miércoles, 29 de mayo de 2013

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Poema: Mi habitación

¡Hola a tod@s! Sé que, por otra semana consecutiva, no os esperabais esto pero he pensado que sería una buena idea alternar capítulo con relatos y poemas. Y así lo haré. Mi pasión es escribir, poder sacar a la luz todos esos sentimientos que albergo dentro de mí y mostrarlos y, con la novela, es un poco difícil de hacer. Sí, me encanta escribirla y no voy a parar de hacerla (bueno, toda historia tiene un fin pero eso no quiere decir que no empiece con otra) pero también me gusta escribir otras cosas como lo que he dicho antes, relatos y poemas.

Este es un poema que escribí cuando tenía once o doce años, aún estaba en primaria. Me acuerdo que fue una tarea que tuvimos que hacer, trataba de describir nuestra habitación y, cómo no, mi faceta de escritora salió a la luz (no por primera vez) y lo hice de una manera... ¿diferente? Ahora me entenderéis; aquí está.

Mi habitación

Mi habitación es como un puerto.
Al norte tienes el mar abierto
y un buque enorme de cuatro plantas
que por la noche zarpa.
Al oeste tienes mi barco con dos velas
y mis tripulantes que son Ojo Avizor, el perro,
y el italiano Le Tigre de cocinero.
Al sur del puerto tienes tres delfines jugando
y un faro que guía a los barcos fácilmente a buen recaudo.
Al este, también tienes, raramente,
una tienda de ropa abierta las veinticuatro horas,
y al lado una librería muy completa
que aparte de vender libros
vende juguetes y juegos para niños.

Si caminas hacia delante por la pasarela
te encuentras un baúl con herramientas
y si en esa esquina giras a la izquierda
te encontrarás con mi amigo Monitor de la Torre,
a su mujer de nombre Im y de apellido Presora con su hijo Mouse.
Por la noche, cuando todos duermen,
yo me quedo mirando el cielo y veo una cosa blanca y redonda,
que se refleja en el mar, y que a mí me dijeron que se llama Luna.
Después de que la Luna salga,
el buque del norte zarpa,
en ese momento siempre me duermo y,
cuando me despierto, lo veo otra vez amarrado al puerto.


¿Os ha gustado? Espero que sí (votad). Si no acabáis de entender alguna metáfora en concreto o cualquier cosa del poema, no dudéis en hacérmelo saber en un comentario o mediante el correo dudasparacarla@gmail.com, estaré encantada de explicároslo. Os espero con un nuevo capítulo de la novela UCEOUSE (Un complejo error o una simple equivocación) la semana que viene. Os quiero.

miércoles, 22 de mayo de 2013

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Setenta y Cuatro

Quise “quedarme” con él, así que carraspeé intencionadamente para distraerle. Me miró con los ojos muy abiertos y muy serio, supongo que intentando disimular.
—¿Has acabado?— le pregunté mientras arqueaba mi ceja derecha. Volvió a tragar saliva y miró varias veces hacia los lados intentando recomponerse de la situación.
—Esto... Sí, claro— carraspeó a la vez que arrugó el ceño unos segundos antes de volver a clavar su mirada en la mía. —Y segunda cosa que iba a decirte es que...
—¿No iremos en moto, verdad?— le corté, nerviosa.
—¿Qué? No, no. Iremos en coche. Y tranquila, no conduzco yo— me guiñó un ojo al acabar esa frase. Yo, al verle, disimulé mi risa apretando los labios. —Sólo que la única condición para ir a cenar es que confíes en mí—. Fruncí el ceño, extrañada.
—Confío en ti— afirmé.
—De acuerdo, si es así, date la vuelta—. Me lo pensé unos segundos pero al final accedí e hice lo que me había pedido. De repente vi sus manos delante de mi rostro con un pañuelo negro entre ellas. Me zafé de él agachándome y saliendo de aquel círculo que había formado con sus brazos alrededor de mi cabeza. Él simplemente suspiró con desaprobación.
—¿Ves? No confías en mí, te engañas a ti misma—. Tragué saliva, intentando encontrar las palabras.
—Confío en ti, pero...
—¿Crees que voy a hacerte daño, Emma?—. Mis labios se separaron ligeramente. Aquella frase había caído en mí como una dura acusación.
—Sé que nunca... Sé que ni te atreverías a intentarlo.
—Pues entonces date la vuelta y déjame colocarte el maldito pañuelo...— dijo, con la mandíbula tensa. —Por favor— añadió más suave. Cabeceé un sí con resignación y giré sobre mí misma. Cerré los ojos cuando vi que el pañuelo estaba a punto de posarse sobre ellos. Aquello que acababa de hacer le había dolido. Respiré hondo intentando calmarme.
—Te quiero— susurró Jason en mi oído, lo que me hizo estremecer. Después posó sus labios sobre mi cuello y sonreí ante aquel contacto. No, definitivamente no era rencoroso. De repente se alejó un poco, no sin antes decirme que me quedase quieta. Oí hablarle a alguien, supongo que por teléfono ya que sólo escuché su voz, y a los pocos segundos oí el motor de un coche a lo lejos y cómo frenaba delante nuestro con suavidad. Noté que entrelazó sus dedos con los míos y tiró de mí hacia el interior del coche. Nada más cerrar Jason la puerta del coche, sentí que mi cuerpo se apretó al respaldo del asiento por la velocidad. Después de la risotada de Jason ante mi rigidez y el “click” de los cinturones al encajarse con el cierre (Jason me ató el mío ya que yo no veía), no escuché nada más en todo el camino salvo las canciones que emitía la emisora de radio sintonizada.

En cuánto el coche paró me sentí aliviada. El no poder ver nada, junto con los nervios que ya tenía, me había provocado un ligero mareo. Jason me ayudó a bajar del coche y nada más aspirar el aire húmedo del exterior noté cómo mi estómago volvió a su sitio. En la calle se escuchaban las voces de los viandantes paseando o de parejas o grupos de gente riéndose y conversando. —¿Preparada?— me preguntó de repente Jay desconcentrando mis sentidos por completo.
—Esto... Supongo que sí— Jason rió y yo a su vez, pero la verdad es que nunca había estado preparada para nada de lo que me había ocurrido ni me iba a ocurrir.


Deseo que os haya gustado y espero vuestras "reacciones", comentarios y vuestras dudas (dudasparacarla@gmail.com). Nos vemos en el siguiente.

miércoles, 15 de mayo de 2013

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Relato: No existeixen més de dues regles per a escriure: tenir alguna cosa a dir i dir-la.

¡Hola, lector@s! Sé que me mataréis por no colgaros capítulo, pero es que estoy de colonias (esto que estáis leyendo lo escribí el Domingo, día doce) para luego hacer un trabajo en grupo. Pero como yo os tengo siempre presentes os voy a colgar un relato que escribí el año pasado para el certamen literario anual de mi colegio. Está en catalán porque participé en esa lengua con este relato, pero debajo tenéis la traducción en castellano. Espero que os guste y que me perdonéis.

                   No existeixen més de dues regles per a escriure: tenir alguna cosa a dir i dir-la                      

Tenia setze anys, era jove, emprenedor, llest, una mica tímid i rebel. Estudiar no era el que més m'agradava, tampoc tenia un talent especial, o si? No ho sé. La meva ment parlava i la meva mà, complint les seves ordres, dibuixava lletres, una darrere l'altra... Llavors, escriure era un talent? Una virtut? No ho sé, mai ho havia sabut. No era un noi antisocial o marginat, però els meus actes em definien com tal. Quasi mai sortia a jugar a futbol, a bales o cromos. Quasi mai flirtejava amb noies... D'acord, mai ho havia intentat i això m'amoïnava.

Cada tarda en acabar els deures, mirava per la finestra de la cuina; em podia passar hores fent-ho. Aquella tarda quan vaig veure a la Paula, noia de la qual estava perdudament enamorat, vaig estar segur de la més gran de les bogeries. Amb aquells cabells daurats i cargolats fins al final de l'esquena. Amb aquells ulls color mel i aquells llavis vermells. Amb aquell vestit que perfilava les corves perfectes. Amb aquell perfum dolç que em fascinava. No només tenia aquella fisonomia que et deixava bocabadat, també sabia tocar el piano, ho portava a les venes, n'estic segur. Era la meva veïna, la finestra de la seva habitació estava davant de la finestra de la meva. Podia escoltar i veure com acariciava les tecles d'aquell piano vell cada tarda. Però aquella tarda no tindria temps d'observar-la, hauria d'escriure. L'escriuria una carta. L'endemà era Sant Jordi i no podia permetre'm el luxe de no fer-la. Dit i fet.
Després de sopar, al vespre, vaig començar-la. Vaig cremar-me el cervell per trobar les idees i paraules que calien, però res m'agradava. A punt de rendir-me, vaig recordar el que l'avi em deia:

No existeixen més de dues regles per a escriure: tenir alguna cosa a dir i dir-la”.

Tenia raó. Potser aquella frase era el secret que posava en marxa la meva faceta com a escriptor. Amb una mica d'imaginació i naturalitat, vaig poder acabar la carta prop de les dotze de la nit.

Vaig comprar dues roses a la parada de flors en sortir de classes. Vaig deixar una a la taula de la cuina per la meva mare, l'altre era per la Paula. En un moment que no estava a la seva habitació, vaig llençar la rosa i la carta en forma d'avió de paper per la finestra oberta. Crec que creuar els dits em va ajudar, i les dues coses van travessar el camí de finestra en finestra sense problemes.

D'aquell fet heroic fa més de quaranta anys, però el pas del temps no m'impedeix recordar amb claredat. Si no fos per aquell Sant Jordi, no podria seguir comprant flors i escrivint cartes a la dona que cada dia em regala un somriure dolç i a la qual dedico tots els meus llibres repetint sempre a les contraportades un “T'estimo, Paula”.


Y aquí tenéis la traducción:

                  No existen más de dos reglas para escribir: tener alguna cosa que decir y decirla

Tenía dieciséis años, era joven, emprendedor, listo, un poco tímido y rebelde. Estudiar no era lo que más me gustaba, tampoco tenía un talento especial, ¿o sí? No lo sé. Mi menta hablaba y mi mano, obedeciendo sus órdenes, dibujaba letras, una detrás de otra... Entonces, ¿escribir era un talento? ¿Una virtud? No lo sé, nunca lo había sabido. No era un chico antisocial o marginado, pero mis actos me definían como tal. Casi nunca salía a jugar a fútbol, o a las canicas o a los cromos. Casi nunca flirteaba con chicas... De acuerdo, nunca lo había intentado y eso me preocupaba.

Cada tarde al acabar los deberes, miraba por la ventana de la cocina; me podía pasar horas haciéndolo. Aquella tarde cuando vi a Paula, chica de la cual estaba perdidamente enamorado, estuve seguro de la más grande de las locuras. Con aquellos cabellos dorados y rizados hasta el final de la espalda. Con aquellos ojos color miel y aquellos labios rojos. Con aquel vestido que perfilaba las curvas perfectas. Con aquel perfume dulce que me fascinaba. No sólo tenía aquella fisonomía que te dejaba con la boca abierta, también sabía tocar el piano, lo llevaba en las venas, estoy seguro. Era mi vecina, la ventana de su habitación estaba delante de la ventana de la mía. Podía escuchar y ver cómo acariciaba las teclas de aquel viejo piano cada tarde. Pero aquella tarde no tendría tiempo para observarla, tenía que escribir. Le escribiría una carta. Mañana era Sant Jordi y no podía permitirme el lujo de no hacerla. Dicho y hecho.
Después de cenar, por la noche, la comencé. Me quemé el cerebro para encontrar las ideas y palabras que me hacían falta, pero nada me gustaba. A punto de rendirme, recordé lo que el abuelo me decía:

No existen más de dos reglas para escribir: tener alguna cosa que decir y decirla”.

Tenía razón. Puede que aquella frase era el secreto que ponía en marcha mi faceta de escritor. Con un poco de imaginación y naturalidad, pude acabar la carta cerca de las doce de la noche.

Fui a comprar dos rosas a la parada de flores al salir de clases. Dejé una en la mesa de la cocina para mi madre, la otra era para Paula. En un momento que no estaba en su habitación, lancé la rosa y la carta en forma de avión de papel por la ventana abierta. Creo que cruzar los dedos me ayudó, y las dos cosas atravesaron el camino de ventana a ventana sin problemas.

De ese hecho heroico hace más de cuarenta años, pero el paso del tiempo no me impide recordar con claridad. Si no fuese por aquel Sant Jordi, no podría seguir comprando flores y escribiendo cartas a la mujer que cada día me regala una dulce sonrisa y a la cual dedico todos mis libros repitiendo siempre en las contraportadas un “Te quiero, Paula”.


Como ya he dicho antes, espero que os haya gustado. Comentad aquí debajo o votad con simple click (sin formularios y gratis). Os espero la semana que viene con un capítulo que merezca mucho esta espera. Besos.


miércoles, 8 de mayo de 2013

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Setenta y Tres

Volví a abrir el armario y repasé toda la ropa percha por percha, otra vez. —¡Por fin!— grité, emocionada, después de haber encontrado el conjunto perfecto. Me lo coloqué en un santiamén y volví al baño donde me cepillé el pelo y después me lo sequé con el secador a máxima potencia. Ondulé las puntas por mechones con las tenacillas. Me concentré mucho a la hora de pintarme una raya sumamente fina en el párpado superior, rozando las pestañas, que empezaba a unos pocos milímetros del lagrimal y terminaba deslizándose ligeramente hacia arriba. Después apliqué en las pestañas superiores un poco de máscara y me decanté por ponerme un tono rosáceo oscuro en los labios con un pintalabios fijo. Me pellizqué ambas mejillas antes de quedarme totalmente satisfecha con el resultado. Nada más salir por la puerta del baño observé la hora en el reloj de la mesilla: las ocho menos diez. Resoplé triunfante ante mi “puntualidad” después de arreglarme.

Cuando fui a alcanzar el casco de moto de encima del armario se me congeló la sangre: mi madre nos mataría si supiera que vamos en moto con la pierna de Jason escayolada por debajo de la rodilla. Me quedé parada frente al armario, con los puños apretados. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? Suspiré nerviosa. El timbre de casa sonó y escuché que, desde la cocina, mi madre gritó un “¡Ya voy yo!”. Me pasé la mano por el pelo, echando el flequillo hacia atrás con el movimiento. Me abrigué y me apresuré a bajar las escaleras. Intenté cambiar mi semblante preocupado por otro cualquiera que no desvelase ese sentimiento. Me encaminé hacia la puerta donde mi madre, de espaldas a mí, estaba conversando animadamente con Jason. Antes de acercarme más pensé en seguirle la corriente a Jay y no decir nada respecto al transporte que íbamos a utilizar. Él, al verme por encima del hombro de mi madre, no tardó ni un segundo en saludarme. Yo sonreí y ella se apartó hacia un lado para que pudiese pasar. Al hacerlo, Jason me pasó la mano por la cintura y me besó la mejilla con dulzura.
—Bueno, chicos— acabó diciendo Rosalía —que lo paséis bien.
—Gracias. Lo haremos— añadió Jason guiñándole un ojo. Yo puse los ojos en blanco. Mi madre se sonrojó. Nos giramos y pusimos rumbo a nuestro destino.
—¡No volváis muy tarde!— gritó mi madre desde la puerta cuando ya estuvimos a unos veinte metros de ella.
—¡No lo haremos!— respondí, girándome hacia ella y fruncí los labios al volverme
—¿Llevas el móvil?— insistió, con la misma intensidad que antes.
—¡Sí!— volví a responder volviéndome a girar hacia ella, ya un poco frustrada por la situación. Vi que una sonrisa asomó de entre sus labios cuando puse los ojos en blanco a propósito para que lo viera. Cerró la puerta después de eso y nosotros volvimos a encaminarnos unos metros más hasta que paramos frente al jardín de la casa contigua.
—¿Qué sucede?— pregunté frunciendo el ceño cuando se detuvo de golpe. Se puso frente a mí y me miró de arriba abajo.
—Lo primero: estás preciosa.
—Gracias, Jay— respondí ante su cumplido. Al final y después de pensármelo mucho, opté por ponerme unos pantalones pitillo negros con unas cremalleras a los lados que recorrían media pantorrilla desde el tobillo; una camisa blanca de media manga que, aunque se ceñía por la parte de la cadera, quedaba muy holgada; y para dar por finalizado el modelito, me había calzado los mismos tacones de antes y me había abrigado con mi chaqueta de cuero negra con la cremallera en diagonal y una bufanda negra que rodeaba mi cuello pero que, a su vez, reposaba sobre la parte del esternón. Aunque esa fría tarde anunciaba que la noche sería gélida, tuve el valor de vestirme con aquel atuendo. Y supongo que había valido la pena ya que vi que Jason tragó “muy disimuladamente” saliva mientras sus ojos me recorrían por segunda vez. “Hombres...”, pensé.


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miércoles, 1 de mayo de 2013

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Novela: "Un complejo error o una simple equivocación" - Capítulo Setenta y Dos

El sonido de la melodía del móvil se adentró en mi cabeza despertándome. Aún con la cabeza hundida en la almohada, palpé con la mano izquierda la mesilla de noche hasta que logré encontrar aquel dichoso objeto vibrante que me había despertado. Cómo pude, entreabrí los ojos para poder darle a opción de “descolgar”.
—¿Quién es?— le solté de golpe a quién fuese la otra persona que estuviese al otro lado del teléfono, ya que ni me digné a mirar el nombre que apareció en la pantallita. Mi voz sonó ronca y seca, sí, de recién levantada.
—¿Estabas durmiendo?— escuché una voz masculina al otro lado que rió después de la pregunta y me hizo poner los ojos en blanco.
—Pues sí, Jason, me has despertado. ¿Algún problema?— quise parecer seria, pero su risa se me había contagiado y mi voz no pudo ocultar la enorme sonrisa que tenía de oreja a oreja.
—Bueno, quizás sí. Quería invitarte a cenar. Hoy creo que no has comido demasiado y tomar un poco el aire no te vendría mal—. Me tumbé mirando hacia el techo, sin entender lo que quería decir.
—¿Y cuál es el problema?— pregunté finalmente, arrugando el ceño.
—Pues que son las siete, preciosa— dijo Jason, suspirando al final de la frase. Abrí los ojos como platos y me senté rápidamente en la cama para mirar la hora del reloj que me despertaba cada mañana, casi en un acto reflejo, para poder creer lo que acababa de decirme.
—¡¿He dormido toda la tarde?!— le pregunté, o me pregunté a mí misma, casi gritando. Miré hacia la puerta, siendo consciente en ese mismo instante de que mi madre no había subido a despertarme. Fruncí los labios. —Bueno, pero... pero...— continué, sin dejar hablarle. Cerré los ojos con fuerza y aspiré una sola vez con la misma intensidad en un intento de decir la frase que tenía pensada sin tartamudear. —Creo que tendré tiempo para estar lista sobre... ¿las ocho?— Y, simultáneamente, pude escuchar un leve suspiro proveniente de una sonrisa. Yo también sonreí.
—De acuerdo...— y cuando estuve a punto de despedirme, me cortó de golpe —y no te preocupes, no tendrás que excusarte de nada.
—¿Qué...?— me quedé atónita.
—Lista. A las ocho. Te quiero— dijo a frases, riéndose, antes de colgarme. Me despegué el teléfono de la oreja y me lo quedé mirando hasta que me di cuenta de que no tenía tiempo que perder.

Después de hablar con mi madre para que me dejase ir a cenar, aceptó, ya que también creía que me iría bien salir un poco de casa. Empecé a arreglarme a toda pastilla en cuánto llegué corriendo escaleras arriba a mi habitación. Después de ducharme me enrollé el pelo en una toalla y rebusqué entre toda la ropa que llenaba mi enorme armario un vestido azul oscuro que me había comprado la última vez que había ido con mi madre de compras, pensando en ponérmelo durante las fiestas de Navidad de este año. Lo conjunté con unas medias negras muy tupidas y unos zapatos de tacón negros no muy altos. Pero cuando estuve a punto de desenrollar el pelo de la toalla recordé (como si aún no lo supiera) que Jason iba en moto. Maldije en voz baja mientras volví a encaminarme hacia el armario con los labios fruncidos.


Deseo que os haya gustado y espero vuestras "reacciones", comentarios y vuestras dudas (dudasparacarla@gmail.com). Espero que la espera de este capítulo haya valido la pena. Nos vemos en el siguiente. Un besazo enorme a tod@s.