miércoles, 13 de febrero de 2013

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Sesenta y Dos

Mi respiración agitada era lo único que logré escuchar durante los segundos que tardé en reaccionar. Gael miraba a la nada, parecía confuso. Sus palabras resonaban en mi cabeza rompiéndome por dentro. Dolía, incluso. Necesitaba salir de ahí. La cabeza me iba a explotar y todas aquellas lágrimas que no había querido dejar escapar me ahogaban por dentro. Sentía mucha rabia y me sentí impotente frente todo aquello. La luz del ascensor que parpadeó un par de veces interrumpió mis pensamientos. Me giré hacia los botones del ascensor sin dejar de apoyar una mano en la pared metalizada. No fui capaz de pararme a pensar cuál de todos era, así que empecé a apretarlos todos hasta que oí las cadenas crujir y noté que el ascensor volvía a moverse. En poco más de cinco segundos las puertas se abrieron y en cuánto pude puse un pie al otro lado del umbral. Al hacer eso, escuché un “adiós” demasiado frío a mis espaldas. El labio inferior me empezó a temblar y un escalofrío me recorrió de arriba abajo. Las puertas volvieron a cerrarse detrás de mí y toda aquella rabia que me oprimía el pecho se inyectó en mis venas descontrolándome. Corrí hacia el baño público de la planta. Empujé aquella puerta blanca con el símbolo rosa de una mujer. No vi a nadie en el tocador y tampoco escuché nada proveniente de los lavabos, así que entré de un revuelo en uno de éstos y aseguré la puerta con el pestillo interior. Bajé la tapa y me senté encima apoyando los codos en las rodillas y la cabeza en las manos. Las lágrimas, anteriormente reprimidas y que ahora brotaban con mucha fuerza, empezaron a humedecer mis pestañas. Ambos dorsos de las manos se me quedaron empapados de arrastrar todas aquellas gotas amargas de los pómulos hasta las mejillas, al igual que las mangas con las que me enjugaba aquellas lágrimas que se descarrilaban y llegaban despacio hasta la barbilla, incluso hasta mi cuello. En aquel instante no podía pensar en nada, sólo necesitaba descargar toda aquella adrenalina que se había acentuado en mí. Apreté la mano derecha en un puño y, en un movimiento rápido, golpeé con el lateral de ésta la pared de madera que hacía de separador entre los baños. Así continué varias veces más hasta que toda la fuerza física se esfumó y sólo me quedó quejarme verbalmente de todas las formas que podía. En cuánto ya no sabía que más decir grité, desesperándome, y lloré con más fuerza. Entonces noté que la mano me empezó a doler ligeramente, e intentando cesar las lágrimas por un par de segundos, pude ver con aquellos ojos cristalinos una rojez evidente. Suspiré nerviosa. Esperé allí sentada un rato hasta que la rojez y el leve dolor disminuyeron y yo me relajé. En aquellos últimos días todo ocurrió demasiado rápido, me había ajetreado completamente. Primero, el regalo de Jason. Aquel casco me había dado ánimos, me sentía más valiente, pero de lo único que me protegía era de la caída de una moto, no de las mentiras y las desilusiones. Después aquel beso, el desencadenante de toda una serie de “desgracias” que habían sucedido a mi alrededor y por las cuales ahora me sentía completamente sola: el enfado de Jay y su arresto y la discusión con él, la pelea entre él y Gael y la revelación del segundo. Lo que más me dolía de eso último era el engaño. Aunque no acababa de creerme todo aquello que me había dicho... ¿por dinero? ¿Por qué “mi” beso? No terminaba de entenderlo y tampoco me cuadraba. Cesé de sollozar repentinamente y me paré a pensar. Era posible que todo hubiese sido una mentira desde el principio pero, ¿qué necesidad había tenido de implicarse tanto, de alargarlo todo tanto? ¿Por qué no besarme en uno de los pasillos descaradamente en cuánto tuvo ocasión? Porque, si de verdad no le importaba hacerme daño, lo hubiese hecho. Entreabrí los labios, a punto de preguntarme a mí misma: “¿De verdad te ha confesado algo... o te ha mentido?”.


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