miércoles, 27 de febrero de 2013

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Sesenta y Cuatro


Me desperté con el incesante ruido del despertador. Hundí el rostro en el colchón, intentando recordar qué había pasado el día anterior. Solté una barbaridad al recordarlo. Me giré sobre mí misma quedando boca arriba; le di una patada a la colcha para destaparme y me levanté de un salto. Me abrigué con la bata antes de cruzar la habitación para ir al baño. Me calcé las zapatillas que estaban debajo de la cama y me encaminé hacia el lavabo a la vez que intentaba colocarme bien el lazo que le había hecho al cordón con el que me ataba aquella bata de felpa rosácea. Chasqueé la lengua al verme: tenía los ojos hinchados de tanto llorar y los labios cortados por el frío.

—¿Mamá, sabes dónde está el cacao para los labios?— pregunté casi gritando, asomada en la barandilla, aún en el piso de arriba. Mi madre tardó un par de segundos en aparecer al comienzo de aquella escalera, la cuál empezó a subir sin pararse siquiera para indicarme dónde estaba el protector labial. Pasó por mi lado sin dirigirme la mirada ni un segundo y entró en mi cuarto. Yo hice lo mismo pero siendo cauta: no sabía con qué humor venía. Cerré la puerta a mis espaldas al ver que se sentó a los pies de mi cama, ya hecha. Apreté la mandíbula y tragué saliva sonoramente cuando dio unos leves golpecitos al colchón para que me sentara a su lado. Y eso hice, pero intenté mantener una “cierta” distancia. Le miré a los ojos: no parecía enfadada.
—Primero de todo, quiero pedirte perdón por haberme metido dónde no me llamaban. Pero yo sólo quiero que estés bien; que todos estén bien— suspiré y bajé la mirada a mis manos muy frías en aquel momento. Su voz no tembló ni un segundo y, aunque sus facciones estaban ligeramente contraídas y mostraban mucha seriedad, su voz aterciopelada rompió aquella barrera que me escondía lo que realmente sentía: preocupación. Fruncí el ceño antes de hablar.
—Disculpas aceptadas— hice una breve pausa. —No quiero que te preocupes, estoy bien. Es sólo que esto del amor que es muy complicado...
—Te equivocas,— pronunció, casi riendo, cortándome —el amor es fácil, eres tú la que eres complicada. ¿No te das cuenta?
—Bueno... puede ser. Pero... es que... es que estaba confusa y ahora que parecía que las cosas volvían a normalizarse, me han vuelto a desbarajustar todo— apreté los labios, indignada. Miré a mi madre que sonrió.
—Cariño, no todo sale cómo esperamos, pero sí que podemos llegar a esperar algo de algo que hayamos hecho, ¿entiendes? Así que piensas bien lo que haces y lo que no: ¿qué es lo que esperas al hacer lo que vas a hacer? Pregúntatelo antes de hacer o dejar de hacer algo. No quiero meterme en tus asuntos, sólo pretendía ayudar así que...— y antes de dejarle acabar me lancé sobre ella y le abracé con todas mis fuerzas. Cubrí su mejilla de cortos y tiernos besos haciéndole reír. —Te quiero, mamá— le dije al oído.
—Yo también te querré si no llegas tarde al instituto— dijo cesando de reír de repente. Miré el reloj: el tiempo justo y necesario. Se levantó para irse otra vez al salón, pero antes de que lo hiciera volví a preguntarle dónde estaba el cacao. En poco más de un minuto lo encontró (yo me había pasado unos diez minutos buscando por el baño sin encontrarlo). Cuando finalmente se fue, aproveché para peinarme el pelo en una coleta alta e imperfecta. Mientras me miraba al espejo pensaba en la conversación que acababa de sucederse en mi habitación y llegué a una conclusión: no podía cambiar las cosas, pero sí que podía hacerlas bien. Con la hora pisándome los talones me abrigué bien, me colgué la mochila al hombro de un revuelo y salí pitando de la habitación.


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