aquel instante, vacía. Vacía por la soledad que se avecinaba. Vacía por dentro y por fuera. Lo que me hizo disimular en décimas de segundo aquellas lágrimas fue el sonido de la puerta al abrirse. —Cariño, ¿estás bien?— preguntó mi madre entrando por ella.


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